Más que un simple cansancio: Por qué el cambio de hora secuestra nuestra concentración y desata la irritabilidad

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Cada primavera y cada otoño, la ciudadanía se enfrenta a un mismo ritual: adelantar o retrasar una hora el reloj. Lo que para muchos es un mero trámite administrativo asociado al ahorro energético, para los expertos en neurociencia, cronobiología y psicología clínica representa un auténtico «jet lag social» de consecuencias profundas. Más allá del leve trastorno del sueño, el cambio de hora impacta directamente en dos de las funciones cognitivas y emocionales más sensibles: la capacidad de concentración y el control de la irritabilidad.

El desajuste interno: cuando el reloj biológico y el social chocan
El ser humano funciona regido por ritmos circadianos, ciclos de aproximadamente 24 horas que regulan la liberación de hormonas, la temperatura corporal y los ciclos de vigilia-sueño. Según explica la Dra. María José Martínez Madrid, neuropsicóloga y miembro de la Sociedad Española del Sueño (SES), “el problema no es la hora en sí, sino la brusquedad con la que obligamos a nuestro cerebro a sincronizarse con un nuevo horario cuando él ya estaba ajustado al ciclo solar”.

Mientras que el cuerpo tarda entre varios días y una semana en adaptarse por completo, la sociedad exige un cambio inmediato en los horarios laborales, escolares y sociales. Este desfase provoca un estado de desincronía interna que actúa como un factor de estrés fisiológico continuo.

La concentración: la primera víctima cognitiva
La dificultad para mantener la atención es uno de los efectos más documentados en los días posteriores al cambio de hora. Un estudio publicado en el Journal of Applied Psychology señaló un incremento significativo de los errores humanos en entornos laborales de alta precisión durante el lunes siguiente al cambio de primavera.

¿A qué se debe? El déficit de sueño acumulado—aunque sea solo de una hora—afecta directamente a la corteza prefrontal, la región cerebral encargada de las funciones ejecutivas. Esta área es responsable de filtrar distracciones, gestionar la memoria de trabajo y mantener el foco atencional.

“Cuando perdemos una hora de sueño en marzo, o cuando alteramos la arquitectura del descanso en octubre, la corteza prefrontal funciona como si estuviéramos en un estado de privación crónica leve”, detalla la psicóloga cognitiva Ana Belén García. “El resultado es una mente errática: cuesta retener información, se cometen errores involuntarios y la productividad cae en picado. No es falta de voluntad, es neurobiología”.

Irritabilidad: el cerebro en modo “alerta”
Si la concentración se resiente, la regulación emocional tampoco se queda atrás. La irritabilidad es quizás el síntoma psicológico más reportado por la población general tras el cambio horario.

Los expertos apuntan a dos mecanismos principales. Por un lado, la privación parcial de sueño reduce la capacidad de la amígdala cerebral (centro de procesamiento emocional) para conectarse con la corteza prefrontal medial, que actúa como un “freno” de las emociones. Sin ese freno, los estímulos que normalmente consideraríamos menores—un ruido, una interrupción, una contrariedad—se perciben como amenazas, desencadenando respuestas desproporcionadas de irritabilidad o enfado.

Por otro lado, la desregulación del cortisol juega un papel clave. El cambio horario altera el pico natural de esta hormona del estrés, que debería ser máximo al amanecer para empezar el día con energía. Cuando este pico se desincroniza, la sensación de estrés se extiende a lo largo del día, dejando al individuo en un estado de hiperactivación constante que agota los recursos de paciencia y tolerancia.

“Es común que en las consultas se reciban consultas de familiares que notan a sus parejas o hijos más ‘borde’ de lo habitual, sin una causa aparente. En muchos casos, coincide con la semana posterior al cambio de hora”, comenta la psicóloga clínica Laura Fernández.

¿Quiénes son los más vulnerables?
Si bien nadie está completamente exento, los expertos advierten que ciertos grupos sufren estas consecuencias con mayor intensidad:

Niños y adolescentes: Sus ritmos circadianos son más rígidos y su necesidad de sueño es mayor. La irritabilidad y el bajo rendimiento escolar son los efectos más visibles.

Personas con trastornos del neurodesarrollo: Quienes padecen TDAH o trastornos del espectro autista (TEA), que ya de base presentan dificultades en la regulación atencional y emocional, experimentan una exacerbación de los síntomas.

Personas con trastornos de ansiedad o depresión: La desestabilización del sueño puede actuar como desencadenante de recaídas o aumentos sintomáticos.

Cronotipos nocturnos: Las personas con tendencia natural a rendir mejor por la noche (los llamados “búhos”) sufren más el cambio de primavera, ya que se les obliga a levantarse aún más temprano en relación con su ritmo biológico.

Estrategias para mitigar el impacto
Ante la inevitabilidad del cambio, los especialistas recomiendan no subestimar su efecto y adoptar medidas preventivas:
Ajuste gradual: En lugar de esperar al domingo, se puede adelantar o retrasar el despertar y el acostarse 15 minutos cada día durante los cuatro días previos al cambio.
Gestionar la exposición lumínica: La luz es el principal sincronizador del reloj biológico. En primavera, exponerse a la luz intensa nada más levantarse ayuda a reajustar el ritmo. En otoño, buscar luz al atardecer puede ayudar a evitar que el sueño se adelante en exceso.
Priorizar el descanso: Durante la semana siguiente, es fundamental respetar estrictamente las horas de sueño e incluso permitirse siestas cortas (de no más de 20 minutos) si la fatiga es extrema.
Evitar la automedicación: Ante la irritabilidad, es común recurrir a excitantes (café, té) o relajantes (alcohol). Los expertos advierten que ambas sustancias empeoran la calidad del sueño y perpetúan el ciclo de desregulación.

Desde la Asociación Americana de Psicología (APA) y numerosas sociedades científicas europeas se lleva años pidiendo la eliminación de los cambios de hora estacionales, argumentando que los beneficios económicos y energéticos iniciales son hoy superados por los costes en salud pública: aumento de accidentes laborales y de tráfico, incremento de ingresos hospitalarios por eventos cardiovasculares y un impacto significativo en la salud mental colectiva.

Mientras llega una decisión definitiva, los psicólogos recuerdan un mensaje clave: la dificultad para concentrarse y la sensación de estar más irritable no son un capricho ni una debilidad de carácter. Son síntomas tangibles de un cuerpo que intenta, a trompicones, bailar al ritmo de un reloj que no sigue su propia melodía interna.

Por Redacción EL PERIÓDICO DE LA PSICOLOGÍA
Fuentes consultadas: Sociedad Española del Sueño (SES), artículos en Journal of Applied Psychology y declaraciones de expertos en cronobiología y neuropsicología clínica.

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