La vergüenza que no se ve pero se escucha

Cuando el juicio ajeno se convierte en la voz que nos habla

Hay sufrimientos que no aparecen en las clasificaciones diagnósticas pero que atraviesan la consulta con una frecuencia silenciosa. Uno de ellos es la vergüenza. No hablamos de ese rubor momentáneo tras un tropiezo, sino de esa sensación más profunda de sentirse defectuoso ante los ojos de los demás, de anticipar el desprecio ajeno y, con el tiempo, de habitar el mundo desde la inferioridad.

Un trabajo reciente publicado en el British Journal of Clinical Psychology ha puesto el foco en cómo esta vergüenza externa se entrelaza con la experiencia de quienes escuchan voces. Los investigadores entrevistaron a 58 personas que convivían con alucinaciones auditivas angustiantes y encontraron algo que merece detenerse a pensar: aquellas que más temían la evaluación negativa de los demás también tendían a sentirse más pequeñas, más vulnerables, frente a sus propias voces.

Lo llamativo es que esta relación se mantenía incluso cuando los investigadores descontaban el peso de la ansiedad, del estado de ánimo bajo o de los años que la persona llevaba escuchando voces. No era, por tanto, un simple efecto colateral del malestar general. Había algo propio de la vergüenza que parecía moldear la relación de poder entre quien escucha y lo que escucha.

La hipótesis que barajan los autores tiene raíces evolutivas y relacionales. Cuando una persona se siente devaluada por su entorno, tiende a adoptar estrategias de sumisión: agachar la mirada, ceder, no confrontar. Es una forma aprendida de sobrevivir en contextos donde expresarse tiene un costo. Lo que este estudio sugiere es que ese mismo patrón podría trasladarse a la relación con las voces. Si el mundo me ha enseñado que soy inferior, la voz que me habla desde dentro ocupa, casi sin resistencia, el lugar del que manda.

Para la práctica clínica, esto abre una puerta que a menudo queda entreabierta. Durante años, buena parte del trabajo con personas que escuchan voces se ha centrado en el contenido de esas voces, en su frecuencia, en su tono. Sin negar la utilidad de ese abordaje, este hallazgo invita a mirar también hacia afuera: hacia la historia de humillación, hacia el miedo al juicio, hacia esa vergüenza que la persona carga como una segunda piel. Trabajar la relación de subordinación, el derecho a ocupar un lugar propio, puede ser tanto o más transformador que discutir con la voz.

Como señalan los propios autores, el tamaño de la muestra pide prudencia. No estamos ante una verdad cerrada, sino ante una hipótesis que merece seguir explorándose. Pero incluso con esa cautela, el mensaje resuena con fuerza: a veces el sufrimiento que escuchamos por dentro no nace dentro, sino que se aprende en la mirada de los otros.

EL PERIÓDICO DE LA PSICOLOGIA www.elperiodicodelapsicologia.info medio de comunicación especializado ISSN 2696-0850 Barcelona

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