Reconciliar a la próxima generación con el medio ambiente

La grieta en el cielo: reconciliar a la próxima generación con el medio ambiente

Por Joan R Miret, editor El Periódico de la Psicología · Columna


He visto un silencio en la consulta. No era resistencia, no era defensa, era algo más antiguo: un chico de catorce años me dijo que no entendía por qué debería importarle «el futuro», porque «el futuro parece un muro». En ese momento comprendí que lo que enfrentamos no es una falta de información, sino una fractura de orden ontológico.

La psicología ha pasado cien años enseñando a las personas a reconciliarse con sus emociones, con el trauma, con la familia de origen. Pero rara vez nos preguntamos: ¿cómo se reconcilia una persona con la Tierra que sostiene todo eso? Si la frontera del «yo» nunca terminó en la piel, entonces el mapa de la psicología siempre ha tenido una pieza fundamental ausente.

El «entre» olvidado. Buber decía que toda vida verdadera es encuentro. Pero ¿en qué ha convertido la educación moderna el encuentro? Un niño aprende la palabra «bosque» frente a una pantalla, anota la definición de «fotosíntesis» en un examen, elige la opción correcta sobre «protección del medio ambiente» en una prueba estandarizada. Aprende todo sobre la naturaleza, pero no aprende a estar con ella.

Esto no es un fracaso del conocimiento, es una bancarrota de la relación.

La investigación en psicología ambiental lleva décadas señalando que la calidad de la interacción entre la persona y su entorno moldea profundamente los procesos psicológicos —cognición, emoción, identidad—. Pero seguimos tratando el «medio ambiente» como un asunto externo, un problema que hay que «resolver», y no como un entre en el que siempre estamos inmersos. El muro del que hablaba aquel chico es precisamente el producto de esa ruptura de la inter-subjetividad: cuando la persona deja de ser parte de la naturaleza, el futuro se convierte en un punto abstracto del tiempo, no en un lugar que se puede habitar y sentir.

La gratitud como epistemología. En los debates sobre educación humanista y Antropoceno, algunos autores han propuesto una idea que parece ingenua pero es profunda: la gratitud no es solo una virtud moral, es una forma de conocimiento.

Si de verdad sientes gratitud hacia un bosque, no puedes tratarlo al mismo tiempo como un recurso. La gratitud implica reconocer la dependencia: admitir que tu existencia depende de cosas que no produces, no controlas y no puedes medir en moneda alguna. La luz del sol, el agua, los microorganismos del suelo, ese veintiuno por ciento de oxígeno en el aire. La gratitud vuelve a la persona vulnerable, y la vulnerabilidad es justamente la puerta de entrada a la reconexión.

Aquí la psicología puede aportar una perspectiva única. Conocemos demasiado bien la importancia de la «sensación de control» para la salud mental, hasta el punto de olvidar que la humildad hacia la Tierra, el sentimiento de dependencia respecto a la red de la vida, también son formas de salud. La diferencia es que lo primero apunta a la eficacia individual, lo segundo apunta a la sabiduría de la simbiosis.

El yo salvaje, no el yo domesticado. Existe un concepto llamado el «yo salvaje» (Wild Self) —no lo salvaje en sentido de barbarie, sino la fuerza vital que no ha sido excesivamente domesticada. Los proyectos educativos que fomentan una conexión profunda con la naturaleza descubren que, cuando a una persona se le permite sentir, detenerse y escuchar en un entorno natural, algo se afloja. Es algo pre-lingüístico, más antiguo que la cognición, más profundo que la emoción.

La psicología no es ajena a esto. El mindfulness, el trabajo corporal, las terapias vivenciales intentan recuperar la conexión de la persona con sus propias sensaciones. Pero podemos ir más lejos: extender el «sentirse a uno mismo» hacia «sentirse a uno mismo en conexión con sistemas vitales más amplios». No es una metáfora, es la tesis central de la psicología ecológica: la mente no es un asunto privado del cerebro, sino un fenómeno emergente distribuido entre el cuerpo, las relaciones y el entorno.

Educar a la próxima generación para reconciliarse con el medio ambiente significa permitirles experimentar que proteger un árbol no es solo un «acto ecológico», sino el cuidado de una parte de sí mismos; que reducir el plástico no es solo «hacer lo correcto», sino reparar una conexión que fue cercenada.

La esperanza como práctica. Quizá la pregunta más difícil sea: en un contexto de ansiedad climática creciente, ¿cómo educamos a la próxima generación en la «esperanza»? Los expertos de la UNESCO, al debatir la educación ecológica, señalan un punto clave: la ansiedad necesita ser escuchada, no reprimida. Dar a los estudiantes un espacio seguro donde expresarse, donde la impotencia pueda ser nombrada, es en sí mismo una intervención.

Pero la esperanza no debería ser un consuelo falso. La esperanza resiliente es otra cosa: reconoce la pérdida, alberga el duelo y, aun así, elige actuar. Esta esperanza no es una predicción optimista del desenlace, sino una lealtad al proceso. Los educadores necesitan transmitir dos cosas a la vez: que la Tierra está efectivamente atravesando algo, y que efectivamente todavía podemos hacer algo.

Quizá sea este el regalo más honesto que la psicología puede ofrecer: no huir de la desesperación, pero tampoco dejarse definir por ella.

Aquel chico volvió varias veces más. No hablamos del cambio climático, ni de datos. Hablamos de la planta medio muerta que tenía en el alféizar de su ventana, de por qué se olvidaba de regarla. Y un día dijo: «Creo que esa cosa se parece a mí».

Fue la frase más cercana a la reconciliación que he escuchado.

La tarea de la educación, quizá, sea hacer posible momentos así: que la próxima generación deje de tratar la Tierra como un problema y empiece a vivirla como una relación; que deje de tratar el «medio ambiente» como un mundo externo y empiece a vivirlo como una extensión de sí misma que aún no ha nombrado.

Esto no es romanticismo, es la sabiduría más antigua de la psicología: la curación ocurre en la relación. Y la relación más fundamental de la persona siempre ha sido con esta tierra que lo sostiene todo.


El Periódico de la Psicología se fundó en Barcelona (2010) y es conocido por su profunda mirada sobre la psicología y su sensibilidad hacia el medio ambiente. Este artículo refleja únicamente la posición del columnista.

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