Por Maria Miret Donato. Editora
Cuando evocamos la infancia, tendemos a imaginarla como una etapa rebosante de juegos, descubrimientos y destellos de felicidad. Sin embargo, no todas las personas la rememoran con la misma luz. Para muchas, aquellos años también estuvieron teñidos de miedo, inseguridad, soledad o carencia afectiva. Y aunque el tiempo pase y nos hagamos adultos, algunas de esas vivencias pueden prolongar su eco en nosotros de manera silenciosa y persistente.
Con frecuencia se cree que solo las vivencias extremadamente dolorosas —el maltrato físico o el abuso explícito— dejan cicatrices emocionales. Pero existen heridas mucho más sutiles que, por su carácter cotidiano y reiterado, pueden calar con la misma intensidad en el alma. Crecer sintiéndose poco escuchado, carecer de muestras de afecto, respirar un ambiente de constantes disputas, soportar críticas continuas o percibir que las propias emociones carecen de importancia son experiencias que pueden condicionar profundamente el desarrollo emocional de un niño. Incluso los padres que aman con sinceridad a sus hijos pueden, sin ser plenamente conscientes, transmitirles inseguridades o lastres emocionales arrastrados de su propia historia.
La infancia es ese cimiento sobre el que edificamos nuestra personalidad. En esos años primeros aprendemos quiénes somos, qué lugar ocupamos en el mundo y qué podemos esperar de los demás. Es entonces cuando empezamos a tejer nuestra autoestima y a ensayar nuestros primeros modos de vincularnos.
Los niños necesitan sentirse amados, protegidos y aceptados. Cuando estas necesidades afectivas no se cubren de forma adecuada, pueden arraigar creencias negativas sobre uno mismo que perviven décadas. Frases internas como «no soy suficiente», «no merezco ser querido», «debo ser perfecto para que me acepten» o «no puedo confiar en nadie» terminan convertidas en pensamientos automáticos que tiñen y condicionan la vida adulta.
Muchas personas llegan a la madurez sin saber del todo que ciertas dificultades presentes —la baja autoestima, el miedo al abandono, la ansiedad, la necesidad incesante de aprobación, la incapacidad para establecer vínculos sanos o la autoexigencia desmedida— pueden tener su raíz en esas experiencias tempranas. No es extraño que alguien se pregunte durante años por qué le cuesta tanto confiar, por qué siente un pavor irracional al rechazo o por qué necesita complacer a todos constantemente. A menudo, detrás de esos comportamientos se esconden estrategias que, en su momento, le ayudaron a sobrevivir a un entorno hostil o emocionalmente inseguro.
Desde una perspectiva humanista, importa comprender que todos hacemos lo que podemos con las herramientas emocionales que tenemos en cada momento. El niño desarrolla mecanismos para protegerse y adaptarse. El problema sobreviene cuando esas estrategias, antaño funcionales, se perpetúan en la vida adulta y se convierten en fuente de sufrimiento.
Ahora bien, comprender nuestras heridas no significa anclarnos en el pasado ni buscar culpables. Se trata, más bien, de contemplar nuestra historia con compasión y discernimiento. Reconocer aquello que nos dolió nos permite descifrar muchas de nuestras reacciones actuales y empezar a tratarnos desde un lugar más benévolo.
Afortunadamente, las vivencias tempranas no dictan nuestro destino de manera irrevocable. El ser humano goza de una enorme capacidad de crecimiento, cambio y reinvención. A través del autoconocimiento, de vínculos afectivos seguros y, cuando se precisa, del acompañamiento psicológico, es posible cicatrizar muchas de estas heridas.
Sanar no implica olvidar ni tachar el pasado. Sanar es integrar la historia, aceptar lo que no pudimos transformar y otorgarnos la libertad de construir nuevas experiencias. Es comprender que aquello que nos sucedió no define plenamente quiénes somos ni, sobre todo, quiénes podemos llegar a ser.
Quizá uno de los actos más valientes de nuestra vida sea mirar con ternura a esa niña o ese niño que fuimos. Reconocer que hizo todo lo posible con los recursos de entonces, y recordarle —y recordarnos— que, aunque el pasado haya dejado surcos, siempre estamos a tiempo de seguir creciendo, de rehacernos y de escribir capítulos inéditos en nuestra propia historia. Porque la infancia nos conforma, pero no nos condena.
EL PERIÓDICO DE LA PSICOLOGÍA www.elperiodicodelapsicologia.info medio de comunicación especializado y Humanista ISSN 2696-0850 Teléfono +34 675763503 info2elperiodicodelapsicologia.info