Tengo 55 años y recuerdo con nitidez la voz de mi padre diciéndome “a la esquina”, y las
mil, dos mil sentadillas que venían después como castigo. Recuerdo también el silencio
que acompañaba ese instante: uno que en mi casa —como en tantas otras de mi época—
nunca se cuestionaba, porque así, sencillamente, se educaba.
Hoy, cuando acompaño a personas en consulta, veo esa misma escena repetirse bajo otras voces y otros nombres, siempre con la misma pregunta de fondo: ¿por qué me hicieron esto quienes debían cuidarme?
Por Janine Libreros
La salud mental contemporánea nos ha dado un vocabulario valioso para nombrar el dolor: hablamos ya con soltura de abandono, rechazo, humillación, traición, injusticia.
Ese lenguaje ha abierto una puerta para que millones de personas dejen de sentirse“defectuosas” y empiecen a comprender el origen de sus vínculos actuales. Pero ese mismo umbral, cruzado sin matices, puede convertirse en un pasillo directo hacia la condena: si existe una marca emocional, alguien la provocó, y ese alguien suele ser la madre o el padre.
Quiero detenerme justamente ahí, en ese punto neurálgico que, desde mi trayectoria clínica y personal, considero que la psicología y la psiquiatría deberían mirar con mayor profundidad.
El contexto que la condena suele omitir.
Cuando evaluamos la crianza recibida con los criterios de conciencia y conocimiento que manejamos hoy, es casi inevitable hallar fallas. Pero ese ejercicio arrastra una distorsión de origen: valoramos una etapa histórica con las herramientas de otra.
Quienes nos criaron —al menos en mi generación— no contaban con la información sobre desarrollo emocional infantil que hoy circula en cualquier buscador. Existía, además, un entorno colectivo donde la autoridad se ejercía sobre todo a través del miedo y el castigo, y esa jerarquía definía tanto la educación dentro del hogar como en la escuela. Cuando observamos esas prácticas con la mirada de otro tiempo social, sin reconocer la distancia entre ambos, se produce lo que yo llamaría una dislocación: sacamos un comportamiento de su lugar y de su época, y lo evaluamos como si hubiera ocurrido ahora.
Esto no busca eximir de responsabilidad. Ella existe y debe nombrarse. Pero hay una diferencia profunda entre señalar una responsabilidad y construir, sobre la figura de quien nos crio, una identidad entera hecha de daño.
Lo que la teoría del apego puede aportarnos aquí.
La psicología cuenta con un marco sólido para pensar esto: la teoría del apego, formulada por John Bowlby, que explica cómo la infancia construye representaciones internas —lo que él llamó modelos internos de trabajo— a partir de la disponibilidad emocional de sus cuidadores, y cómo esas representaciones influyen después en la manera de vincularnos siendo adultos. Bowlby no describió a las figuras parentales
como culpables, sino patrones de disponibilidad y respuesta que, dentro de un contexto
determinado, moldearon el vínculo. Esa distinción —entre la persona y el patrón— es, para mí, el corazón de este artículo.
Cuando sanar produce una marca nueva.
En más de veinte años acompañando procesos de transformación, he observado algo que rara vez se nombra: cuando alguien entra en contacto con la responsabilidad de sus progenitores desde su nivel actual de conciencia y madurez emocional —muy distinto al que tenía siendo niño—, con frecuencia no cierra la experiencia original, sino que abre una nueva. El rol de quien lo crio se desfigura, y lo que buscaba ser un proceso de liberación termina reproduciendo el mismo dolor bajo otro nombre.
Por eso, en el trabajo que hacemos sobre el Código MÍA, no hablamos únicamente de heridas causadas por otros, sino de patrones heredados, aprendidos y generados.
Nombrarlo como patrón, y no solo como daño infligido, abre una vía distinta: permite transformar sin necesidad de culpar.
La analogía del inconsciente.
Me gusta pensar el inconsciente como una cámara oscura de revelado fotográfico: la imagen existe en el negativo desde el primer instante, pero solo se hace visible cuando la luz, el tiempo y los químicos son los adecuados. Si se expone prematuramente, se quema y se pierde. El inconsciente procede de forma similar con ciertas verdades familiares: las resguarda, no para engañarnos, sino para revelarlas cuando contamos con la estructura interna necesaria para sostenerlas sin desmoronarnos. Ver a quienes nos criaron como seres humanos que también cargaron silencios que jamás conoceremos —y que probablemente aún se gestan en las nuevas generaciones— forma parte de esa revelación cuando llega a tiempo.
Una llamada a quienes acompañamos. Esta es un llamada a psicólogos, psiquiatras, terapeutas y mentores: profundicemos el diálogo en consulta.
Hoy las personas llegan expuestas a interpretaciones que circulan libremente en redes y contenidos virales, muchas veces simplificadas al extremo, capaces de desviar un proceso de salud mental hacia la condena fácil en lugar de la comprensión real. Nuestra responsabilidad profesional es sostener ese matiz: honrar el dolor sin sobrepasarlo, y a la vez, dejar de colocar a nuestros progenitores en el lugar de
únicos responsables de todo aquello que aún no hemos resuelto en nosotros mismos.
Janine Libreros Terapeuta transpersonal y creadora del Método MÍA — Método Integrativo de Autoconocimiento — desarrollado a lo largo de más de 20 años en la educación y el acompañamiento a personas. Integra neurociencia, bioneuroemoción, constelaciones familiares, psicopedagogía y herramientas de conciencia para identificar y transformar patrones heredados, aprendidos y repetidos.
EL PERIÓDICO DE LA PSICOLOGÍA www.elperiodicodelapsicologia.info medio de comunicación especializado y Humanista ISSN 2696-0850 Telefono +34 625958660 info@elperiodicodelapsicologia.info