Por el equipo de redacción de El Periódico de la Psicología
Hay desastres que remueven la tierra. Y hay otros que remueven algo más profundo: la memoria, la identidad, la confianza en el suelo que uno pisa. El 24 de junio de 2026, Venezuela vivió lo segundo. Dos terremotos de magnitud 7,2 y 7,5, separados por apenas 39 segundos, sacudieron la costa central del país y convirtieron una jornada de fiesta patria en una noche de polvo, escombros y silencio. Un “doblete sísmico” que, según los testimonios de quienes lo vivieron, no tiene precedentes en la memoria viva de una nación acostumbrada a temblar.
Pero más allá de la magnitud en la escala de Richter, hay otra escala que nos interesa como psicólogos y como humanistas: la de las heridas invisibles, la del estado psicológico de un pueblo que, una vez más, ve cómo su realidad se desmorona. Porque en Venezuela, el terremoto no solo derrumbó edificios. Derribó certezas.
“Pensé que el edificio se iba a caer encima de mí” El pánico, en su estado más puro, no tiene gramática. Es un grito, un silencio, un cuerpo que se agarra a lo único que encuentra. Nicole Kolster, periodista y residente en el céntrico barrio caraqueño de Palos Grandes —una de las zonas más golpeadas—, relató a la BBC cómo vivió el momento: “Vi las ventanas moverse, y lo único que pude hacer fue ponerme entre la puerta y una pared de piedra para protegerme”. Desde su apartamento en un séptimo piso, la sensación fue la de un temblor tan violento que, confiesa, “pensé que el edificio se iba a caer encima de mí”.
Esa percepción de peligro inminente, de que el hogar —ese espacio que debería ser el más seguro— se convierte en una trampa mortal, es el primer golpe psicológico. No es solo el miedo a morir. Es el miedo a que el mundo, tal como uno lo conoce, se desintegre en segundos. Kolster permaneció “un buen rato” encajada entre la puerta y la pared, hasta que oyó a los vecinos llamar a evacuar. Una hora después del sismo, todos seguían en la calle, esperando, temiendo la réplica que nunca se sabe si llegará.
La angustia de la distancia y el eco del silencio. Pero el terremoto no solo golpeó a quienes estaban en Caracas. La diáspora venezolana, esa que se ha extendido por el mundo en los últimos años, vivió su propio infarto emocional. “Son muchos los venezolanos que viven desde España la angustia y el horror por la situación de sus familiares y allegados en su país natal”, reporta RTVE.
Herminia, una venezolana residente en Valencia (España), pasó horas de terror tratando de localizar a su marido. Cuando por fin pudo contactar con él, las palabras que le llegaron fueron un reflejo exacto del estado de ánimo colectivo: “Ya he podido contactar con mi marido, está todo el mundo muy nervioso. Es mucha la angustia, el temor y el miedo”.
La imposibilidad de comunicarse, de saber, de confirmar que el ser querido está a salvo, es una tortura psicológica de primer orden. Las líneas telefónicas y de internet cayeron. Los mensajes de WhatsApp no llegaban, las llamadas no se completaban. En un mundo hiperconectado, el silencio se convierte en el peor de los ruidos. La periodista de la BBC que intentaba localizar a su hermana en Caracas describió esa desesperación con una crudeza que no necesita adjetivos: “Los mensajes no llegaban”.
El terror de quienes ya habían temblado antes. Hay un detalle que agrava el impacto psicológico de este desastre: la memoria. Venezuela ya había sufrido un gran terremoto en 1967, de magnitud 6,6, que destruyó parte de Caracas y mató a más de 200 personas. Quienes vivieron aquel infierno saben lo que es sentir que el suelo se abre. Y este nuevo sismo, para muchos, fue peor.
María Romero, una pensionada de 80 años que reside en el sur de Caracas, lo expresó con la claridad que da la experiencia: “Este terremoto fue horrible, incluso peor que el de 1967”. Coro Martínez, de 56 años, vecina del este de la capital, añadió: “Hubo un estruendo muy fuerte. Cosas cayeron en la casa, jarras dentro del refrigerador. Nunca había experimentado algo así”.
