Redacción de el Periódico de la Psicología
¿Alguna vez has discutido con alguien que no cede ni a tiros? ¿O has sentido esa vocecilla interna que compara tu vida con la de tu vecino, tu sueldo con el de tu primo, o tu felicidad con la de una influencer? Pues de eso hablamos cuando decimos “ego”. No es algo malo en sí mismo, ni un demonio que exorcizar. Es más bien un mecanismo que nos permite sobrevivir… pero que, si se descontrola, nos hace la vida imposible.
¿Qué es eso llamado ego?
Si le preguntas a un psicoanalista clásico, te dirá que es una de las tres instancias de la personalidad según Freud: el Ello (los impulsos básicos, el “quiero y lo quiero ya”), el Superyó (la conciencia moral, el “deberías”) y el Yo o Ego, que es el que negocia entre ambos y con la realidad. Pero dejemos los manuales. En el día a día, el ego es esa sensación de ser alguien continuo, separado del mundo, con un nombre, una historia y una lista de posesiones (materiales y simbólicas). Es el “yo soy” que te permite decir “yo soy médico”, “yo soy madre”, “yo soy de los que madrugan”. Y también el “yo merezco” o “yo no merezco”.
Lo curioso es que ese “yo” no nace con nosotros. Un bebé no tiene ego. No distingue su pie de la luz del techo. Todo es una sopa de sensaciones.
¿Cómo lo construimos, entonces?
Poco a poco, con paciencia y con espejos. Literalmente. Antes del primer año, el niño empieza a notar que cuando mueve la mano, algo se mueve. Que cuando llora, alguien aparece. Que hay un afuera y un adentro. Pero el gran golpe de realidad llega con el famoso “estadio del espejo” (la teoría de Jacques Lacan, que el psicoanálisis popularizó). Cuando un niño se ve reflejado, se reconoce. Y ahí nace una imagen idealizada de sí mismo. Más tarde, los padres, profesores, amigos y el entorno van moldeando ese ego con refuerzos: “qué bien dibujas”, “qué inteligente eres”, “cómo has mejorado”… pero también con heridas: “no seas así”, “no sirves para esto”, “mira a tu hermana”.
Así que nuestro ego es un collage de experiencias, expectativas ajenas, logros y fracasos, con capas de defensas que construimos para no desmoronarnos. Por eso hay egos frágiles que se ofenden por cualquier cosa, y egos blindados que no admiten ni un mínimo error.
¿Para qué sirve algo tan problemático?
Para vivir en sociedad, básicamente. El ego es como la carrocería del coche: te protege de los golpes, te da una imagen reconocible, te permite ir de un lado a otro sin desintegrarte. Gracias al ego puedes:
Diferenciarte: saber dónde empiezas tú y termina el otro.
Planificar: postergar un placer inmediato (comerte toda la tarta) por un beneficio futuro (no tener cagalera ni remordimientos).
Mantener la continuidad: sentir que el que ayer hizo un pacto es el mismo que hoy lo cumple.
Defenderte de la ansiedad: con mecanismos como el humor, la sublimación (pintar un cuadro en vez de dar un puñetazo) o, si hace falta, la negación más cutre.
El problema empieza cuando el ego se vuelve rígido o desmesurado. Cuando creemos que nuestro “yo es el centro del universo”. Ahí aparece la soberbia, la incapacidad de pedir perdón, el postureo, la necesidad constante de validación externa. O al revés: un ego tan débil que se desmorona ante la primera crítica, y entonces vivimos a la defensiva, sintiendo que cualquier comentario es un ataque personal.
Un pequeño truco para convivir con él
En la terapia cognitiva y también en las tradiciones contemplativas (como el mindfulness o el budismo) hay una idea liberadora: el ego no es tu enemigo, pero tampoco eres tú. Es una herramienta. Puedes observarlo. La próxima vez que te sientas herido por una opinión, pregúntate: ¿quién es el que se siente herido? ¿Ese personaje con biografía y títulos, o algo más profundo y tranquilo que está detrás? Ese acto de observación ya es un pequeño despegue del ego. No para eliminarlo (imposible, mientras vivamos), sino para no dejar que maneje el volante a todas horas.
El ego bien empleado es como un buen traje: te viste, te protege y ayuda en las reuniones importantes. Pero no duermes con él puesto. Y cuando estás en casa, en pijama, riendo con quien te quiere de verdad… el ego se sienta un rato a un lado y te deja ser simplemente humano. Que, al fin y al cabo, es lo que somos.
¿Tú de qué lado tienes el ego? ¿Demasiado inflado, demasiado encogido, o justo a la medida? Reflexiona esta semana. Y si puedes, cuéntaselo a alguien. Sin postureo.
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