El monstruo proyectado: Lo que nuestro miedo ancestral a los tiburones revela sobre la mente humana

Por Joan Ramón Miret. www.elperiodicodelapsicologia.info

Hoy, 14 de julio, se conmemora en todo el mundo el Día Internacional de la Conciencia por los Tiburones. En las agendas medioambientales, esta fecha está reservada para desarmar mitos ecológicos, alertar sobre la pesca indiscriminada y recordar el papel crucial que estos depredadores desempeñan en el equilibrio y la salud de nuestros océanos. Sin embargo, si desplazamos la mirada desde el ecosistema marino hacia el ecosistema de nuestra propia mente, este día nos ofrece una oportunidad excepcional para hacernos una pregunta neuropsicológica profunda: ¿Por qué una criatura con la que la inmensa mayoría de la población jamás interactuará en su vida real ocupa un lugar tan desproporcionadamente aterrador en nuestra psicología colectiva?

El miedo a los tiburones, conocido clínicamente como selacofobia o galeofobia, es uno de los casos más fascinantes de distorsión cognitiva masiva. No estamos ante un temor biológico estrictamente racional basado en estadísticas reales; estamos ante un fenómeno de proyección donde el ser humano ha utilizado la figura del escualo como el contenedor perfecto para depositar sus miedos ancestrales a lo desconocido, a la falta de control y a la vulnerabilidad de nuestra propia carne.

La herida de Spielberg: Cómo el cine hackeó nuestra amígdala. Para entender la selacofobia contemporánea, es imprescindible hacer arqueología cultural y mediática. En el año 1975, el estreno de la película Tiburón de Steven Spielberg cambió para siempre nuestra relación con el mar. Hasta ese momento, el océano se comprendía como un espacio de aventura o descanso; a partir de entonces, para millones de personas, meter los pies en el agua se transformó en un acto de tensión defensiva. El cine logró activar de manera artificial un resorte primitivo en nuestra amígdala cerebral: el miedo a ser devorados en un entorno donde no podemos correr, donde no vemos lo que hay debajo y donde nuestros sentidos humanos quedan completamente anulados.

La psicología de los medios explica que el cerebro humano procesa las narrativas dramáticas de alto impacto visual y sonoro (como la icónica e implacable banda sonora de la película) de una forma tan profunda que las almacena en los mismos cajones de memoria que las amenazas reales. Cada vez que los informativos de televisión magnifican un incidente aislado en una playa remota, la mente recurre al sesgo de disponibilidad: una regla mental inconsciente que nos hace creer que si un recuerdo es fácil de evocar o es muy impactante, el peligro real en nuestro entorno es altísimo.

La realidad, sin embargo, destruye la ficción: la probabilidad de sufrir el ataque de un tiburón es de una entre varios millones. Morimos con mucha más frecuencia por la caída de un rayo, por un accidente doméstico o por la picadura de una abeja. Sin embargo, nadie sufre un ataque de pánico antes de acercarse a un panal de miel. El tiburón no es temido por lo que hace, sino por lo que representa en nuestra imaginación.

El mar como inconsciente: El miedo a perder el control. Desde una perspectiva netamente humanista y psicoanalítica, el océano ha sido siempre el símbolo arquetípico del inconsciente: un territorio vasto, oscuro, profundo y ajeno a las leyes de la lógica y el control humano. Al sumergirnos en el agua, nos despojamos de nuestra posición de dominio. Ya no somos la especie tecnológica que controla el entorno mediante botones y pantallas; volvemos a ser criaturas vulnerables expuestas a las fuerzas de la naturaleza.

El tiburón encarna el recordatorio definitivo de esa falta de control. Representa la fuerza ciega de la naturaleza que no atiende a razones, que no negocia y que opera bajo una lógica completamente ajena a la moral humana. Odiamos y tememos al tiburón porque nos recuerda que no somos los dueños absolutos del planeta. Proyectamos en su silueta hidrodinámica nuestro terror al vacío, a la oscuridad abisal y a la fragilidad de nuestra propia existencia material. Al etiquetarlo como el «monstruo despiadado» de los mares, justificamos de manera inconsciente nuestra necesidad de destruirlo para calmar nuestra propia ansiedad existencial.

El valor humanista de cambiar la mirada

Sanar nuestra relación con el entorno y con nuestra propia mente exige un esfuerzo ético y consciente para desmontar estas narrativas del miedo. El Día de la Conciencia por los Tiburones no es solo una invitación a proteger una especie en peligro de extinción debido a la sobrepesca; es un ejercicio de madurez psicológica y humanista. Consiste en transitar desde la selacofobia irracional hacia el respeto consciente; desde el mito del devorador de hombres hacia la comprensión de un animal fundamental para la resiliencia de la vida en la Tierra.

Cuando un paciente en consulta aprende a identificar que sus peores monstruos no habitan en el mundo exterior, sino que son proyecciones de sus propios traumas y miedos internos no resueltos, experimenta una profunda liberación. Lo mismo ocurre cuando miramos al océano de frente: al despojar al tiburón de la máscara monstruosa que nuestra cultura le ha impuesto, dejamos de ser esclavos de un pánico infantil. Aprendemos a respetar el misterio de la naturaleza sin necesidad de colonizarla o destruyera para sentirnos seguros. Al final del día, reconciliarnos con la presencia del tiburón en los mares es el primer paso para aprender a reconciliarnos con las profundidades de nuestra propia mente.

EL PERIÓDICO DE LA PSICOLOGÍA www.elperiodicodelapsicologia.info ISSN 2696-0850 medio de comunicación especializado y Humanista ISSN 2696-0850 Telefono +34 675763503 info@elperiodicodelapsicologia.info

Deja un comentario