Por Laura Méndez
Colaboradora de Psicología y Naturaleza
El otro día vi a mi vecino del quinto regar sus plantas del balcón mientras les susurraba algo. No pude evitar sonreír. Luego me quedé pensando: ¿hay algo de cierto en esa sensación tan humana de que las plantas, y sobre todo los árboles, nos devuelven el cariño cuando los cuidamos? ¿O es solo nuestra mente buscando consuelo en lo verde?
Vamos por partes.
Si le preguntas a un jardinero veterano o a esa abuela que habla con su higuera desde hace treinta años, te dirá que sí sin dudarlo. No desde un punto de vista científico estricto —ellos no necesitan estudios—, sino desde la experiencia diaria. “El árbol responde”, me dijo una vez un agricultor de mi pueblo. “Si lo tratas mal, se encoge. Si lo mimas, hasta parece que brilla”.
Y aunque la neurociencia vegetal aún no ha encontrado un sistema nervioso central en un pino, sí ha descubierto cosas fascinantes: los árboles se comunican mediante redes de hongos bajo tierra, se avisan de plagas, e incluso pueden distinguir entre el roce de una mano amable y el de una herramienta que los daña. No tienen emociones como nosotros, pero tienen memoria, reacciones químicas y comportamientos que, vistos desde fuera, se parecen mucho a lo que llamaríamos “afecto”.
Pero vayamos a lo que realmente importa para la psicología humana.
Cuando cuidamos un árbol —lo regamos, lo podamos con respeto, lo protegemos del frío—, nuestro cerebro activa el sistema de recompensa. La oxitocina, la serotonina, esas hormonas del bienestar que tanto nos gustan, se disparan. Nos sentimos útiles, conectados, necesarios. Y esa sensación se multiplica cuando el árbol nos “devuelve” algo: una sombra en verano, el aroma de sus flores, el canto de los pájaros que anidan en él. No es magia, es reciprocidad biológica.
Lo curioso es que el árbol, sin saberlo, también se beneficia. Un árbol cuidado crece más sano, resiste mejor las tormentas, da mejores frutos. En ese sentido, sí: es “feliz” dentro de lo que su naturaleza le permite. Y nosotros, al verlo frondoso y fuerte, nos sentimos parte de algo más grande.
Aquí entra en juego la llamada “hipótesis de la biofilia”, ese término acuñado por el biólogo Edward O. Wilson que dice que los humanos tenemos una tendencia innata a buscar conexión con otras formas de vida. No es un capricho: es supervivencia emocional. Un niño que crece cuidando un árbol aprende sobre la paciencia, sobre la pérdida (cuando caen las hojas) y sobre la confianza (cuando vuelven a brotar). Un adulto que planta un árbol en su jardín o que adopta uno en un parque está, sin saberlo, construyendo un ancla para sus días grises.
Me viene a la memoria una paciente, Marta, que atravesaba una depresión larga y silenciosa. Su terapeuta le sugirió que adoptara un pequeño cerezo en un vivero municipal. Al principio le pareció ridículo. Pero empezó a visitarlo cada semana, a quitarle las malas hierbas, a hablarle bajito. A los tres meses, el cerezo había crecido apenas unos centímetros, pero Marta sonreía más. “Es tonto —me confesó—, pero siento que él también me cuida. Que depende de mí, sí, pero que de alguna manera me espera.”
¿Es real esa devolución de cariño? Depende de cómo lo mires. El cerezo no siente gratitud como tú o yo. Pero sí reacciona a su presencia constante: produce más clorofila, endurece su tronco, abre sus flores con puntualidad primaveral. Y Marta, al ver ese ciclo, aprendió que el cuidado constante da frutos, aunque tarden en llegar. El árbol se convirtió en un espejo de su propia recuperación.
Así que sí, quizás los árboles no son felices en el sentido humano del término. Pero nosotros sí lo somos cuando los cuidamos. Y esa felicidad se refleja en ellos: en su verdor, en su firmeza, en esa calma que nos transmiten cuando nos sentamos a su sombra. Al final, el cariño que creemos que nos devuelven no es más (ni menos) que el nuestro, multiplicado, susurrado por el viento entre las hojas.
La próxima vez que riegues un árbol o pases la mano por su corteza, no te preguntes si él te quiere. Pregúntate mejor por qué tú te sientes querido al hacerlo. Ahí, en esa respuesta, está toda la psicología que necesitas entender.
Y si aún así prefieres creer que el árbol te sonríe… pues mejor. Porque al final, lo que importa no es si es verdad. Lo que importa es que ese cuidado te hace bien a ti, y a él, y a todo lo que os rodea.
Artículo publicado en el marco de nuestra sección “Ecología de la Mente”.
El Periódico de la Psicología www.elperiodicodelapsicologia.info medio de comunicación especializado y Humanista ISSN 2696-0850 info@elperiodicodelapsicologia.info Tel. +34 675763503