La otra demencia: cuando el cerebro se vuelve más lento, pero no olvidadizo

 Hace unas semanas, María me trajo a la consulta la historia de su padre, un hombre de 72 años, antiguo tornero, que en los últimos tiempos había dejado de iniciar las conversaciones. No es que repitiera las preguntas —como suele asociarse con el Alzheimer—, sino que se sentaba en el sofá y se quedaba mirando la televisión apagada. A veces, cuando María le pedía que la ayudara a poner la mesa, él asentía, pero se quedaba quieto, como si la orden tardara siglos en llegar a sus manos. “No está triste”, me decía ella, “está… apagado”.

Lo que pocos saben —y María menos aún— es que no todas las demencias atacan la memoria declarativa ni deshacen el lenguaje. Existe una familia de trastornos neurodegenerativos que golpean las autopistas profundas del cerebro: los ganglios basales, el tálamo, la sustancia blanca. Hablamos de la demencia subcortical, un diagnóstico que aún hoy sigue siendo el primo silencioso de las enfermedades cognitivas.

Cuando el piloto automático se avería

A diferencia del Alzheimer, donde la persona olvida que ha olvidado, en la demencia subcortical el problema no suele ser el “qué” sino el “cuándo” y el “cómo”. Los afectados tardan más en procesar una pregunta. Su pensamiento se vuelve viscoso, como si caminaran por un pantano de palabras. Planificar una comida, organizar la medicación o simplemente cambiar de canal de televisión se convierte en una hazaña.

Desde la neuropsicología, describimos estos síntomas como “disfunción ejecutiva” y “enlentecimiento psicomotor”. Pero detrás de esos términos técnicos hay una realidad humana mucho más desgarradora: la persona sigue siendo consciente de su lentitud, a diferencia de lo que ocurre en las demencias corticales. Y esa conciencia duele.

Las causas: Parkinson, Huntington y la pequeña vasculatura

Las causas más frecuentes de este perfil cognitivo son la enfermedad de Parkinson, la demencia por cuerpos de Lewy, la parálisis supranuclear progresiva o la corea de Huntington en fases medias. Pero hay una silenciosa y creciente: la enfermedad de pequeños vasos, vinculada a hipertensión, diabetes y tabaquismo. El cerebro se llena de microinfartos que no matan de golpe, pero van apagando luces secundarias. La sustancia blanca, ese cableado que conecta las regiones nobles, se deteriora sin estrépito.

Los neurólogos lo ven en las resonancias: hiperintensidades en la sustancia blanca. Los psicólogos lo vemos en el día a día: el paciente que olvida dónde dejó las llaves, pero puede contarte con todo detalle la guerra civil. Su memoria remota está intacta. Lo que falla es la capacidad de arrancar.

El gran imitador de la depresión

Un problema clínico mayúsculo es que la demencia subcortical se disfraza a menudo de depresión resistente. Apatía, abulia, falta de iniciativa, rostro inexpresivo, voz monocorde… Los psiquiatras recetan antidepresivos una y otra vez, y la persona no mejora. No porque no haya tristeza —que a veces la hay, y mucha—, sino porque la raíz es orgánica. El circuito fronto-subcortical está desconectado.

Identificarlo a tiempo cambia el pronóstico. No porque exista una cura milagrosa, sino porque los tratamientos de rehabilitación cognitiva, la estimulación basal y, sobre todo, la psicoeducación de la familia evitan años de erráticos diagnósticos y medicamentos innecesarios.

Qué hacer desde la psicología

Nuestro papel como psicólogos no es menor. No podemos regenerar la sustancia blanca, pero sí enseñar estrategias externas: agendas de pared, alarmas visuales, dividir las tareas en pasos mínimos. También entrenar a la familia en paciencia activa: no acelerar al paciente, no terminar sus frases, no hacer por él lo que aún puede hacer lentamente.

Y hay una labor esencial que casi nunca se menciona: validar su experiencia. Decirle “entiendo que te sientas torpe, pero no estás solo” puede ser más terapéutico que cualquier ejercicio cognitivo. Porque estos pacientes sufren una doble marginación: la de la enfermedad y la de un sistema que solo entiende las demencias que olvidan, no las que paralizan la voluntad.

María, al final, consiguió que su padre fuera valorado por un neuropsicólogo. El diagnóstico fue enfermedad de pequeños vasos con perfil subcortical. No hubo fármacos revolucionarios. Pero algo cambió: ella dejó de preguntarle “¿no te acuerdas?” y empezó a decirle “vamos despacio, paso a paso”. Su padre esbozó una media sonrisa. No era felicidad, era alivio. El alivio de ser visto, por fin, en la demencia que sí tenía.

Javier Rodríguez es psicólogo clínico en la Unidad de Trastornos del Movimiento del Hospital Universitario de La Princesa (Madrid) y autor del blog “Neuropsicología en la trinchera”.

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