A menudo se habla de los avances de la medicina, las nuevas tecnologías y los tratamientos cada vez más precisos. Todo esto es imprescindible. Pero existe un elemento que puede marcar profundamente la experiencia de un paciente: la empatía.
Hace poco, un familiar muy cercano tuvo que afrontar un proceso médico que ya era bastante difícil por sí mismo. Como ocurre con muchas personas que conviven con una discapacidad o con una limitación temporal, llegaba a la consulta con preocupaciones, miedos y muchas preguntas. Lo que esperaba era sencillo: sentirse escuchado, respetado y acompañado.
Pero la realidad fue muy diferente.
Se encontró frente a un profesional de la salud que parecía haber olvidado que, antes que pacientes, trataba con personas. Las respuestas eran secas, las explicaciones soberbias y la sensación era que cualquier duda era una molestia. No existía espacio para una mirada tranquilizadora, una palabra amable o un gesto de comprensión. Todo se limitaba a cumplir el trámite con una frialdad que hacía aún más pesada una situación ya delicada.
Esa visita no sólo no aportó serenidad, sino que incrementó la angustia de mi familiar. Salió de la consulta con más incertidumbres que antes de entrar, con la sensación de haber sido juzgado más que atendido.
La carencia de empatía no es simplemente una cuestión de mala educación. Puede deteriorar la confianza en el sistema sanitario, aumentar la ansiedad, dificultar la adherencia a los tratamientos
Ésta es una consecuencia de la que se habla poco. La carencia de empatía no es simplemente una cuestión de mala educación. Puede deteriorar la confianza en el sistema sanitario, aumentar la ansiedad, dificultar el agarre a los tratamientos y hacer que muchas personas eviten pedir ayuda cuando realmente la necesitan.
Para las personas con discapacidad, esta realidad puede ser aún más dura. Con demasiada frecuencia ya deben afrontar barreras arquitectónicas, administrativas y sociales. Si, además, deben superar también la barrera de un trato deshumanizado, la experiencia sanitaria se convierte en una carrera de obstáculos que nadie debería vivir.
Es evidente que los profesionales de la salud trabajan bajo enorme presión asistencial. Las listas de espera, la falta de recursos y la sobrecarga laboral son problemas reales a abordar. Pero estas dificultades no pueden justificar la pérdida de lo que da sentido a una profesión basada en cuidar a personas.
Quizás ha llegado el momento de recordar que la salud no sólo se construye con diagnósticos y medicamentos. También se construye con palabras, con actitudes y con respeto
La vocación no consiste en tener siempre una sonrisa perfecta ni en disponer de tiempo ilimitado. La vocación se manifiesta en pequeños detalles: mirar a los ojos, escuchar sin interrumpir, contar con claridad, validar las emociones del paciente y recordar que detrás de cada historia clínica hay una persona con una vida, una familia y unos miedos.
La empatía tampoco es un complemento opcional. Es una herramienta terapéutica. Varios estudios han mostrado que una buena comunicación entre profesional y paciente mejora la confianza, favorece el seguimiento de los tratamientos y contribuye a una mejor experiencia asistencial . En definitiva, forma parte también de la calidad sanitaria.
No podemos normalizar que alguien salga de una consulta sintiéndose más pequeño, más inseguro o más solo de lo que había entrado. Los conocimientos técnicos son indispensables, pero no pueden sustituir a la humanidad. Un gran profesional no es sólo quien domina su especialidad, sino también quien sabe tratar con dignidad a la persona que tiene delante.
Quizás ha llegado el momento de recordar que la salud no sólo se construye con diagnósticos y medicamentos. También se construye con palabras, con actitudes y respeto. Porque hay heridas que no se ven en ninguna prueba médica, pero que pueden dejar una impronta profunda cuando quien debía cuidar también olvida cuidar emocionalmente.
Adrià Olivella De Tarragona. Casado y padre de 2 hijos. He participado durante años en un grupo de jóvenes como monitor voluntario con personas con capacidades diversas y en residencias con discapacidades físicas y psíquicas. Convivir con la discapacidad para entender esa realidad.
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