Cuando apagar la linterna es un pecado: ¿Nacemos científicos y la escuela nos vacuna contra la duda?

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Hay una imagen que no me abandona. La de mi sobrina de cuatro años, en cuclillas sobre un charco después de una tormenta. Con el dedo, removía el agua con paciencia de relojero, mientras repetía en voz alta: “A ver… si pongo esta hoja, la hoja flota. Pero si pongo esta piedra… ¿se hunde siempre? Voy a probar con la otra piedra, la pequeña”. No pedía permiso. No pedía respuestas. Solo observaba, comparaba, concluía. Era pura ciencia en chándal de unicornios.

Y entonces llegó al cole.

Hace unas semanas, su madre me enseñó un dibujo que había traído a casa: una rana sonriente bajo un título que ponía “EL CICLO DE LA VIDA”. Pero debajo, con letra temblorosa, mi sobrina había añadido: “¿Y si la rana no quiere ser rana? ¿Puede elegir?”. La maestra, con buena voluntad, le corrigió el dibujo con un rotulador rojo: “Las ranas no eligen. Estudia el ciclo que hemos dado en clase”.

No es una anécdota menor. Es el funeral, a pequeña escala, del espíritu científico del que hablaba el físico y divulgador estadounidense Michio Kaku cuando recordaba aquella frase tan demoledora como cierta: “Todos los niños nacen genios. La sociedad aplasta su espíritu científico a los pocos años”.

Y no, no hablaba de genios que resuelven ecuaciones diferenciales con el babero puesto. Hablaba de algo más básico: del instinto de hacer preguntas incómodas, de no aceptar un manual como una biblia, de meter el palo en el hormiguero solo para ver qué pasa. Eso que los psicólogos evolutivos llaman cognición exploratoria y que los padres llaman “no dar un respiro con los porqués”.

El laboratorio del jardín

Datos curiosos: la revista Science publicó en 2020 un estudio de la Universidad de California en Berkeley donde se observaba a niños de entre tres y cinco años jugando con un juguete que aparentemente tenía un muelle roto. Los niños no se limitaban a aceptar que no funcionaba. Lo agitaban, lo chocaban contra la mesa, lo mordían, se lo pasaban a otro niño. El 84% de ellos descubrió la función oculta del muelle antes que los adultos del grupo de control. ¿Conclusión? La infancia es un motor de hipótesis continua. El adulto, en cambio, confía en la etiqueta “no funciona” y pasa página.

¿Qué pasa entonces? ¿Por qué a los ocho años la mayoría de esos pequeños científicales salvajes ya se han convertido en memorizadores pasivos de la tabla periódica?

La respuesta no es un complot ni una mala intención. Es peor: una estructura. La escuela, tal como la conocemos, nació en el siglo XIX para formar obreros puntuales y obedientes, no preguntones. El psicólogo educativo Seymour Papert (discípulo de Piaget) lo dejó escrito: “La escuela premia las respuestas correctas, no las buenas preguntas. Y un niño que pregunta ‘¿por qué el agua moja?’ recibe un ‘porque sí’ que apaga la chispa más rápido que un extintor”.

El miedo a no saber

Pero no todo es culpa del sistema educativo. También hay un asunto emocional, casi íntimo. Los niños no temen equivocarse. Un niño de cinco años dice que la luna es de queso y no le tiembla el pulso. A los doce, ese mismo niño esconde su mano en clase porque no quiere que nadie vea que ha tachado tres veces la solución de un problema de fracciones. ¿Qué ha ocurrido? Que ha interiorizado que el error es un fracaso, no una pista. La sociedad –padres, profesores, compañeros, redes sociales, notas con caritas tristes– le ha enseñado que preguntar es exponerse, que desviarse del guion es sospechoso.

Lo llaman desaliento epistémico, y es uno de los síndromes menos diagnosticados pero más universales. Lo definió la psicóloga cognitiva Alison Gopnik: los adultos, sin querer, castigamos la curiosidad no utilitaria. Si un niño pregunta “¿por qué el cielo es azul?” y respondemos “porque sí, ahora come la verdura”, estamos premiando la eficiencia doméstica sobre la indagación libre. Y el niño aprende: lo importante no es entender, es cumplir.

¿Queda rescate?

Claro que sí. O al menos eso quiero creer mientras veo a mi sobrina, ahora con siete años, preguntándose en voz alta si los peces sueñan. Su madre –que es bióloga, todo sea dicho– no le da la respuesta. Le dice: “¿Cómo podríamos averiguarlo?”. Y ahí está el milagro. La ciencia no es una colección de hechos. Es un método. Y el método consiste, esencialmente, en seguir teniendo cuatro años.

No se trata de que todos los niños acaben siendo astrofísicos. Se trata de dejarles el radar encendido. De celebrar sus experimentos caseros (aunque mojen la alfombra), de responder a sus preguntas con otras preguntas, de permitir que duden del manual, que lleven un cuaderno de campo en el bolsillo, que discutan si la gravedad está realmente probada o solo hasta ahora nadie ha visto una manzana subir.

La sociedad aplasta. Pero cada padre, cada maestro, cada tío que se agacha junto a un charco puede ser el martillo neumático que rompa esa losa.

O, al menos, puede dejar encendida la linterna.


Javier M. Rojas es psicólogo educativo y colaborador de proyectos de ciencia ciudadana en escuelas de primaria.

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