Cuando el cerebro dice «auxilio»: la cara oculta de la patología dual en niños y adolescentes

«Llegó a consulta con 14 años, después de que sus padres encontraran un porro en su mochila. Pero lo que nadie veía era que, desde los 11, L. se despertaba con un nudo en el estómago y pensaba que iba a morir si se subía al autobús escolar». Así arranca la explicación la psicóloga infantojuvenil Marta Fuentes, que lleva quince años viendo casos que ningún manual describe del todo bien. «Ese chico no era un «drogadicto» ni un «chico problema»: era un paciente con trastorno de ansiedad social que se automedicaba con cannabis».

Esa intersección entre un problema de salud mental y un consumo problemático de sustancias es la patología dual, un concepto que suena técnico, pero que en la clínica diaria se parece más a un laberinto. Y cuando hablamos de niños y adolescentes, el asunto se vuelve aún más resbaladizo.

No son adultos pequeños, y sus adicciones tampoco

Que un adolescente fume un porro un sábado no es patología dual. Que una niña de 12 años no pueda dormir sin beber dos tercios de la botella de vino que sus padres guardan en la despensa, y que además lleve meses con un ánimo irreversiblemente irritable, eso ya es otra historia. Según datos del Plan Nacional sobre Drogas, casi el 30% de los menores atendidos por consumo de sustancias en España presenta algún trastorno mental coexistente. Pero los especialistas sospechan que la cifra real es mayor. «La infra detección es enorme –explica Fuentes– porque a menudo damos por hecho que el consumo juvenil es «experimental», o que la tristeza y la ira son simples síntomas de la edad del pavo».

El huevo y la gallina: ¿qué fue primero?

Una de las grandes dificultades es saber si el trastorno mental empujó al consumo, si el consumo desencadenó el trastorno, o si ambos comparten una base común (genética, ambiental, traumática…). En adultos ya es complicado; en niños, un auténtico quebradero de cabeza.

La neuropsicólogo Carlos Ruiz (Centro Dual, Barcelona) pone un ejemplo típico de consulta: «Llega un chico de 15 años con un diagnóstico de TDAH desde los 7. Toma metilfenidato, pero se salta las dosis. A los 13 empezó con el cannabis para «calmarse» y ahora no puede estudiar ni cinco minutos seguidos. ¿Es TDAH mal tratado? ¿Es intoxicación crónica? ¿Es ansiedad? Las tres cosas a la vez. Y si no tratamos las tres, no avanzamos».

Lo que Ruiz llama el efecto biombo: la sustancia oculta el trastorno de base, y el trastorno de base potencia el consumo. Un círculo vicioso que retrasa la ayuda real una media de dos o tres años. Dos o tres años en la vida de un adolescente es una eternidad.

Las sustancias más frecuentes y sus disfraces

En población infantojuvenil, el alcohol y el cannabis son los reyes del mambo. Pero nadie se asusta tanto con una botella de calimocho como con una paya de mefedrona. El problema es el patrón: consumo diario o casi diario, y sobre todo, su función. Cuando un chaval dice que fuma «porque si no, no me aguanto» o bebe «para poder hablar con la gente», ahí hay que encender todas las alarmas.

  • Cannabis + ansiedad social o fobia escolar: el adolescente deja de salir, se encierra en su cuarto «tranquilo», pero en realidad está huyendo del pánico a relacionarse.
  • Alcohol + depresión: bebe a escondidas, solo, por la tarde, para «sentir algo» o para «desconectar de la tristeza».
  • Tabaco + TDAH: la nicotina como automedicación para la atención, algo que ya estudian varios ensayos clínicos.

Lo que duele de verdad: el sistema no está preparado

Si vas a un centro de salud mental para adolescentes, te preguntan por el consumo, pero no siempre lo abordan como parte del problema. Si vas a un centro de drogodependencias para menores, los profesionales tienen mucha formación en adicciones pero no siempre en psicopatología infantil. «Y en medio, el chaval, que va de un sitio a otro como un péndulo», denuncia Fuentes. Ella misma cuenta el caso de una chica de 16 años con trastorno límite de la personalidad no diagnosticado y abuso de ansiolíticos de farmacia. «La mandaron a la unidad de conductas adictivas. Allí le dijeron que no era su perfil porque no consumía heroína ni cocaína. Y de salud mental la derivaron a la lista de espera: ocho meses».

Señales que los padres (y los profesores) no deberían ignorar

No se trata de volverse paranoicos, pero algunos indicios merecen una consulta a tiempo:

  • Cambio brusco en el rendimiento escolar sin causa aparente.
  • Irritabilidad extrema que no se corresponde con el «tono» del adolescente.
  • Necesidad de consumir a solas o en horarios extraños (antes del instituto, al despertar).
  • Pérdida de interés en actividades que antes le motivaban, pero no solo «por vago», sino con un vacío emocional real.

Y mientras tanto, ¿qué se hace bien?

En los últimos años han surgido experiencias esperanzadoras. Unidades de patología dual infantojuvenil en hospitales como el Gregorio Marañón de Madrid o el Parc Taulí de Sabadell apuestan por intervenciones integradas: mismo equipo, mismo plan terapéutico, mismo caso. Terapia cognitivo-conductual adaptada a la edad, manejo de contingencias, trabajo con la familia (clave, absolutamente clave) y, cuando toca, psicofármacos sin demonizar pero con rigor.

La psiquiatra infantil Elena Mas, que coordina un programa de estos, resume la filosofía: «No puedes pedirle a un adolescente con depresión que deje de fumar cannabis si no le ayudas antes a que su cerebro sienta un mínimo de alivio sin la sustancia. Primero se estabiliza la emoción, luego se trabaja el autocontrol. Al revés, es echarle leña al fuego».

Conclusión provisional (porque esto no tiene final feliz inmediato)

La patología dual en niños y adolescentes no es una moda diagnóstica. Es el reflejo de que nuestros jóvenes están tratando de gestionar su malestar con las herramientas que tienen a mano, que suelen ser las peores. Y es también un espejo de nuestro sistema sanitario, que aún piensa en compartimentos estancos cuando el cerebro de un chaval es todo menos estanco.

Mientras tanto, los profesionales que trabajan en la trinchera repiten una y otra vez un mensaje que debería estar en todas las escuelas y en todas las consultas de pediatría: preguntar siempre por el consumo cuando haya síntomas mentales, y preguntar siempre por los síntomas mentales cuando haya consumo. Parece obvio. Pero lo obvio suele ser lo último que aprendemos.

Ana Torres es periodista especializada en salud mental y colaboradora habitual de esta sección.

Nota: Los nombres de los pacientes han sido cambiados para proteger su intimidad. Las entrevistas a profesionales reflejan conversaciones reales mantenidas en congresos y grupos de trabajo sobre patología dual infantojuvenil.

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