El espejo distorsionado: Por qué la autoestima adolescente no es una línea recta

El Periódico de la Psicología Barcelona 22/03/2026 www.elperiodicodelapsicologia.info Tel +34 675763503 Humanismo

Hubo un tiempo en que la identidad se construía en el patio del recreo o en la mesa de la cena. Hoy, la adolescencia se vive en una vitrina iluminada las 24 horas. Para un adolescente actual, la pregunta «¿quién soy?» no se responde mirando hacia adentro, sino revisando las notificaciones del móvil.

Más que «quererse a uno mismo»
Solemos decirles a los jóvenes que deben «tener la autoestima alta», como si fuera un termómetro que solo marca una temperatura correcta. Pero la autoestima en esta etapa no es un estado fijo; es un proceso de negociación constante entre lo que sienten que son y lo que el mundo les exige ser.

La adolescencia es, por definición, el momento en que el grupo de iguales desplaza a la familia. El «yo» se vuelve frágil porque depende de la mirada del otro. Si a esto le sumamos algoritmos que premian la perfección estética, el resultado es una generación que no compite con el vecino, sino con una versión filtrada e irreal de todo el planeta.

La trampa de la comparación
El cerebro adolescente está en plena remodelación (literalmente). La corteza prefrontal, encargada de la lógica y el control de impulsos, aún está «en obras», mientras que el sistema límbico —el centro de las emociones— está a máxima potencia.

Esto explica por qué un comentario negativo en redes no se siente como una crítica, sino como un ataque a la supervivencia. Para un chico o chica de 15 años, la exclusión social duele físicamente.

¿Cómo acompañar sin invadir?
Si queremos ayudar a fortalecer ese autoconcepto, el lenguaje de «tú vales mucho» a veces se queda corto o suena artificial. La verdadera resiliencia se construye desde otros ángulos:
Validar antes de corregir: Antes de decir «no es para tanto», intentemos un «entiendo que esto te duela». Sentirse comprendido es el primer paso para sentirse valioso.
Fomentar el «hacer» sobre el «parecer»: La autoestima real nace de la competencia. Cuando un joven aprende a tocar un instrumento, arregla algo o domina una habilidad, su valor deja de depender de un like y empieza a depender de su propia capacidad.

Desmitificar el error: Necesitan saber que fallar no los hace «fallados».
La vulnerabilidad es parte de la identidad, no una grieta que hay que ocultar con filtros.

Una identidad en construcción
Al final del día, la autoestima adolescente no se «arregla». Se acompaña. Como adultos —padres, educadores o psicólogos— nuestro papel no es ser sus jueces, sino el puerto seguro al que pueden volver cuando el mundo exterior se vuelve demasiado ruidoso.

Recordémosles que el espejo siempre miente un poco, y que su valor nunca podrá ser medido por una pantalla.

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