El psicólogo Bernardo Stamateas advierte que la búsqueda obsesiva de la perfección nos aleja de nosotros mismos y nos sumerge en una espiral de insatisfacción crónica
Por Joan Ramón Miret Editor de El Periódico de la Psicología – www.elperiodicodelapsicologia.info
Hay personas que viven como si la vida fuera un examen permanente. Personas que se despiertan cada mañana con la sensación de que tienen que demostrar algo, a alguien, aunque no sepan bien a quién. Personas que miden cada paso, que sopesan cada palabra, que examinan cada gesto como si su existencia dependiera de obtener la nota más alta en una asignatura que nunca termina.
Esa forma de estar en el mundo tiene un nombre: hiperexigencia. Y según el psicólogo y escritor Bernardo Stamateas, es una de las vías más rápidas y seguras hacia la infelicidad, la ansiedad y la destrucción de nuestra autoestima. No es una exageración. Es una constatación clínica que cada día confirman miles de consultas en todo el mundo.
El verdugo que llevamos dentro. Lo paradójico de la hiperexigencia es que parece venir de fuera pero siempre habita dentro. No son los jefes, los padres, los profesores o la pareja quienes nos exigen más de lo que podemos dar. Somos nosotros mismos. Nos hemos convertido en nuestros propios verdugos, en jueces implacables que dictan sentencia cada vez que cometemos un error, cada vez que no llegamos a la meta, cada vez que somos, simplemente, humanos.
Stamateas lo explica con una claridad que duele porque es verdad: la hiperexigencia nace de una profunda inseguridad. De ese miedo ancestral a no ser suficiente, a no estar a la altura, a que los demás descubran que, en el fondo, no somos tan brillantes, tan fuertes, tan perfectos como aparentamos. Para protegernos de ese miedo, construimos una coraza de exigencias que nos agota y nos vacía, pero que nos da una falsa sensación de control.
El problema, señala el psicólogo, es que la perfección no existe. Es un espejismo que perseguimos sin descanso, como aquel que busca agua en el desierto y solo encuentra arena. Cuanto más nos acercamos a esa meta imposible, más lejos estamos de nosotros mismos. Porque la persona que exige, que juzga, que castiga, no es la misma que siente, que desea, que vive. Es una versión amputada, una sombra que ha sacrificado su esencia en el altar del rendimiento.
El arte de fracasar. Hay una idea que Stamateas repite en sus conferencias y que debería grabarse en la memoria de quienes sufren esta tiranía interna: aprender a tolerar la frustración. No es una frase bonita para poner en un cartel. Es una habilidad que se entrena, que se practica, que se incorpora a nuestra forma de estar en el mundo como quien aprende a montar en bicicleta.
Tolerar la frustración significa permitirse no ser perfecto. Significa equivocarse y no derrumbarse. Significa aceptar que hay días en los que no rendimos al cien por cien y que eso no nos convierte en fracasados. Significa comprender que la vida no es un podio donde solo caben los primeros, sino un camino que se recorre a paso humano, con altibajos, con caídas, con reencuentros.
Quien no tolera la frustración vive en un estado de alerta permanente. Cada pequeño error se convierte en una catástrofe. Cada imperfección, en una herida. Cada comentario ajeno, en una sentencia. Y así, sin darse cuenta, va construyendo una prisión de exigencias de la que no sabe cómo salir. Una prisión que, paradójicamente, ha construido con sus propias manos para sentirse seguro, pero que solo le ha proporcionado soledad y agotamiento.
Dejar de evaluarse para empezar a vivirse. Una de las claves que propone Stamateas para salir de esta trampa es tan sencilla como revolucionaria: dejar de evaluarse y compararse constantemente. Porque la hiperexigencia es, en el fondo, una obsesión evaluadora. Medimos cada acción, cada resultado, cada minuto de nuestro tiempo, como si la vida fuera un expediente académico que hay que mantener impecable.
