El diagnóstico es casi unánime en el último congreso de Salud Mental España: los jóvenes están peor que hace una década. Y no hablamos de un malestar difuso, sino de cifras que dan vértigo. Pero el verdadero problema, advierten los expertos, no está solo en los números, sino en la respuesta que estamos dando.
redacción de El Periodico de la Psicología – www.elperiodicodelapsicologia.info
Hay algo que los psicólogos clínicos llevan años viendo en sus consultas y que ahora los datos convierten en un alarido. La salud mental de niños, adolescentes y jóvenes no es que esté «un poco más frágil». Es que se está resquebrajando a una velocidad que asusta. Y la semana pasada, en el XXIII Congreso de la Confederación Salud Mental España, celebrado en Tenerife, el mensaje fue tan diáfano que casi dolía: si no cambiamos el modelo, esto va a ir a peor.
El lema del encuentro, «Juventud con salud mental, futuro con esperanza», sonaba casi a súplica. Porque lo que se escuchaba en los pasillos y en las ponencias era más bien un diagnóstico de urgencia. El presidente de la entidad, Nel González Zapico, lo dijo sin rodeos: hay que reforzar la prevención y crear «espacios seguros» para los jóvenes. No espacios bonitos sobre el papel. Espacios reales, donde un chaval pueda sentirse escuchado sin sentirse juzgado.
Lo que no se ve en los partes médicos
El informe que se presentó durante el congreso desgrana una realidad que muchos padres y educadores ya intuyen pero que aún no termina de tener nombre oficial: los trastornos de ansiedad y depresión se han disparado entre los 12 y los 25 años, las autolesiones han dejado de ser un síntoma raro y los ingresos por ideación suicida en adolescentes crecen cada año. Pero lo más llamativo, quizás, es lo que el informe llama «el malestar silencioso»: chicos y chicas que no cumplen criterios para un diagnóstico grave, pero que viven con una angustia constante, una sensación de vacío y una dificultad enorme para proyectar el futuro.
«Antes decíamos que la adolescencia era una etapa difícil por naturaleza», comentaba una de las psicólogas asistentes al congreso, que pidió no dar su nombre para poder hablar con más libertad. «Ahora esa dificultad se ha cronificado. La incertidumbre sobre el trabajo, la vivienda, el clima, las guerras… Eso está en la cabeza de un joven de 16 años. Y nosotros, los adultos, seguimos diciéndoles ‘tranquilo, ya pasará’. Pues no pasa. Se queda».
Los deberes que nadie quiere hacer
El congreso sirvió también para poner el dedo en una llaga incómoda: las listas de espera en salud mental infantil y juvenil siguen siendo inasumibles. Un adolescente con depresión puede tardar meses en ver a un especialista. Y mientras tanto, ¿qué? Pues eso: mientras tanto, su vida sigue, su angustia crece y su confianza en el sistema se desinfla.
Zapico defendió un cambio de modelo: más psicólogos en los centros de salud, sí, pero también equipos comunitarios que salgan a los institutos, a los centros de día, a los barrios. Atención más cercana, menos burocrática y mucho más flexible. Porque una cosa es lo que dice el protocolo y otra muy distinta lo que necesita un chaval que no quiere ni salir de su habitación.
La sombra de la pandemia (que no se ha ido)
A estas alturas, hablar del impacto de la Covid en la salud mental juvenil puede sonar a disco rayado. Pero los datos presentados en Tenerife insisten en algo que los psicólogos escolares llevan tiempo advirtiendo: los efectos de esos dos años de aislamiento no se han disuelto como se esperaba. Al contrario, han dejado una huella en la forma de relacionarse, de gestionar la frustración y de tolerar la exposición social. «Muchos adolescentes perdieron el ‘entrenamiento’ emocional que se hace en la interacción diaria», explicaba una ponente. «Y ahora vuelven a estar en clase, pero con una mochila emocional que no saben ni cómo empezar a vaciar».
El congreso concluyó con un mensaje que, paradójicamente, mezclaba la urgencia con un cierto atisbo de esperanza. Es posible hacerlo mejor. Pero para eso hace falta voluntad política, inversión y, sobre todo, dejar de mirar la salud mental juvenil como un problema individual para entenderla como lo que es: un síntoma de cómo estamos organizando (o mal organizando) la vida de los que vienen detrás.
Mientras tanto, ellos siguen esperando. Y el reloj, como siempre, corre en su contra.
Javier López
Redacción de El Periódico de la Psicología