Por A. T. (colaboradora de El Periódico de la Psicología)
Ocurre en supermercados, en coches, en salas de espera y en miles de hogares cada noche. Un niño pequeño comienza a llorar, a patalear o simplemente a no saber qué hacer con ese aburrimiento que le pesa. Y entonces, como un reflejo casi automático, una mano adulta alarga un teléfono móvil o una tablet. El llanto cesa. La calma vuelve. Misión cumplida. O no.
Lo que durante años se ha visto como un recurso inofensivo —una especie de chupete digital— está siendo puesto en cuarentena por la neurociencia más reciente. Y los hallazgos son incómodos, sobre todo para aquellos padres que solo intentan sobrevivir al día a día.
El cerebro que se está construyendo
Para entender el problema, hay que meterse dentro de la cabeza del niño. Literalmente. El cerebro de un menor de seis años es una obra en construcción frenética. La corteza prefrontal —esa que se encarga del control de los impulsos, la regulación emocional y la capacidad de aplazar recompensas— no empezará a funcionar a pleno rendimiento hasta bien entrada la segunda década de vida.
¿Cómo aprenden entonces los niños pequeños a gestionar una rabieta o una frustración? Pues a la antigua usanza: sintiendo el malestar, siendo acompañados por un adulto que les ponga nombre a lo que sienten y, poco a poco, ensayando ellos solos esa transición del caos a la calma.
Cuando un padre o una madre mete una pantalla en medio de ese proceso, lo que hace no es calmar al niño. Lo que hace es anestesiar el momento de aprendizaje. El niño deja de llorar no porque haya desarrollado una estrategia interna para regularse, sino porque la pantalla actúa como una sobrecarga sensorial que secuestra su atención. El problema no desaparece. Solo se congela.
Lo que dicen los estudios (y lo que no quieren oír los padres)
Este año, un estudio longitudinal publicado en JAMA Pediatrics siguió a más de 400 familias con niños de 3 a 5 años. La conclusión fue clara: cuanto más se usaban las pantallas como herramienta de regulación emocional a los 3 años, peores eran los niveles de control de la ira y la frustración a los 4 y 5 años. Es decir, el parche de hoy parece agrandar la herida de mañana.
Otro trabajo del Instituto del Cerebro y la Creatividad de la Universidad del Sur de California encontró que los niños expuestos a pantallas de forma habitual como “calmante” mostraban menos conectividad entre las regiones cerebrales implicadas en el procesamiento emocional y la atención.
La neurocientífica Nadine Burke Harris lo ha expresado de forma contundente: “Cuando usamos un dispositivo para distraer a un niño de su malestar, le estamos robando la oportunidad de practicar la tolerancia a la incomodidad. Y esa práctica es la que construye la resiliencia”.
Ojo: no se trata de demonizar al padre ni a la madre
Sería fácil, y también injusto, convertir este artículo en un alegría contra los padres contemporáneos. Los adultos de hoy están solos, sobrecargados y, en muchos casos, criando con una red de apoyos que se ha deshilachado. A veces la pantalla no es “un capricho”, es la única manera de poder ducharse, terminar una reunión de trabajo o simplemente no estrellar el coche con un niño berreando detrás.
Lo que pide la neurociencia no es pureza tecnológica —eso es inviable y, además, hipócrita— sino conciencia del mecanismo. Una cosa es que un niño vea un episodio de Pocoyó porque toca, y otra muy distinta que la única herramienta para apagar el llanto sea encender una pantalla.
Alternativas que no son para súpermadres ni superpadres
Hay alternativas, pero no son mágicas. Exigen tiempo y repetición, dos bienes escasísimos. Funcionan así:
- Antes de dar la pantalla, nombrar: “Estás muy enfadado porque hay que irse del parque”. Solo eso ya baja la intensidad.
- Sentarse con el niño, sin pantalla, mientras llora. Acompañar sin intentar silenciar. Es duro. Es lento. Pero ahí se construye la emoción.
- Crear una caja de los calmantes reales: un peluche con peso, una botella de purpurina (sí, esas que hipnotizan pero no emiten luz azul), un mordedor, chupete, un trozo de tela suave.
- Y si al final se da la pantalla, al menos ponerle palabras: “Voy a ponerte un vídeo corto porque veo que ahora no puedes ni escucharme, pero después hablamos de qué pasaba”.
La diferencia entre una herramienta y una muleta está exactamente ahí: en el grado de conciencia con la que se usa.
La pregunta incómoda
Quizá la pregunta no es “¿las pantallas son buenas o malas?”. Quizá la pregunta que duele de verdad es: ¿estoy usando la pantalla para calmar al niño o para calmarme a mí mismo? Porque a veces, y la neurociencia también sabe esto, quien no tolera el llanto del pequeño no es el pequeño. Es el adulto.
Y esa, queridos lectores, ya es otra sesión de terapia.
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