Hace unos días, la Sociedad Española de Psiquiatría y Salud Mental (SEPSM) lanzaba una cifra de esas que congelan el café de la mañana: en España ya hay unos seis millones de personas conviviendo con la depresión. Eso es algo más del 8% de nuestra población. Traducido al día a día, significa que en tu bloque de vecinos hay alguien que hoy no ha podido levantarse, que en tu oficina alguien sonríe por compromiso mientras se rompe por dentro, o que en tu propia cena familiar el silencio de uno de los tuyos tiene un peso insoportable.
Por: Redacción www.elperiodicodelapsicologia.info
Cuando los periodistas nos enfrentamos a los números, corremos el peligro de anestesiarnos. El «8%» suena a balance de cuentas, a gráfica macroeconómica, a informe ministerial. Pero la depresión no se mide en porcentajes; se mide en mañanas que pesan como el plomo, en la culpa devastadora de no estar bien cuando «se tiene todo para ser feliz», y en esa terrible desconexión con el mundo que hace que incluso el cariño de los demás se sienta lejano, como si se mirara a través de un cristal sucio.
El tabú que se muda de sitio. Mucho se habla de que la salud mental ya no es el secreto a voces que era antes. Salimos a la palestra, publicamos hilos en redes sociales y llenamos las librerías con manuales de autoayuda. Sin embargo, los psicólogos y psiquiatras que pisan el barro de la consulta diaria saben que esto es una verdad a medias. Hemos aprendido a decir «tengo ansiedad» o «estoy estresado» porque el sistema tolera y hasta romantiza la hiperproductividad y el ritmo frenético.
Pero con la depresión la historia cambia. Confesar que la tristeza te ha vaciado por completo, pedir una baja laboral porque la mente no responde o admitir que no encuentras motivos para seguir adelante sigue provocando un silencio incómodo a nuestro alrededor. Aún impera esa condescendencia bienintencionada pero cruel del «venga, anímate, pon de tu parte». Como si la depresión fuera un problema de fuerza de voluntad y no una alteración profunda de la química, la historia vital y el contexto de una persona.
Hacia una mirada humanista: rescatar al individuo. Reducir la salud mental a una receta rápida o a un diagnóstico de manual es el gran error de nuestra época. La psiquiatría y la psicología más humanas nos recuerdan que no hay «depresiones», sino personas deprimidas. Cada una con su biografía, sus duelos no resueltos, su precariedad laboral o su soledad no elegida.
Los datos de la SEPSM no deberían servir para alarmarnos o pedir más fármacos sin ton ni son en las salas de espera de atención primaria —que ya están colapsadas—. Deberían ser un recordatorio urgente de que nuestro estilo de vida y nuestra red de cuidados están fallando. Necesitamos una sociedad que aprenda a escuchar sin prisa, que valide el dolor ajeno en lugar de esquivarlo, y un sistema sanitario que trate el sufrimiento psíquico con el mismo presupuesto y dignidad con el que se trata un hueso roto.
Seis millones de personas son demasiadas almas sintiéndose solas en la oscuridad. Quizás el primer paso para cambiar la estadística no esté en los despachos de los ministerios, sino en mirar con un poco más de atención y ternura a quien tenemos al lado.
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