Redacción
El neurólogo Amir Lemine lleva años advirtiendo sobre un fenómeno silencioso que está moldeando nuestra forma de sentir y de estar en el mundo. Lo llama «distorsión digital», y no es una metáfora. Es un proceso que ocurre dentro de nuestro cerebro, en las conexiones que dan forma a nuestra autoestima y a nuestra manera de relacionarnos con los demás. Hablamos con él para entender por qué nuestra mente no distingue entre lo que ve en una pantalla y lo que vive en la realidad, y por qué eso nos está haciendo más daño del que creemos.
Lemine experto en neurociencia: Nuestro cerebro no distingue entre la vida real y la actuación de las redes sociales
Autor de Seguridad Emocional
Lemine lo dice con claridad: «Las redes sociales son una actuación, no es la vida real». Pero el problema, añade, es que «nuestro cerebro no entiende eso». Procesa esas imágenes cuidadosamente editadas como si fueran experiencias auténticas de inclusión o exclusión social.
No se trata de un simple ejercicio de comparación. La cuestión es mucho más profunda: el cerebro humano, diseñado para interpretar señales sociales en entornos cara a cara, no tiene un mecanismo que le permita etiquetar el contenido digital como ficticio o parcial. Cuando vemos a un amigo en un restaurante, riendo en una foto, el cerebro no puede acceder a su experiencia interna real—si estaba cansado, si la discusión fue tensa, si la foto fue la única sonrisa de la tarde. Solo interpreta la imagen externa. Y esa interpretación, casi siempre, es dañina. «Eso nos hace sentir peor con nosotros mismos».
Lo que Lemine describe no es solo una sensación. Tiene una base neurológica. La exposición constante a publicaciones que aparentan un bienestar continuo activa, de forma automática, zonas del sistema nervioso vinculadas a la exclusión social. Es una respuesta involuntaria: el cerebro libera neurotransmisores asociados al estrés cuando percibe una disparidad marcada entre el estatus propio y el ajeno.
Esta dinámica tecnológica fomenta lo que Lemine denomina una «distorsión cognitiva severa». Los mecanismos de recompensa cerebral se saturan ante estímulos visuales diseñados para captar nuestra atención de modo prolongado. El resultado es una sensación creciente de aislamiento y de insuficiencia personal. «Muchas veces, cuando vemos en redes a personas felices, sentimos que no formamos parte de ese mundo».
Uno de los puntos más inquietantes del análisis de Lemine es la disonancia entre la imagen externa y la experiencia interna. «A menudo la gente puede mantener una fachada, pero en el interior se siente insegura, y por eso es tan peligroso». Vivimos en un contexto social donde mostrarse fuerte, feliz y exitoso se ha convertido casi en una obligación. Esta presión no hace sino profundizar la desconexión con uno mismo, una de las grandes fuentes de malestar emocional actual.
Lemine insiste en que la seguridad emocional no es un rasgo interno ni una especie de fortaleza individual con la que uno nace. Es un fenómeno profundamente relacional. «Pensamos que la seguridad emocional viene de dentro, pero resulta que buena parte de esa seguridad viene de fuera y mucho más de lo que creemos». Nuestro cerebro es, ante todo, un cerebro social. La autoestima, la sensación de control o el sentido vital dejan de ser puramente individuales y pasan a estar ligados a la calidad de nuestras relaciones.
Esta distorsión digital alcanza nuevas cotas con la irrupción de la inteligencia artificial. La reciente tendencia viral del «Facial beauty report» de ChatGPT, que mide y puntúa la belleza del rostro a partir de una foto, es un ejemplo perfecto de cómo la tecnología puede convertirse en un «ecosistema de presión estética sin precedentes». Miles de usuarios comparten los resultados de estos análisis, externalizando su valor a un algoritmo.
Los expertos advierten de las graves consecuencias para la autoestima: la auto-objetivación temprana, la inseguridad corporal y una relación más frágil con la propia imagen. La IA, lejos de ser neutral, se convierte en un espejo que devuelve una imagen distorsionada, alimentando la misma dinámica de comparación y validación externa que ya nos atrapa en las redes sociales.
Recuperar la conexión real
Lemine propone una vía de escape: entender que sentirnos bien por dentro depende más de nuestras relaciones que de nuestra fuerza individual. «La experiencia interna para sentirnos seguros está muy relacionada con cómo nos sentimos conectados con los demás alrededor de nosotros».
La comparación constante en redes no solo genera envidia o frustración pasajera. Genera una desconexión profunda con uno mismo y refuerza la sensación de no pertenecer, de estar fuera. Por eso, la pregunta que nos deja Lemine no es cómo dejar de mirar la pantalla, sino cómo volver a mirarnos los unos a los otros. Cómo recuperar la capacidad de sentir que formamos parte de un mundo que no necesita ser perfecto para ser real.
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