La terapia asistida con perros se ha consolidado como un recurso transformador y profundamente humano para abordar el sufrimiento emocional en niños y adolescentes

El puente de cuatro patas: cómo los perros están reescribiendo la terapia infantojuvenil

Por Maria Miret Donato

La terapia asistida con perros se ha consolidado como un recurso transformador y profundamente humano para abordar el sufrimiento emocional en niños y adolescentes. En un escenario donde el aislamiento, la ansiedad y los trastornos de la conducta alimentaria desafían las herramientas clínicas tradicionales, estos coterapeutas logran derribar barreras que a veces las palabras no alcanzan a tocar. Centros referentes como el Hospital Clínic de Barcelona o el Hospital Universitario Vall d’Hebron ya integran de forma oficial estos programas dentro de sus unidades de psiquiatría infantil, evidenciando que el afecto regulado y la ciencia caminan de la mano.

El valor de una mirada sin juicios. El núcleo de la psicología humanista radica en la aceptación incondicional, un principio que los perros de terapia encarnan de forma innata. Para un adolescente sumergido en las dinámicas de la baja autoestima o un niño con dificultades de comunicación social, el entorno clínico puede resultar intimidante. El perro no evalúa las notas escolares, no juzga el aspecto físico ni espera respuestas correctas; simplemente habita el presente. [1, 2]

Esta presencia activa transforma el espacio terapéutico:

Derriba el muro de desconfianza inicial: La figura del psicólogo se percibe como más accesible y cercana gracias a la presencia del animal. [1]

Reduce el cortisol y la ansiedad: El contacto físico regulado —acariciar el pelaje, acompasar la respiración— disminuye de forma inmediata la respuesta fisiológica al estrés.

Estimula la atención emocional: Facilita que los jóvenes perciban, identifiquen y expresen lo que sienten al proyectar sus estados de ánimo en el comportamiento del perro.

Impacto clínico y neurobiológico. Más allá del evidente bienestar inmediato, la evidencia científica demuestra cambios estructurales en el proceso terapéutico. Estudios desarrollados por la Cátedra Fundación Affinity «Animales y Salud» reflejan mejoras significativas en la autorregulación emocional, el autocontrol y el desarrollo de la empatía en menores en situación de vulnerabilidad o con trastornos del neurodesarrollo. Al interactuar con el animal a través de juegos guiados o tareas de cuidado básico, el menor pasa de un rol pasivo de «paciente» a un rol activo de «cuidador», lo que reestructura positivamente su autoconcepto y autonomía.

Un catalizador para volver a conectar. En las sesiones de salud mental, el perro actúa como un catalizador social. Es un puente seguro que permite practicar habilidades de comunicación y límites sin el miedo al rechazo. Al final, estas intervenciones no sustituyen la psicoterapia convencional, sino que abren la puerta de entrada. Consiguen que ir a terapia deje de ser un peso y se convierta, para muchos niños y jóvenes, en un espacio de reencuentro consigo mismos a través de los ojos de su compañero de cuatro patas.

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