Redacción www.elperiodicodelapsicologia.info
Llegar a todo ya no es una virtud; es una condena silenciosa. En un mundo hiperconectado donde el éxito se mide en métricas individuales y metas de facturación, un nuevo perfil abarrota las consultas de psicología: profesionales jóvenes, técnicamente brillantes, pero completamente rotos por dentro. No sufren el clásico estrés por exceso de trabajo, sino algo mucho más profundo y corrosivo: la ansiedad por objetivos. Una insatisfacción crónica nacida de la necesidad de cumplir con expectativas que, en el fondo, saben que son inalcanzables.
Este fenómeno va más allá del ámbito laboral; ha colonizado la vida privada. La cultura del rendimiento nos ha convencido de que cada hora del día debe ser productiva. Hay que ser el empleado del mes, pero también el padre perfecto, mantener un cuerpo de gimnasio y cultivar aficiones que luzcan bien en redes sociales. Cuando la realidad choca contra este ideal inalcanzable, aparece la culpa. El individuo no se siente cansado; se siente defectuoso.
Desde una mirada humanista, esta crisis pone de manifiesto cómo hemos despojado al trabajo y a la vida de su sentido vital para convertirlos en una pura hoja de cálculo. Cuando una persona se reduce a sus resultados, su autoestima se vuelve tan volátil como el mercado bursátil. El bienestar ya no depende de quién eres o de cómo haces las cosas, sino del número que dejas registrado al final de la jornada.
Ante el aumento histórico de las bajas por salud mental y el fenómeno del burnout, el sector corporativo ha empezado a reaccionar, aunque no siempre por los motivos correctos. Muchas empresas han pasado años ofreciendo soluciones cosméticas: fruta en la oficina, sesiones de mindfulness de veinte minutos o aplicaciones de meditación corporativas. Parches superficiales que trasladan la responsabilidad del bienestar de vuelta al trabajador, como si el problema fuera su falta de resiliencia y no un sistema estructuralmente enfermo.
Sin embargo, el verdadero cambio empieza a asomar en las organizaciones que entienden la salud mental como un eje estratégico y no como una campaña de marketing. Flexibilizar los horarios reales, redefinir el concepto de éxito dentro de los equipos, aprender a penalizar la cultura de la hiper disponibilidad y, sobre todo, humanizar los liderazgos son los únicos pasos efectivos. Escuchar al empleado no significa pasarle una encuesta de clima laboral automatizada una vez al año, sino generar espacios seguros donde levantar la mano y decir «no llego» no suponga el fin de una carrera profesional.
La ansiedad por objetivos no se cura enseñando a la gente a organizarse mejor el tiempo. Se alivia devolviendo a las personas el derecho a ser imperfectas, a contemplar el vacío sin sentirse culpables y a recordar que la valía humana nunca debería depender del cumplimiento de un indicador de rendimiento.
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