Esa comparación con el trauma pasado es clave. No es solo el miedo al presente; es la reactivación de un miedo antiguo, la confirmación de que la vulnerabilidad es permanente. Para una generación que ya había vivido el terremoto de 1967, el de 2026 no es un susto nuevo. Es la reapertura de una herida que nunca terminó de cerrar.
Nos quedamos rezando, abrazaditas”. Pero el ser humano, ante el abismo, siempre encuentra un asidero. Carmen Guédez, una administradora jubilada de 69 años, estaba en la habitación de su hermana cuando todo empezó a vibrar. Las ventanas se sacudían, los objetos caían, la estructura del edificio parecía zarandeada por una fuerza incontrolable. Imposible evacuar. Imposible escapar.
Entonces, Carmen, su hermana —que estaba en cama— y una vecina hicieron lo único que les quedaba: “nos quedamos rezando, abrazaditas ahí. No podíamos salir”.
Ese gesto, tan humano, tan sencillo y tan poderoso, es quizás el mejor resumen del estado psicológico de los venezolanos en medio de la catástrofe. No es resignación. Es resistencia. Es la búsqueda de calor humano cuando el mundo se vuelve frío y hostil. Es la oración compartida, el abrazo que dice “no estás solo” en medio del caos.
Herminia, desde España, lo expresó con una lucidez que debería ser título de manual de psicología de emergencias: “Lo material se irá recuperando, pero quien pierde a un ser querido… Hay mucho sufrimiento”. Porque, al final, el terremoto no solo derriba paredes. Derriba vidas. Y el duelo, en un país que ya arrastra una crisis humanitaria de años, se vuelve aún más pesado.
Vivir con el miedo en el cuerpo. Horas después del sismo, la presidenta encargada, Delcy Rodríguez, confirmaba 32 muertos y más de 700 heridos. Pero las cifras, frías, no reflejan el verdadero alcance del trauma. El USGS estimaba que el número de víctimas podría llegar a 100.000. Una proyección que, de cumplirse, dejaría una huella psicológica en la sociedad venezolana durante décadas.
Miles de personas pasaron la noche en las calles, protegiéndose de posibles derrumbes. No por decisión, sino por necesidad. Porque el hogar, de repente, dejó de serlo. Porque cada ruido, cada vibración, cada pequeño movimiento se convierte en una amenaza. El psicólogo y profesor universitario José Garcés, en un contexto anterior de trauma colectivo, describió esta situación como un “trauma psicosocial”. Y es que el miedo, cuando se instala en el cuerpo, no se va con un decreto de emergencia.
Los testimonios recogidos por los medios hablan de personas que lloran en la calle, que abrazan a desconocidos, que buscan desesperadamente a sus mascotas. Otros intentan sacar sus coches de los sótanos de los edificios, temiendo que una réplica los entierre. Son pequeños actos de control en un mar de incertidumbre.
Conclusión: la psicología de un pueblo herido
¿Cuál es, entonces, el estado psicológico de los venezolanos tras el terremoto más grave de su historia? Es un estado de shock, de incredulidad, de miedo crónico. Pero también es un estado de solidaridad, de resistencia, de búsqueda de consuelo en el otro. Es la paradoja de un pueblo que, acostumbrado a la adversidad, encuentra en la catástrofe una nueva razón para aferrarse a la vida.
Como psicólogos, sabemos que el trauma no se mide solo por la magnitud del evento, sino por la capacidad de respuesta de la comunidad. Y en ese sentido, Venezuela tiene un recurso inmenso: su gente. La misma gente que, en medio del terremoto, se abrazó y rezó. La misma gente que, desde la distancia, no cesó de llamar, de preguntar, de esperar.
El desafío, ahora, no es sólo reconstruir los edificios. Es reconstruir la confianza. Es volver a enseñar que el suelo, aunque tiemble, puede volver a ser firme. Es recordar que el miedo es una reacción natural, pero que la esperanza, bien acompañada, también lo es.
Porque, como bien dijo Herminia, lo material se recupera. Pero el alma, para sanar, necesita tiempo, abrazos y, sobre todo, la certeza de que no está sola. El alma
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