La psicología del asombro: por qué necesitamos dudar sin perder la esperanza

Por Carl Sagan

Hace unos años, en una conferencia, un joven se me acercó al final. Tenía los ojos cansados, ese cansancio que no viene del insomnio sino de la desorientación. Me dijo: «Doctor Sagan, sé que debo ser escéptico, pero el escepticismo me está volviendo cínico. ¿Cómo sigo creyendo en algo?»

Esa pregunta me persigue. No es una cuestión de astrofísica, sino de psicología profunda. Quizá por eso acepto escribir en estas páginas, aunque no sea psicólogo. Porque he pasado la vida mirando al cielo, sí, pero siempre con la vista puesta en lo que ese cielo hace dentro de nosotros.

Mis colegas de la psicología saben bien que mi interés por el cerebro humano comenzó con «Los dragones del Edén», ese libro donde me atreví a mezclar la evolución del cerebro con la mitología. Recibí cartas furiosas de algunos científicos diciendo que me salía de mi campo. También recibí cartas de madres agradecidas cuyos hijos, después de leerlo, por fin se sentían menos raros por tener pesadillas. Una de ellas me escribió: «Mi hijo creía que sus miedos eran una vergüenza. Ahora sabe que son los restos de dragones antiguos».

Ese es mi granito de arena para ustedes: la comprensión de que nuestro conflicto interno no es un fallo, sino un fósil vivo. Tenemos un cerebro de reptil que quiere territorio y miedo, un sistema límbico que llora y se emociona con la luna, y una corteza que intenta, a trompicones, pensar antes de actuar. No somos ángeles caídos. Somos seres hechos de capas, y aceptarlo duele menos que negarlo.

Mi mayor contribución, si me permiten llamarla así, no fue predecir el calentamiento de Venus ni ayudar a enviar sondas a Marte. Fue intentar construir lo que llamé «la caja de herramientas para detectar patrañas». En «El mundo y sus demonios» lo explico sin ambages: necesitamos enseñar a la gente a preguntar «¿qué evidencia lo respalda?», «¿se puede probar de otra forma?», «¿quién se beneficia de que crea esto?». No por malicia, sino por supervivencia psicológica.

Vivimos en una época donde la pseudopsicología —esa que vende soluciones rápidas, personalidades fijas o promesas de felicidad sin dolor— hace fortunas. Y lo hace aprovechándose de nuestra necesidad más humana: la de entender nuestro propio laberinto interior. El pensamiento mágico no es un error tonto. Es un atajo que nuestro cerebro cansado toma cuando la incertidumbre pesa demasiado.

Pero aquí va mi mensaje, el que he repetido hasta en mi lecho de hospital: el escepticismo no es lo opuesto a la esperanza. Es su mejor aliado. Porque la esperanza ciega se rompe con el primer golpe de realidad. La esperanza lúcida, esa que duda, comprueba y sigue adelante a pesar de todo, esa es la que nos salvó como especie.

Los psicólogos tienen una tarea urgente: enseñar a distinguir entre la duda paralizante y la duda fértil. Entre el miedo que protege y el miedo que secuestra la voluntad. Yo solo puedo decirles, desde mi trinchera de astrónomo, que cuando miré a través del telescopio y vi un punto azul pálido a 6 mil millones de kilómetros, no sentí insignificancia. Sentí una ternura feroz. Y comprendí que ese pequeño punto no necesita más certezas absolutas. Necesita personas que sepan decir «no sé» sin vergüenza, y que sigan buscando.

Eso es lo más humano que conozco: buscar sin certeza, dudar sin rendirse, maravillarse sin ingenuidad.

Cuídense de quienes ofrecen respuestas sin preguntas. Y nunca dejen de enseñar que la mente más sana no es la que nunca duda, sino la que aprende a convivir con la duda sin que esta le robe la capacidad de actuar con bondad.

Con afecto desde Ítaca, o desde cualquier rincón del universo que nos mire esta noche.

*—Carl Sagan (adaptado de conferencias y escritos, 1980-1996)*

www.elperiodicodelapsicologia.info info@elperiodicodelapsicologia.info

Deja un comentario