Por Sandra Corominas. Periodista y aventurera de la vida
Cuento 6. Libro de 21 cuentos de Pinzellades del Món.
♡ Me estaba haciendo mayor y veía la vida de otra manera. Entendía que el sistema social era odioso y que tenía que cuidar mi luz, porque muchos seres oscuros empezaban a alimentarse de ella.
Me iba muy mal en el colegio. Tenía que repetir sexto grado. Me habían echado de dos colegios y debía empezar en otro. ¡Ya era el tercero!
Había reunido a muchas personas para contarles que la educación era muy tóxica y que debíamos hacer la revolución. Leía demasiado y, a veces, sentía que la cabeza me iba a explotar. Muchas personas querían conocerme y mi ser interior me hablaba por las noches. Me decía: «¡Calma, huracán!».
Él guiaba mis días, pero yo, terca, solo quería hacer la revolución.
Comencé a reunir a muchas personas. Además, estaban los chicos que querían ser mis novios, así que mi casa parecía un club de amigos. ¡A veces había hasta cola! Yo me dedicaba a buscarles novios a mis amigas. ¡Me llamaban la casamentera!
A mí no me gustaba ningún chico, excepto Alejo y Andrés. Pero Andrés estaba muy ocupado con algunas travesuras bastante graves que hacía y, finalmente, lo dejé. Alejo también estaba ocupado con sus flores y su bici.
Cada día odiaba más estar allí encerrada. Había estudiado primaria y bachillerato en el Liceo Francés, y tercero y cuarto en el Hispanoamericano. ¡Un tercer colegio era demasiado para mí!
Yo, por mí, ¡me iba a bañar al río!
Me aburría muchísimo. Repetían conceptos a diario, como si los jóvenes tuviéramos que repetir para aprender. ¡Lo que necesitábamos era pensar para aprender!
Yo seguía pensando que los mejores profesores eran los perros, porque la sabiduría humana es inferior a la animal. ¡Quienes mejor me habían enseñado eran los animales! Ellos conocían el entorno y respetaban la vida.
Con mis 17 años, pensaba que la educación debía ser un espacio de crecimiento, no solo académico, sino también personal. Para contrarrestar los efectos de aquella pedagogía tóxica, era fundamental adoptar estrategias que fomentarán un aprendizaje dinámico y participativo.
Me parecía muy importante entender que no todos los estudiantes aprendían de la misma manera ni al mismo ritmo.
Era esencial que los docentes fueran flexibles en su enfoque y emplearan diferentes metodologías según las necesidades del alumnado. Eso implicaba observar, escuchar y adaptar, en lugar de imponer.
Yo odiaba la imposición. Mi crianza había sido libre, basada en el amor. ¡Sin gritos!
La mejor manera de captar mi atención era relacionar los contenidos con algo que me apasionara.
Me encantaba estudiar con mi tío Jordi, el hijo mayor de mi yaya. Jordi era una persona muy callada y observadora. Tenía una inteligencia superior y le encantaban los animales. Por ejemplo, utilizaba problemas matemáticos relacionados con ellos y, para mí, aquello resultaba muy motivador.
Cuando era muy pequeña, quería pintar en las paredes de toda mi casa. Él me llevaba detrás de un armario viejo y pintábamos con tiza. Me decía que aquel armario era un pasadizo secreto para entrar en otra dimensión y que debíamos estudiar para estar preparadas para atravesarlo.
Él personalizaba mi aprendizaje. No solo incrementaba mi interés, sino que también mejoraba mi capacidad para retener los conocimientos.
¡Jordi era mi tío favorito!
Y, efectivamente, había comenzado en un colegio nuevo, Alejandría, donde el modelo educativo buscaba que los estudiantes desarrollaran su independencia respetando sus propios tiempos y capacidades.
El sistema educativo integraba tecnología, desarrollo emocional y pensamiento crítico para formar alumnos preparados para el futuro.
Fomentaba el trabajo en equipo, la resolución de problemas y el aprendizaje basado en la comprensión, en lugar de la memorización.
¡¡¡Era mi lugar perfecto!!!
Después de pelearme con el sistema y participar en varias asambleas con alumnos inconformes como yo, sin conseguir ningún resultado, había acabado harta. ¡Solo había peleas y chantajes!
¡Por fin había llegado a mi lugar!
Allí no teníamos clases convencionales ni aulas como las de siempre. Disponíamos de contenidos para estudiar, tutores personalizados y asesoramiento.
¡Yo amaba estudiar y allí iba a sentirme bien!
Una ciudad llena de peligros y un encuentro bajo la lluvia
El primer día fui en autobús, sola. Fue emocionante.
