El pueblo al que siempre volvemos por qué algunos lugares también nos cuidan

Hay lugares a los que no vamos simplemente de vacaciones.

Por María Miret Donato. Terapeuta y co-editora www.elperiodicodelapsicologia.info

Hay lugares a los que volvemos.

Volvemos después de meses de trabajo, de prisas, de horarios, de obligaciones y de días que parecen pasar demasiado rápido. Y, curiosamente, cuando llegamos, algo dentro de nosotros parece cambiar. Respiramos de otra manera. Caminamos más despacio. Miramos más. Escuchamos más.

Puede ser un pequeño pueblo, una casa familiar, una plaza donde hemos pasado muchas tardes o una carretera que conocemos de memoria. Para otras personas será una playa, una montaña o cualquier rincón que tenga un significado especial.

Lo importante no es tanto dónde está ese lugar.

Lo importante es lo que significa para nosotros.

Cuando un lugar se convierte en refugio

Desde la Psicología sabemos que nuestros recuerdos no están separados de los lugares donde los vivimos. Los espacios pueden quedar asociados a personas, emociones, experiencias y etapas de nuestra vida.

Por eso una determinada calle puede hacernos recordar nuestra infancia. Una plaza puede llevarnos inmediatamente a una conversación que tuvimos hace años. El olor de una casa puede devolvernos a un momento que creíamos olvidado.

No es casualidad.

Nuestro cerebro construye asociaciones entre aquello que vivimos y el contexto en el que lo vivimos. Con el tiempo, ese lugar puede convertirse en una especie de ancla emocional.

Y entonces ocurre algo muy especial: regresamos al pueblo y no solo regresamos a un espacio físico.

Regresamos también a una parte de nuestra historia.

El valor de bajar el ritmo

Durante el año vivimos muchas veces pendientes del reloj.

Tenemos que llegar a tiempo, responder mensajes, trabajar, hacer compras, cumplir responsabilidades, atender a otras personas y resolver problemas.

En vacaciones, especialmente cuando volvemos a un entorno tranquilo, podemos recuperar algo que parece sencillo pero que necesitamos mucho: el tiempo sin obligación.

Levantarnos sin despertador.

Tomar un café tranquilamente.

Pasear sin tener que llegar a ningún sitio.

Hablar durante horas.

Sentarnos en una terraza.

Escuchar a los pájaros.

Mirar cómo cae la tarde.

Son pequeñas cosas, pero nuestro bienestar también se construye con ellas.

No siempre necesitamos grandes experiencias para descansar. A veces necesitamos simplemente dejar de sentir que tenemos que hacer algo constantemente.

Volver también es recordar

Quizá uno de los motivos por los que determinados pueblos nos hacen sentir tan bien es porque están llenos de recuerdos.

Y los recuerdos no son solamente imágenes.

También son olores, sonidos, sabores, personas y sensaciones.

El sonido de las campanas.

El olor de una comida preparada en casa.

Una canción que sonaba durante aquellos veranos.

Una tienda que sigue estando en el mismo lugar.

Una conversación repetida cada año.

Una silla en la que alguien se sentaba.

Todo eso forma parte de nuestra memoria emocional.

Por eso podemos pasar años sin volver a un lugar y, cuando regresamos, sentir algo parecido a: «Aquí fui feliz.»

O incluso: «Aquí puedo volver a ser yo.»

La sensación de pertenecer

Los seres humanos necesitamos sentir que pertenecemos a algún lugar.

No necesariamente a una gran ciudad ni a una casa concreta. A veces basta con tener un rincón en el mundo donde sentimos que somos reconocidos.

Un lugar donde alguien sabe quién somos.

Donde nos preguntan cómo estamos.

Donde conocemos las calles.

Donde sabemos dónde comprar el pan.

Donde los días tienen otro ritmo.

Esa familiaridad puede generar una sensación de seguridad y continuidad. En un mundo que cambia constantemente, tener algo que permanece puede resultar profundamente reconfortante.

Quizá por eso muchas personas dicen: «Yo necesito ir a mi pueblo.»

No necesariamente porque necesiten unas vacaciones.

Sino porque necesitan volver a un lugar que sienten suyo.

El pueblo también puede ser una pausa emocional

Hay algo más.

Cuando nos alejamos de nuestro entorno habitual, también podemos tomar distancia psicológica de nuestros problemas.

No significa que desaparezcan.

Pero podemos mirarlos desde otro lugar.

A veces una preocupación que parecía enorme durante el lunes laboral parece un poco más manejable cuando estamos sentados al aire libre un domingo por la tarde.

La distancia no soluciona todo, pero puede ayudarnos a ordenar pensamientos y emociones.

Por eso las vacaciones pueden tener una función más profunda que simplemente descansar físicamente.

Pueden ayudarnos a recuperar perspectiva.

Y no todos los pueblos significan lo mismo

Para algunas personas, volver al pueblo está relacionado con recuerdos felices.

Para otras, puede despertar nostalgia, tristeza o incluso recuerdos difíciles.

Y esto también es importante.

No todos los lugares son refugios para todas las personas.

Un mismo pueblo puede significar felicidad para alguien y dolor para otra persona. Porque el significado psicológico de un lugar no está en sus calles, sino en la historia que cada uno ha vivido allí.

Por eso no deberíamos comparar nuestra forma de disfrutar las vacaciones con la de los demás.

No necesitamos viajar lejos.

No necesitamos hacer cientos de fotografías.

No necesitamos llenar cada día de actividades.

A veces descansar significa volver a un lugar donde podemos permitirnos simplemente estar.

Quizá por eso siempre volvemos

Hay pueblos que cambian.

Cierran tiendas. Desaparecen personas. Se reforman casas. Cambian las calles.

Y, sin embargo, cuando volvemos, sentimos algo conocido.

Porque quizá lo que buscamos no está exactamente en el pueblo.

Está en cómo nos sentimos cuando estamos allí.

Buscamos tranquilidad.

Buscamos recuerdos.

Buscamos personas.

Buscamos pertenencia.

Buscamos una versión de nosotros mismos que durante el año queda escondida debajo de las responsabilidades.

Y quizá ese sea uno de los regalos más importantes que puede darnos un lugar:

recordarnos que no somos únicamente nuestro trabajo, nuestras preocupaciones, nuestras obligaciones o nuestros problemas.

También somos las tardes tranquilas.

Las conversaciones sin prisa.

Las risas.

Los recuerdos.

Las personas que nos hicieron sentir en casa.

Y esos lugares que, aunque pasen los años, siguen guardando una parte de nosotros.

Porque quizá volver al pueblo no sea volver atrás.

Quizá sea volver a nosotros mismos.

Y tal vez por eso, cuando llega el verano y alguien dice «¿Cuándo nos vamos al pueblo?», no está preguntando solamente cuándo empiezan las vacaciones.

Está preguntando cuándo podemos volver a sentirnos un poco más libres.

Un poco más tranquilos.

Un poco más nosotros.

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