Por: Un psicólogo que ya no sabe si atender niños o apagar routers
Me llegan cada vez más pequeños a consulta que no saben aburrirse. Lo digo sin exageración: se sientan en la sala de espera y si el móvil no está encendido, sus dedos hacen el gesto de deslizar sobre la rodilla. No es un tic. Es un reflejo condicionado. Han aprendido que el mundo responde al roce. Pero el mundo de verdad no responde igual. El mundo de verdad les mira y les dice: «ahora no», «espérate», «inventa algo». Y ellos ya no saben inventar. Nadie les enseñó.
Porque una infancia sin juego no es una infancia con más tecnología. Es una infancia amputada. El juego libre, ese que no tiene tutorial ni puntuación ni recompensa al final, era el laboratorio del deseo. Cuando un niño construye una cabaña con sábanas, está ensayando la posibilidad: esto podría ser un refugio. Cuando tira un cubo al suelo solo por escuchar el ruido, está preguntándose por la causa y el efecto sin que nadie le ponga un examen. El juego es la forma que tiene el niño de decir «yo existo aquí, transformo esto, me equivoco y me da igual». Pero ¿qué pasa cuando toda actividad tiene una pantalla de por medio? Que la experiencia se vuelve espectacular, no encarnada. El niño mira, toca un vidrio, recibe un estímulo. Pero no huele, no pesa, no resiste. El mundo digital no opone resistencia. Y si no hay resistencia, no hay límite. Y si no hay límite, no hay sujeto.
Luego viene la adolescencia. Y si de base no hubo juego, el adolescente no se encuentra con un «sostén». ¿Qué es el sostén? Son esos adultos que aguantan sin derrumbarse tu rabia, tu desorden, tu pregunta sin respuesta. Son los que te dicen «sé que estás perdido, pero aquí sigo». Sin embargo, hoy muchos adolescentes llegan con el cuerpo lleno de pulsiones y la mente colonizada por el algoritmo. Les duele algo y graban un TikTok. Se sienten solos y abren una ventana con cien personas que no les miran. El sostén tradicional –la familia ampliada, el profesor que te ve, el entrenador que te espera– ha sido reemplazado por el «me gusta». Pero un like no te sujeta cuando tiemblas. Un like no te acompaña a llorar al cuarto de baño.
Lo más grave no es que los adolescentes estén tristes (siempre lo estuvieron un poco, es su oficio). Lo grave es que no tienen a nadie que tolere su tristeza sin pedirles que se tomen una foto sonriendo o que «piensen positivo». La cultura de la pantalla organiza la vida psíquica como si el malestar fuera un error de software. Y entonces el adolescente se siente él mismo el error. Porque si no hay un adulto que sostenga, el único reflejo que le devuelve el espejo digital es el de un producto que no funciona bien.
Y llegamos a la sociedad. No hace falta ser lúcido para verlo: los vínculos humanos se han vuelto secundarios, opcionales, casi incómodos. ¿Para qué quedar a tomar algo si podemos mandarnos memes? ¿Para qué discutir de tú a tú si puedo bloquear? Las pantallas han logrado algo que ni el más cruel de los sistemas había conseguido: que nos aislemos voluntariamente, con la conciencia tranquila, porque creemos que estamos conectados. Pero la conexión digital no es vínculo. El vínculo duele, exige, decepciona, perdona, tarda. La pantalla, en cambio, promete inmediatez y entrega control. Y el control es la antítesis del amor.
Un colega me decía el otro día, medio en broma, medio en serio: «ya no tratamos pacientes, tratamos interfaces». Y tiene razón. Cada vez más, la queja de quien viene a terapia no es «no entiendo a mi hijo» sino «no sé cómo desconectarlo». O «siento que mi pareja está más pendiente del teléfono que de mí». O la peor de todas, la que me hiela: «a veces creo que mi vida solo existe si la publico».
No voy a terminar este artículo con un decálogo de soluciones. No tengo diez puntos. Tengo una sola convicción: si no recuperamos el tiempo muerto, el aburrimiento fértil, la mirada que no se desvía hacia una notificación, estamos criando una generación que sabrá manejar cualquier dispositivo electrónico pero no sabrá estar con otro ser humano en silencio. Y eso, perdonen la expresión, es una tragedia silenciosa. La peor de todas: la que no se ve porque los ojos están ocupados mirando una pantalla.
Si este artículo le ha resonado, apague el ordenador y vaya a hacer algo que no genere datos. El autor le da permiso.
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