El Periódico de la Psicología Barcelona 4/02/2026 info@elperiodicodelapsicologia.info Tel. +34 675763503 Humanismo
El ego: esa voz interna que puede ser nuestra mejor aliada o nuestro peor enemigo
Imagina que estás en una reunión de trabajo. Un colega hace una crítica constructiva sobre tu proyecto. Inmediatamente, sientes un calor en el rostro, tu corazón late más rápido y una voz interna se alza: “¿Quién se cree para decir eso?”. O al contrario, cuando recibes un elogio público, experimentas una oleada de satisfacción y seguridad. Ese movimiento interno, esa voz que evalúa, compara, defiende o celebra, es el eco de nuestro ego en acción.
En psicología, el ego es mucho más que la arrogancia o el orgullo desmedido con el que se le suele asociar en el habla cotidiana. Se trata de la estructura psíquica que nos da un sentido de identidad, la conciencia de ser un “yo” diferenciado de los demás.
Un concepto con historia: de Freud al presente
La idea moderna del ego nace con Sigmund Freud, quien lo definió como el mediador entre tres instancias psíquicas en conflicto permanente: el Ello (nuestros impulsos más primarios), el Superyó (la voz de las normas sociales) y el propio Ego. Este último actúa como el “principio de realidad” que negocia entre estos elementos y las demandas del mundo exterior.
Sin embargo, la psicología ha evolucionado. Hoy, desde enfoques más actuales, el ego se entiende como el conjunto de creencias, recuerdos y patrones que hemos aprendido y que conforman nuestra autopercepción. Es la historia que nos contamos sobre quiénes somos, una historia que se escribe desde la infancia y se edita a lo largo de la vida.
Cuando el ego funciona y cuando nos sabotea.
Un ego saludable es fundamental. Nos da identidad y coherencia, permitiéndonos reconocernos en el espejo del tiempo y actuar de manera estable. Nos protege, actuando como un filtro emocional que gestiona situaciones que podrían desbordarnos. Y nos permite tomar decisiones, integrando nuestras experiencias pasadas, valores y la realidad presente.
El problema surge cuando ese “director de orquesta” interno se vuelve rígido, frágil o excesivamente grande. Deja de ser un instrumento al servicio de nuestro bienestar para convertirse en un amo exigente.
Algunas señales de alarma nos indican que el ego puede estar desajustado. La fusión con el pensamiento, que es creer que “soy mis opiniones”, lleva a una rigidez mental e intolerancia. La búsqueda constante de aprobación externa hace que nuestra valía personal dependa de los likes o elogios de los demás, generando inseguridad y ansiedad social. La resistencia al cambio y a la crítica, percibiendo cualquier feedback como un ataque personal, conduce al estancamiento y a conflictos en las relaciones. Finalmente, la comparación y competitividad excesiva, viendo a los demás como un espejo de superioridad o inferioridad, produce una insatisfacción crónica y dificulta la colaboración genuina.
Estos patrones no nos hacen “malas personas”, sino que muestran una parte de nuestra psique que, de manera torpe, intenta protegernos del dolor de la vulnerabilidad, el fracaso o la insignificancia.
Diferenciar ego de autoestima: un paso crucial.
Uno de los malentendidos más comunes es equiparar un “ego grande” con una alta autoestima. Nada más lejos de la realidad. Son conceptos que operan en direcciones casi opuestas.
El ego mira hacia afuera y pregunta constantemente: “¿Qué piensan los demás de mí?”. Se alimenta de la comparación y la validación externa. Una persona puede actuar desde un ego muy fuerte, aparentando seguridad y superioridad, mientras por dentro sufre una profunda inseguridad.
La autoestima sana, en cambio, mira hacia adentro y afirma: “Esto es lo que pienso y valoro de mí, independientemente del exterior”. Se basa en el autoconocimiento, la aceptación y el amor propio. Una autoestima sólida actúa como un antídoto contra la tiranía del ego, ya que reduce la necesidad compulsiva de aprobación.
Reeducar nuestra voz interior: estrategias prácticas
El objetivo no es “eliminar” el ego, una tarea tan imposible como indeseable, sino flexibilizarlo, equilibrarlo y ponerlo a nuestro servicio.
Podemos comenzar practicando la autoobservación sin juicio. La próxima vez que sientas una reacción intensa de ira, vergüenza o orgullo, haz una pausa. Pregúntate: “¿Desde qué parte mía está hablando esto? ¿Es mi ego defendiéndose?”. Este simple acto de conciencia crea un espacio entre el estímulo y tu reacción.
También ayuda reformular la crítica como información. Intenta ver el feedback no como un veredicto sobre tu valía, sino como datos sobre tus acciones. Separar el “hacer” del “ser” desactiva la alarma del ego.
Cultivar la humildad consciente es otra vía. La humildad no es menospreciarse, sino reconocer con honestidad los límites del propio conocimiento. Es la puerta de entrada al aprendizaje y a las relaciones genuinas.
Es fundamental alimentar una autoestima intrínseca.
Dedica tiempo a identificar tus valores y tus logros según tu propia métrica, y practica la autocompasión. La gratitud hacia uno mismo es un nutriente poderoso.
Finalmente, conectar con algo más grande que uno mismo, ya sea a través del servicio a los demás, el contacto con la naturaleza o el arte, es un bálsamo para el ego hiperactivo.
El ego es, en definitiva, el narrador de nuestra historia personal. Un narrador necesario para darle coherencia a la trama de nuestra vida, pero que a veces se encierra en un guión rígido. Nuestro trabajo de por vida es ser los editores atentos de ese narrador, cuestionando sus monólogos, ampliando su perspectiva y recordándole que la historia es mucho más vasta y rica que el pequeño escenario donde él suele situarse.
Se trata de aprender a manejar de una manera inteligente el ego para que alcance un nivel tal que nos permita amar sin dejar de amarnos. En ese equilibrio dinámico reside gran parte de nuestra salud psicológica y nuestra capacidad para vincularnos de forma auténtica.
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