Pero la vida no es un expediente. La vida es un susurro, una caricia, una conversación a las tantas de la madrugada, un paseo sin rumbo, un error que se convierte en aprendizaje, un abrazo que no necesita palabras. La vida es todo aquello que escapa a los sistemas de medición. Y cuando la hiperexigencia nos atrapa, dejamos de vivirla. Nos limitamos a gestionarla, a controlarla, a optimizarla. Y en ese proceso de optimización, perdemos lo más valioso: la capacidad de asombrarnos, de improvisar, de dejarnos llevar.
No se trata de abandonar la excelencia, matiza Stamateas. Se trata de entender que la excelencia no es lo mismo que la perfección. La excelencia es hacer lo mejor que podemos en cada momento, con los recursos que tenemos, sin castigarnos por no llegar a donde no podemos. La perfección, en cambio, es una quimera, un espejismo que nos roba la paz y nos aleja de los demás.
El coraje de ser uno mismo. Quizá lo más difícil de todo no sea bajar el listón de las exigencias, sino atreverse a ser uno mismo. Porque la hiperexigencia, en su versión más profunda, es una forma de ocultarnos. De mostrarnos como creemos que los demás quieren vernos, en lugar de mostrarnos como realmente somos.
Cuando alguien dice «no puedo permitirme fallar», en realidad está diciendo «no puedo permitirme que los demás vean que soy humano». Cuando alguien dice «tengo que ser el mejor», en realidad está diciendo «tengo miedo de que si no soy el mejor, nadie me querrá». Cuando alguien dice «no soporto mis errores», en realidad está diciendo «no soporto la idea de que no soy tan perfecto como aparento».
Y esa es la gran paradoja: el hiperexigente se exige tanto precisamente porque no se acepta. Pero cuanto más se exige, menos se acepta. Y cuanto menos se acepta, más se exige. Un círculo vicioso que solo se rompe cuando alguien, desde la valentía y la ternura, se mira al espejo y se dice: «Basta. Ya está bien. Soy suficiente tal como soy».
Un camino de vuelta. No hay soluciones mágicas para la hiperexigencia. No hay una píldora que nos libere de esa voz interior que nos juzga sin descanso. Pero hay pasos, pequeños pasos, que podemos dar cada día para empezar a reconciliarnos con nosotros mismos.
El primero, quizá el más importante, es tomar conciencia. Darse cuenta de que esa voz no es la verdad, es solo una voz. Una voz que aprendimos en algún momento de nuestra vida, que tal vez nos ayudó a sobrevivir, pero que hoy nos limita y nos duele. Reconocer que no estamos obligados a escucharla, que podemos elegir responderle con compasión en lugar de con sumisión.
El segundo es permitirse pequeños fracasos. Dejar el informe sin terminar un día. Llegar tarde a una cita. Decir «no sé» en una reunión. Mostrar una duda, una inseguridad, un temblor. Hacerlo a propósito, como un ejercicio de libertad, para comprobar que el mundo no se derrumba, que los demás no nos rechazan, que seguimos siendo valiosos aunque no seamos perfectos.
El tercero, y quizá el más hermoso, es volver a conectar con el deseo. Porque la hiperexigencia nos ha robado la capacidad de desear. Hemos sustituido el deseo por la obligación, el placer por el deber, la curiosidad por la eficiencia. Recuperar el deseo es recuperar la vida. Es hacer cosas porque nos apetecen, no porque debemos. Es elegir caminos que nos emocionen, no que nos aseguren. Es recordar que, antes de ser profesionales, padres, parejas o hijos, somos personas. Personas con sueños, con miedos, con ganas, con todo eso que la hiperexigencia ha arrinconado para que no estorbe.
Al final, la invitación de Stamateas es tan simple como profunda: dejar de ser jueces para empezar a ser compañeros de viaje de nosotros mismos. Porque la vida no es un examen. Es un regalo. Y los regalos no se examinan: se disfrutan, se agradecen, se comparten. Quizá sea hora de empezar a hacerlo. Quizá sea hora de dejar de ser demasiado para empezar a ser, simplemente, nosotros.
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