¿Qué es ser PAS? La vida de quien lo siente todo (y no puede evitarlo)

Por Laura M. – Colaboradora de El Periódico de la Psicología

Lo escucho cada semana en consulta: “¿Por qué lloro con anuncios de supermercado?”, “¿Por qué necesito irme al baño en las fiestas porque el ruido me taladra?”, “¿Por qué mi pareja me dice que soy un drama andante si solo le pido que baje la luz de la cocina?”.

Detrás de esas preguntas no hay un trastorno, ni un exceso de imaginación, ni una manía. Hay una forma de ser que la psicóloga Elaine Aron bautizó hace años como PAS: Persona Altamente Sensible. Pero ojo, no es un diagnóstico clínico, es un rasgo de personalidad. Y vivir con él es como ir por la vida sin la capa de anestesia que el resto de la gente parece tener puesta.

Si alguna vez te han dicho que “eres muy suave”, que “te afecta todo” o que “necesitas desconectar”, sigue leyendo. Este artículo va por ti.

El cerebro que lo escucha todo, hasta el zumbido del frigorífico

Ser PAS no es “ser tímido”, que es otro gallo. Tampoco es “ser empático” aunque a menudo vayan de la mano. Es, más bien, tener el sistema nervioso más permeable. Nuestros espejos neuronales trabajan a pleno rendimiento: captamos matices del tono de voz que otros no oyen, gestos mínimos que pasan desapercibidos, cambios sutiles de temperatura o textura. Y sí, la etiqueta de la camiseta puede arruinarnos un día entero.

Lo curioso es que no es ni bueno ni malo. Es útil. Un PAS suele ser un compañero leal, un profesional meticuloso, un amigo que detecta un bajón anímico antes de que el otro lo verbalice. El problema viene cuando el mundo, ese que no descansa, nos bombardea sin filtro.

He visto a pacientes PAS llegar a casa después de una reunión de dos horas y necesitar otras dos tumbados en la cama, a oscuras. No es que sean antisociales. Es que han procesado cada palabra, cada cruce de brazos, cada chiste de doble sentido. Al final, agotan.

Los 4 pilares que, según Aron, definen a un PAS

Aron lo resume con las siglas DOES (en inglés). Pero en cristiano sería:

Profundidad de procesamiento: Se le dan vueltas a las cosas. Muchas. “¿Por qué dijo eso?” “¿Y si le molestó mi silencio?” No es obsesión patológica, es que el cerebro PAS analiza más capas antes de decidir.

Sobreestimulación: Aquí el enemigo son los entornos muy cargados. Centros comerciales en sábado, conciertos con luces estroboscópicas, comedores familiares donde todo el mundo habla a la vez. El PAS no “agobia”, se satura. Y la saturación duele físicamente.

Emocionalidad y empatía: Lloran con las noticias de guerras lejanas. Sienten el enfado de su jefe aunque no vaya con ellos. Y sí, a veces absorben el mal humor de la pareja y lo llevan como propio. Esa es la parte más tramposa: no distinguir lo que es tuyo de lo que es de los demás.

Sensibilidad a lo sutil: Perciben el detalle que otros pasan por alto: un aroma, una sombra de tristeza en alguien, el chirrido lejano de un freno. Algunos lo llaman intuición. En realidad es atención involuntaria de alta definición.

El mito del “demasiado sensible”

Uno de los momentos más bonitos de mi trabajo es cuando un PAS descubre que no está roto. Porque la cultura occidental no ha sido especialmente amable con los que sienten mucho. “No seas tan susceptible”, “tienes piel fina”, “hazte más fuerte”. Como si la sensibilidad fuera un fallo de fábrica.

Pero hay estudios interesantes: si nos fijamos en el reino animal, entre el 20 y el 30% de los individuos de muchas especies nacen con alta sensibilidad. No es un error, es una estrategia evolutiva. Los PAS son los que detectan el peligro antes, los que notan si la fruta está madura, los que leen las intenciones del otro. En un grupo de cazadores-recolectores, su papel era vital.

El problema es que ahora, en lugar de la sabana, vivimos en open spaces con fluorescentes, notificaciones cada dos segundos y horarios de entrega imposibles. El PAS no ha cambiado, pero el mundo sí. Y va mucho más rápido.

Consejos si reconoces la firma (o si quieres querer a uno)

Si después de leer esto te has dicho “uy, esa soy yo”, no te alarmes. No tienes que convertirte en ermitaño. Algunas pequeñas claves que suelo compartir:

Permiso para parar. Levántate de la mesa en la cena de Navidad y sal cinco minutos al balcón. No pasa nada. Los demás seguirán riendo con sus chistes ruidosos.

Audífonos con cancelación de ruido. No es un capricho, es una prótesis sensorial. Úsalos en el metro, en el súper, sin culpa.

Aprende a decir “estoy saturado, no enfadado” para que los que te rodean no lo interpreten como un desaire.

Quema energía creativa. Escribir, pintar, tocar un instrumento o cocinar con calma convierte esa avalancha de estímulos en algo bello. El PAS necesita canalizar tanta entrada.

Y si tienes cerca a un PAS: no le digas “no llores” cuando llora por una película. Dale un pañuelo y un silencio acompañado. No le obligues a ir a discotecas. Y, por favor, pregúntale de verdad qué necesita cuando llegue a casa después de un día muy social. Es posible que la respuesta sea: “un rato sin hablar, y que la luz de la lámpara sea cálida”.

La última frase

Ser PAS no es una etiqueta para coleccionar, ni una excusa para esconderse. Es entender por qué la vida te cala hasta los huesos y aprender a ponerle un techo de cristal al aguacero. Como dice mi paciente Marcos, que lo descubrió a los 48 años: “Por fin sé que no soy raro, solo voy sin paraguas en un mundo que no sabe que está lloviendo”.

Y a veces, ese paraguas lo fabricamos nosotros. Con pausas, con límites y con ternura hacia esa parte nuestra que siente todo, y que, bien gestionada, se convierte en el radar más fino que tenemos.

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