Más allá del sabor, ¿qué ocurre en nuestra mente cuando comemos chocolate?
Por María Miret Donato. Co – editora www.elperiodicodelapsicologia.info
Hay alimentos que asociamos a momentos concretos de nuestra vida. Una taza de chocolate caliente en un día frío, una onza después de comer, un trozo compartido con alguien que queremos o ese pequeño capricho al que recurrimos después de un día difícil.
El chocolate no es solamente un alimento. Para muchas personas también está relacionado con recuerdos, emociones, placer y momentos de bienestar.
Pero ¿qué ocurre realmente en nuestro cerebro cuando comemos chocolate?
El placer también está en el cerebro. Cuando disfrutamos de un alimento que nos gusta, nuestro cerebro activa diferentes mecanismos relacionados con el sistema de recompensa. Este sistema participa en la motivación, el aprendizaje y la sensación de placer.
El chocolate contiene sustancias como el cacao, además de azúcares y grasas que pueden resultar especialmente agradables para nuestro organismo. Su consumo puede contribuir a generar una experiencia placentera y a reforzar la asociación entre ese alimento y determinadas sensaciones positivas.
Por eso, después de un día complicado, algunas personas sienten que comer algo dulce les proporciona un pequeño momento de alivio.
Pero hay algo importante: sentirse bien después de comer chocolate no significa que el chocolate sea un tratamiento para la tristeza, la ansiedad o la depresión.
¿Por qué buscamos chocolate cuando estamos estresados? Aquí entra en juego algo muy humano: nuestra relación emocional con la comida.
Cuando estamos cansados, preocupados o sometidos a estrés, podemos buscar alimentos que nos proporcionen una recompensa inmediata. Los alimentos dulces y muy palatables pueden resultar especialmente atractivos en esos momentos.
Además, existe otro componente: la memoria emocional.. Si desde pequeños hemos asociado el chocolate con celebraciones, premios, cumpleaños, cariño o momentos familiares, es posible que esas experiencias hayan creado asociaciones emocionales que permanecen con nosotros.
A veces no buscamos únicamente el sabor.
Buscamos la sensación que ese sabor nos recuerda.
Placer no es lo mismo que hambre emocional. Disfrutar de un trozo de chocolate no significa necesariamente que exista un problema.
El conflicto aparece cuando utilizamos sistemáticamente la comida como única manera de gestionar nuestras emociones.
No es lo mismo pensar:
«Me apetece chocolate y voy a disfrutarlo.»
que sentir:
«Estoy mal y necesito comer para dejar de sentirme así.»
La primera situación forma parte de una relación normal con la comida. La segunda puede ser una señal de que estamos intentando regular emociones difíciles mediante la alimentación.
La diferencia no está únicamente en qué comemos, sino también en por qué lo hacemos y cómo nos sentimos antes y después.
¿El chocolate nos hace más felices? La respuesta es más compleja de lo que parece.
El chocolate puede proporcionar placer y formar parte de experiencias agradables, pero no podemos afirmar que comer chocolate por sí solo nos haga más felices de manera duradera.
Nuestro estado de ánimo depende de muchos factores: el descanso, las relaciones sociales, la actividad física, el estrés, nuestras circunstancias personales y nuestra salud mental, entre otros.
Por eso, convertir el chocolate en una especie de «antidepresivo natural» sería una simplificación.
Puede producir un momento agradable.
Pero un momento agradable no es lo mismo que solucionar aquello que nos hace sufrir.
El chocolate también puede formar parte del autocuidado. Cuidarnos no significa vivir intentando eliminar todos los placeres.
A veces pensamos que llevar una vida saludable consiste únicamente en controlar, restringir y decirnos que no podemos comer aquello que nos gusta.
Sin embargo, una relación saludable con la alimentación también puede incluir el disfrute.
Comer una pequeña cantidad de chocolate conscientemente, saboreándolo y sin culpa, puede formar parte de una alimentación equilibrada.
La clave está en encontrar un equilibrio y evitar que la comida se convierta en nuestra única herramienta para gestionar nuestras emociones.
Y quizá ahí está la verdadera enseñanza. El chocolate nos recuerda algo interesante sobre la relación entre cuerpo y mente: lo que comemos no está separado de lo que sentimos.
Comemos por hambre, pero también por placer, por costumbre, por recuerdos, por compañía y, en ocasiones, para intentar aliviar emociones.
Por eso, quizá la pregunta no debería ser solamente:
«¿Por qué me gusta tanto el chocolate?»
Sino también:
«¿Qué estoy buscando cuando necesito comerlo?»
A veces la respuesta será simplemente: «porque me gusta».
Y está bien.
Otras veces quizá descubramos que detrás de ese deseo hay cansancio, estrés, tristeza o necesidad de consuelo.
Y entonces el chocolate puede seguir siendo chocolate, pero nosotros podemos empezar a buscar también aquello que realmente necesitamos.
Porque disfrutar también es parte del bienestar. Y entender nuestras emociones, también.
EL PERIÓDICO DE LA PSICOLOGIA www.elperiodicodelapsicologia.info medio de comunicación especializado ISSN 2696-0850