Sana a tu niño interior
Un artículo escrito desde el alma
Te voy a contar algo que aprendí en terapia, pero no de la forma fría de los libros, sino de la que duele y luego abraza. Resulta que todos llevamos dentro un niño que no creció del todo. Ese que se escondió detrás de la puerta cuando los papás peleaban. El que aprendió a callarse para no molestar. El que todavía espera que alguien le diga “está bien, te quiero como eres”.
Ese niño no se fue. Solo se quedó ahí, en un rincón de tu pecho, esperando. Y cuando menos te lo esperas, sale. A veces con un berrinche que disfrazas de mal humor. A veces con miedo a que te abandonen, aunque tengas 40 años y una cuenta en el banco. O con esa manía de querer demostrar que vales, como si tu valor se midiera en aplausos.
¿Suena conocido? Pues bienvenido al club de los adultos que juegan a ser grandes mientras arrastran las heridas pequeñas de la infancia. Y no hablo de culpar a tus padres (ellos también hicieron lo que pudieron con sus propios niños heridos). Hablo de mirar hacia adentro, hacer un poco de limpieza y decir: “Oye, peque, ya no estás solo. Yo te protejo ahora”.
¿Cómo se sana a ese niño? No es con regalos ni con viajes a Disney. Es más sencillo y más difícil a la vez. Es sentarte un día a recordar qué necesitabas de verdad cuando tenías siete años. Quizás un abrazo sin condiciones. Quizás que te dejaran llorar sin decirte “no seas exagerado”. Quizás que te creyeran cuando decías “me duele la barriga” antes de un examen.
La sanación empieza cuando te permites ser vulnerable, pero desde la fuerza de un adulto que ya puede sostener su propio llanto. Mi psicóloga me dijo una vez: “Habla con tu niño interior como hablarías con tu hijo si tuvieras uno”. Y yo, que no tengo hijos, imaginé a ese pequeño asustado y le dije: “Tranqui, yo me encargo. Ahora mando yo”. Y sorprendentemente, algo se soltó.
No te voy a vender una fórmula mágica ni tres pasos para sanar en una semana. Porque esto va de paciencia, de días malos y de noches en las que el niño vuelve a tener pesadillas. Pero te prometo que merece la pena. Cuando empiezas a escucharle, dejas de reaccionar como un crío enfadado y empiezas a responder como el adulto que realmente eres. Las peleas de pareja ya no son un drama mundial. Los comentarios de tu jefe no te hunden. Y esa vocecita que te decía “no eres suficiente”… se va apagando.
Así que hoy te invito a que le dediques cinco minutos a tu niño interior. Sin juicios. Pregúntale qué necesita. Y luego, dale eso. Un respiro. Un paseo. Un permiso para equivocarte. Porque al final, sanar a tu niño no es volver a ser niño. Es dejar de ser rehén de lo que fuiste.
Y si te da vergüenza hacer esto, piensa que el mayor acto de valentía es bajar la guardia y atreverte a sentir. Eso, querido lector, ningún algoritmo lo entiende. Pero tú, sí.
Artículo escrito por el equipo de redacción del Periódico de la Psicología
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