La fatiga de ser localizable cuando el trabajo se cuela en la cena

El derecho a la desconexión ya es ley en Europa, pero la verdadera batalla no está en los juzgados, sino en el silencio de nuestra propia cabeza al caer la noche.


www.elperiodicodelapsicologia.info

Hace unas semanas, Marta (nombre ficticio, pero historia real como la vida misma) llegó a mi consulta con un gesto que ya conozco demasiado bien. No era tristeza, no era angustia. Era una especie de vigilia permanente. Marta me contó que su día no terminaba cuando apagaba el ordenador. Su día terminaba cuando se quedaba dormida, y a veces ni siquiera entonces. Mientras cenaba con su pareja, el móvil vibraba en la mesa como un recordatorio molesto de que el mundo seguía girando sin su permiso. «No tengo que contestar», me decía, «pero si no miro, pienso en ello. Y si pienso en ello, ya no estoy cenando. Estoy trabajando sin cobrar».

Marta no está sola. Es la cara visible de una epidemia silenciosa que ha llegado para quedarse, y que ni siquiera la recién estrenada Directiva Europea 2025/89 va a resolver por sí sola. Porque una cosa es que el boletín oficial te conceda el derecho a desconectar, y otra muy distinta es que tu cerebro sepa cómo hacerlo.

Los últimos datos de Eurostat son tozudos: el 43% de los teletrabajadores en España y el sur de Europa confiesan sentir un agotamiento emocional severo directamente vinculado a la hiperconectividad. Pero, ojo, que esto no es cansancio. El cansancio se quita con una siesta. Esto es otra cosa. Esto es la sensación de que tu hogar ha dejado de ser un refugio para convertirse en una extensión de la oficina, y tu salón, en una sala de juntas donde el sofá huele a estrés.

Desde que la pandemia nos metió el trabajo en casa a la fuerza, algo se rompió en nuestra percepción del espacio y del tiempo. Antes, el trayecto en coche o en metro era un ritual de transición. Unos minutos muertos, sin producción, donde el cerebro se preparaba para la vuelta al nido. Ese «limbo» desapareció. Ahora, el último correo se envía a las 20:30 y, tres segundos después, estamos sirviendo la sopa. El cerebro no da abasto. No hay interruptor. No hay «modo avión» interno.

Y aquí viene lo humano, lo que no arregla ninguna ley. He visto a directivos de empresas tecnológicas, que presumen de flexibilidad laboral, confesarme en privado que se sienten más atrapados que nunca. Porque la flexibilidad, mal entendida, se convierte en una jaula de oro: «Puedes trabajar desde donde quieras, pero estamos a un WhatsApp de distancia las 24 horas». Esa disponibilidad perpetua genera lo que los colegas anglosajones llaman «telepressure»: la presión de tener que responder rápido para demostrar que eres un buen profesional, aunque sea domingo por la tarde y estés viendo una película con tus hijos.

Pero no todo es negro. En mi oficio, he aprendido que las soluciones profundas siempre pasan por recuperar lo que somos antes de ser empleados. La semana pasada, en un taller de empresas, propuse un ejercicio que al principio les pareció ridículo a los participantes: «Cuando termines tu jornada, apaga el ordenador, mete el móvil en un cajón y durante diez minutos no hagas absolutamente nada. Ni mirar el techo, ni planificar la cena. Solo respira y escucha el silencio de tu casa». Al principio se rieron. A los tres días, uno de ellos me escribió (curiosamente, a las 22:00) para decirme que esos diez minutos le habían resultado más reparadores que la hora de gimnasio.

Esa es la clave. La desconexión digital no es un acto tecnológico; es un acto de rebelión personal. Es decirle al mundo, y a ti mismo, que tu valor no se mide en correos respondidos ni en proyectos cerrados. La Directiva Europea es un paraguas estupendo, pero no sirve de nada si nosotros mismos abrimos la puerta a la lluvia.

Marta, la paciente del principio, ha empezado a aplicar una norma sencilla: el móvil se queda en la cocina mientras cena. Al principio le daba ansiedad; ahora dice que la sopa le sabe mejor. Porque al final, la seguridad mental no viene dada por tener el control de todo, sino por tener el coraje de soltar lo que no es urgente y reclamar lo que sí importa: el presente, el calor de los nuestros y el derecho a no ser localizables para ser, simplemente, personas.

La batalla contra el burnout digital no se gana en Bruselas. Se gana en la mesa de cada casa, cuando decidimos que el trabajo es una herramienta para vivir, y no la vida entera.



Álvaro Mendoza
Psicólogo especializado en bienestar laboral y terapia sistémica. Colaborador de El Periódico de la Psicología.

EL PERIÓDICO DE LA PSICOLOGIA www.elperiodicodelapsicologia.info medio de comunicación especializado y Humanista ISSN 2696-0850 Telefono +34 625958660 joan@elperiodicodelapsicologia.info

Deja un comentario