Por Redacción Barcelona www.elperiodicodelapsicologia.info
Hay algo que está ocurriendo en las consultas de psicología que quizá no aparece en los grandes titulares, pero que muchos profesionales empiezan a notar sesión tras sesión. El paciente se sienta, cruza las piernas, y en algún momento de la conversación menciona, casi de pasada, que antes de venir estuvo hablando con una inteligencia artificial. Que le contó lo que le pasaba. Que le respondió. Que, de algún modo, le ayudó.
No es un caso aislado. Según los datos que maneja la Asociación Estadounidense de Psicología (APA) en su encuesta de 2026, el 77% de los psicólogos y psicólogas afirma que sus pacientes han sacado el tema de la inteligencia artificial en terapia. Y lo que es más revelador: alrededor de un tercio de los pacientes la utilizan como una suerte de «profesional adicional» al que consultan entre sesión y sesión. Un 39% la ha usado, en algún momento, para intentar poner nombre a lo que le ocurre. Para autodiagnosticarse.
Lo que la gente encuentra en una pantalla. Conviene detenerse aquí, porque no todo es sombrío. La misma encuesta recoge que muchas personas encuentran en estos sistemas algo que, en su vida cotidiana, escasea: un espacio donde ser escuchadas sin prisa. Un 68% de los usuarios encuestados dijo sentirse apoyado o validado por la respuesta recibida. Un 41% reconoció haber utilizado el chatbot para reforzar estrategias de afrontamiento que ya venía trabajando en terapia. A las tres de la mañana, cuando la angustia aprieta y no hay nadie al otro lado del teléfono, una pantalla que responde —aunque sea con palabras prefabricadas— puede aliviar momentáneamente la soledad.
Ese alivio, sin embargo, tiene un precio que los clínicos empiezan a identificar con preocupación.
La dependencia que no se ve. El dato que más inquieta a los profesionales no es el del uso, sino el de la dependencia. Un 36% de los psicólogos encuestados ha observado que sus pacientes desarrollan un vínculo de dependencia con el chatbot. Y un 15% ha detectado algo más delicado: distorsiones del pensamiento, ideas de tinte delirante que parecen construirse en ese diálogo cerrado entre la persona y la máquina.
No es difícil imaginar cómo ocurre. Un sistema que responde siempre, que no se cansa, que no juzga, que jamás dice «hoy no puedo atenderte», puede convertirse en una presencia peligrosamente cómoda. Y cuando esa presencia empieza a sustituir —y no a complementar— el vínculo humano, el problema deja de ser tecnológico y se vuelve clínico.
La APA ha sido tajante en este punto: la inteligencia artificial no debe considerarse un sustituto seguro ni eficaz de un profesional de la salud mental cualificado. Y los números respaldan esa cautela. El 94% de los psicólogos consultados considera que estas herramientas no pueden abordar los problemas de salud mental con la finura, el matiz y la responsabilidad ética que exige la clínica real.
Un acompañante, nunca un sustituto. Hay una imagen que se repite en los congresos y que resulta útil para pensar este momento: la de la inteligencia artificial como «copiloto clínico». Un copiloto no decide el rumbo. No asume la responsabilidad del vuelo. No conoce al pasajero. Ayuda, sugiere, alivia carga. Pero el piloto —y aquí el piloto es el profesional formado, supervisado, humano— sigue siendo quien sostiene el timón.
Esa metáfora, repetida por expertos en foros de habla hispana, encierra una advertencia que conviene no perder de vista: ninguna herramienta debe convertirse en quien toma las decisiones sobre la vida psíquica de una persona.
Las recomendaciones que empiezan a consolidarse van en esa dirección. Incorporar el uso de IA a la evaluación clínica rutinaria, preguntar abiertamente al paciente qué consulta, qué le responde la máquina, cómo se siente después. Verificar cualquier información generada por IA con un profesional. Y, sobre todo, poner límites: que el uso no interfiera con el sueño, con el trabajo, con los vínculos reales.
Una pregunta de fondo
Detrás de todo esto late una pregunta que va más allá de la técnica. ¿Por qué tantas personas buscan en una máquina lo que no encuentran en su entorno? ¿Por qué una respuesta automática puede sentirse, a ciertas horas, más cálida que el silencio de quienes nos rodean?
La inteligencia artificial no ha inventado la soledad. La ha encontrado ya ahí, esperando. Y quizá el verdadero desafío para la psicología de este tiempo no sea tanto regular el uso de estas herramientas, sino recuperar algo de lo humano que se estaba perdiendo antes de que ellas llegaran.
Porque una pantalla puede acompañar. Pero solo un otro real —con su cansancio, sus límites, su presencia imperfecta— puede sostener de verdad a alguien que sufre.
Si usted utiliza inteligencia artificial para cuestiones relacionadas con su salud mental, comente a su psicólogo o psicóloga. Y recuerde: ninguna herramienta digital sustituye la valoración de un profesional.
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