La felicidad no es lo que crees y eso es una buena noticia

 La felicidad no es lo que crees (y eso es una buena noticia)
Por Javier M. – Redacción

Ayer, en la cola del supermercado, una señora le decía a su nieto: “Sé feliz, que es lo que importa”. El niño, de unos siete años, la miró con una mezcla de confusión y hastío. Luego preguntó: “¿Y eso cómo se hace?”. La abuela no supo qué responder. Yo tampoco habría sabido.

Llevamos dos décadas de psicología positiva, cientos de libros de autoayuda en los escaparates y un bombardeo constante de influencers sonrientes en redes sociales. Y sin embargo, si paramos a alguien por la calle y le pedimos que defina la felicidad, lo más probable es que obtengamos un silencio incómodo o una frase hecha tipo “sentirse bien” o “que te vaya todo bien”.

El problema no es que seamos torpes. Es que hemos confundido la felicidad con una postal.

La trampa de la sonrisa perpetua

Recuerdo una paciente que llegó a mi consulta –trabajo como orientador en un centro de salud comunitario– diciendo: “Doctor, tengo todo para ser feliz, pero no lo soy. ¿Qué me pasa?”. Tenía pareja, trabajo estable, salud y un hijo sano. Su verdadero problema no era la tristeza. Era la creencia de que debía estar alegre 24/7. Cada momento de bajón se convertía en un juicio contra sí misma. Estaba agotada de intentar sonreír.

Lo que la psicología lleva décadas enseñando –y lo que las redes sociales parecen empeñadas en ocultar– es que la felicidad no es un estado permanente. Es, como mucho, un visitante irregular. Los estudios con gemelos y los trabajos de Sonja Lyubomirsky estiman que solo un 50% de nuestra “capacidad de felicidad” viene determinada genéticamente. El resto se reparte entre circunstancias (un 10%) y actividades intencionadas (40%). Pero ni siquiera ese 40% garantiza una felicidad continua. Garantiza, eso sí, momentos de sentido, de conexión, de flujo.

La paradoja de perseguir la mariposa

Una tarde, paseando por el parque, vi a un niño correteando detrás de una mariposa. Corría, se caía, se levantaba, volvía a correr. Nunca la atrapaba. Al final, se sentó en el césped, derrotado. Y entonces, la mariposa se posó en su rodilla.

Esa metáfora es tan vieja como el taoísmo, pero sigue siendo la mejor que conozco: la felicidad es esquiva cuando la persigues de forma directa. Cuando te obsesionas con “ser feliz”, comparas cada momento con un ideal irrealizable, y el resultado solo puede ser frustración. En cambio, quienes se centran en actividades que les importan –cuidar una planta, preparar una cena para amigos, terminar un proyecto difícil, escuchar de verdad a alguien– suelen reportar niveles más altos de bienestar sin habérselo propuesto.

¿Significa eso que hay que renunciar a la felicidad? No. Significa que hay que dejar de tomarla como un objetivo y empezar a tratarla como un efecto secundario.

Lo que sí sabemos (y lo que aún nos cuesta aceptar)

La investigación en psicología ha conseguido algunas certezas modestas pero sólidas:

  • El dinero importa, pero menos de lo que creemos. Hasta cubrir necesidades básicas y un pequeño colchón de seguridad, el bienestar sube con los ingresos. A partir de ahí, el aumento es casi ridículo. El salto de 100.000 a 200.000 euros anuales apenas se nota en el día a día.
  • La soledad mata la felicidad más que el tabaco o la obesidad. Los estudios longitudinales de Harvard, que han seguido a hombres durante 80 años, son claros: las relaciones cálidas protegen el cuerpo y la mente. No hace falta tener cien amigos. Basta con una o dos personas con quienes puedas ser tú mismo sin máscara.
  • El propósito pesa más que el placer. El filósofo y psiquiatra Viktor Frankl, superviviente de Auschwitz, escribió que quien tiene un “porqué” para vivir puede soportar casi cualquier “cómo”. La felicidad hedónica –el placer inmediato, el helado de chocolate, el capítulo siguiente de la serie– se desvanece rápido. La felicidad eudaimónica –la que viene de sentir que tu vida tiene dirección y significado– deja huella.

Un antídoto contra la tiranía del “todo bien”

Si me pidieran un consejo práctico para este periódico, no daría una lista de diez pasos ni un reto de 21 días. Daría una pregunta para hacerse cada noche, antes de dormir: “¿Cuándo hoy me olvidé de mí mismo?”.

Piensa. Lo mismo fue ayudando a tu compañera con un informe, o escuchando a tu hijo contar las reglas de su juego favorito sin mirar el móvil, o simplemente caminando sin más objetivo que mirar las nubes. Esos momentos en los que dejas de preguntarte “¿soy feliz?” y sencillamente estás –ahí se esconde la respuesta.

La señora del supermercado no tenía por qué darle una lección al niño. Podía haberle dicho: “No sé cómo se hace, cariño. Pero te prometo que a veces aparece cuando menos la buscas”. Y eso, quizá, es lo más humano que podemos decir.


Javier M. es psicólogo sanitario y colaborador habitual de este periódico.

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