Si la mayoría de nosotros permanecemos ignorantes de nosotros mismos, es porque el autoconocimiento es doloroso y preferimos los placeres de la ilusión. La frase es de Aldous Huxley, y duele precisamente porque la reconocemos verdadera.
Por Joan R. Miret. Editor www.elperiodicodelapsicologia.info
No es que no tengamos información suficiente sobre nosotros mismos. No es que no hayamos tenido oportunidades para mirarnos. El problema, como bien señala Huxley, es que evitamos esa mirada. Sabemos que hay algo ahí, en el fondo, que preferimos no desenterrar.
La comodidad de no saber. Pensemos en esas pequeñas mentiras que nos contamos a diario. Ese trabajo que ya no nos llena pero al que llamamos «estabilidad». Esa relación que nos desgasta pero que etiquetamos como «compromiso». Esos hábitos que nos sabotean pero que disfrazamos de «pequeños placeres».
La ilusión no es un engaño burdo. Es un mecanismo de protección. Como escribió el psicólogo Stephen C. Hayes, creador de la Terapia de Aceptación y Compromiso, las personas tendemos a evitar pensamientos, emociones o recuerdos dolorosos incluso cuando eso nos hace más daño. Porque no estamos evitando el sufrimiento en abstracto: estamos evitando lo que ciertas verdades sobre nosotros podrían obligarnos a cambiar.
Y eso da miedo. Da miedo descubrir que hemos estado equivocados. Da miedo aceptar que hemos perdido tiempo. Da miedo reconocer que hemos herido a otros o que nos hemos dejado herir.
La huida permanente. Hay una observación que repiten quienes trabajan en el ámbito de la salud mental y que resulta escalofriantemente cierta: escapamos constantemente de nosotros mismos. No podemos estar en quietud más de unos minutos sin que aparezca el móvil, la televisión, el trabajo pendiente, las series, los planes, las llamadas… El ruido mental ocupa el lugar del silencio.
Y cuando el ruido cesa, cuando de verdad nos quedamos a solas con nosotros mismos, algo en nuestro interior se revuelve. Porque el silencio no está vacío: está lleno de preguntas incómodas.
¿Por qué he reaccionado así? ¿Qué es lo que realmente siento? ¿Estoy viviendo la vida que quiero o la que se supone que debo vivir?
La cultura del escaparate, donde importa más publicar lo que haces que vivirlo, el consumo compulsivo, las relaciones de sustitución inmediata, las distracciones banales… todo forma parte de un mismo mecanismo: no parar, no sentir, no preguntarse.
El precio de la ilusión. Pero la ilusión tiene un coste. Y no es pequeño. Vivir en la ignorancia de uno mismo es como navegar con un mapa que no se corresponde con el territorio. Llegamos a puertos que no deseábamos, nos extraviamos en mares que no habíamos elegido y, lo peor, ni siquiera sabemos que estamos perdidos porque el mapa —nuestra propia narrativa sobre quiénes somos— nos dice que todo está bien.
La paradoja es que la evitación del dolor termina generando más dolor. Intentar deshacerte de tu dolor solo lo amplifica, te enreda más en él y lo transforma en algo traumático.
El valor de mirarse. Entonces, ¿qué hacer? ¿Es el autoconocimiento un camino de sufrimiento sin recompensa?
No. Pero requiere algo que no estamos acostumbrados a practicar: el coraje de la quietud.
La soledad —no la soledad impuesta, sino la elegida, la que se busca para encontrarse— es un ingrediente indispensable para el auténtico autoconocimiento. No se trata de aislarse del mundo, sino de aprender a ser buena compañía para uno mismo. De darse espacio para transitar por lo interno, para conectar con los propios temores, anhelos y debilidades.
El dolor en soledad nos confronta directamente con nosotros mismos. Y sí, duele. Pero también nos ofrece la posibilidad de reflexionar acerca de dónde venimos, quiénes somos y hacia dónde vamos.
Una elección, no una condena. Huxley, que conocía bien la complejidad de la condición humana, también dijo algo que conviene recordar: «solo hay una pequeña parte del universo que sabes con certeza que puedes mejorar, y eres tú mismo».
El autoconocimiento no es un castigo. Es, quizá, la única herramienta real que tenemos para cambiar nuestra vida. Pero para usarla hay que estar dispuesto a pagar el precio de la verdad.
La buena noticia es que ese precio, aunque alto, no es eterno. El dolor de descubrirnos no es el mismo que el dolor de permanecer perdidos. El primero es un dolor que transforma; el segundo, un dolor que paraliza.
Al final, la cuestión no es si el autoconocimiento duele o no. Duele, y mucho. La cuestión es si estamos dispuestos a atravesar ese dolor para llegar al otro lado, o si preferimos quedarnos en la orilla cómoda de la ilusión, sabiendo que esa orilla es, en realidad, una prisión.
El espejo está ahí. Mirarse o no mirarse es, al fin y al cabo, una decisión. Pero como suele ocurrir con las decisiones importantes, no mirarse también es una forma de decidir.
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