En Cali había mucha inseguridad, tensión en las calles y peligro. Se respiraban inquietud y paranoia. Se veían narco toyotas polarizadas, con casi un escuadrón de personajes que llevaban sombreros, como en el condado. Parecía una película de vaqueros, de esas del Oeste estadounidense en las que los pueblos se dividían por condados y siempre se hablaba del mejor tirador o del sheriff del lugar.
Los narcos iban en grupos grandes y eran muy violentos, ordinarios y ruidosos. Iban acompañados de sus escoltas y sus novias. Si mirabas a alguna de ellas, podían matarte. A veces bastaba cualquier tontería insignificante. Oías un crack y ya estaban preparando la pistola para atacar.
Era la cultura del plástico, porque muchas mujeres llevaban prótesis de silicona y se habían operado distintas partes del cuerpo. Aquello, en los años siguientes, traumatizó a muchas mujeres y niñas, que sentían una necesidad urgente de operarse el pecho, las caderas y cualquier otra parte del cuerpo que no se ajustara al estereotipo de mujer sexy y exuberante.
Mujeres esclavas de su cuerpo y de su narco.
A todo aquello se sumaban la violencia juvenil y la desesperación por conseguir comida y sobrevivir. Muchas personas vivían al día, con la calle como oficina y, tal vez, como único futuro.
Era la ley de la desesperanza. La idea de que no había oportunidades, de que uno no había nacido para nada, empujaba a muchas personas a convertirse en narcos o sicarios. Entre ellas había niños que nacían en aquel entorno y nunca habían conocido otra realidad.
La ley del mínimo esfuerzo con una recompensa alta y fácil parecía imponerse.
En los años noventa, Cali era un escenario de guerra entre los cárteles del narcotráfico, enfrentados entre sí y con el de Medellín. Se utilizaban exportaciones simuladas y empresas de fachada aparentemente legales. La cocaína viajaba escondida en tablones de madera hueca, vegetales frescos, baldosas cerámicas y cargamentos de carbón o café.
El ambiente era aterrador.
En las calles se vivía un escenario de miedo. Empecé a sobrevivir día a día. Cada jornada era un reto para mí. No sabía si llegaría a casa o si me ocurriría algo por el camino. Había bombas que podían estallar cada día en centros comerciales, periódicos y otros lugares que amenazaban los negocios del narcotráfico.
Mi clan familiar no estaba nada contento con que yo anduviera sola por las calles. Además, parecía gringa.
Por fortuna o por desgracia, el universo me había dado aquel físico tan anacrónico. Mi disfraz no coincidía con mi origen ni con mi edad. Parecía más niña de lo que realmente era.
Aquella mañana llovía muchísimo. Apenas podía caminar y, de repente, mientras llovía a cántaros, me encontré con Alejo.
Alejo era el tío de Irene. Siempre me había gustado porque, además de cultivar flores, era muy dulce. Siempre iba en bicicleta y me llevaba con él, sentada en el manillar.
¡Nos encantaba besarnos bajo la lluvia!
Me cantaba canciones de amor y yo me derretía. Era bastante mayor que yo. Tenía unos ojos muy curiosos y hermosos, una mirada muy profunda y un pelo precioso, desordenado y delirante.
No podía llegar tarde, así que nos despedimos con un beso. Y yo, todavía saboreando aquel momento, me fui al colegio.
Un nuevo colegio, un grupo de teatro y muchas amistades
En la entrada del colegio me esperaba Connie, la directora. Como no había clases, escogí estudiar en el patio, justo al lado de un árbol de granadillas, con sus frutos de un rojo parecido al de la fresa ácida.
Yo era bastante sociable, pero estaba acostumbrada a que fueran los demás quienes iniciaran las conversaciones conmigo.
No había recreo y, cuando pensé que ya me había comido todas las frutas del árbol, decidí ir a la biblioteca.
Estaba allí cuando llegó Armando, el director del colegio y esposo de Connie, para anunciarme que yo estaría encargada del grupo de teatro. ¡También podría enseñarles a hacer títeres!
El silencio de la biblioteca se rompió con mi grito de felicidad.
La señorita de la biblioteca nos mandó callar con un «¡chsss!». Yo estaba furiosa porque pensaba que, si estábamos hablando de arte, no podían callarnos la boca.
De repente, vi unos ojos muy negros que me miraban y unos rizos preciosos. ¡Parecía un hada!
Era Erika, que estaba con Nicolás, Federico y Bea.
Nicolás era rubio, tenía los ojos saltones y alegres y un corazón enorme. En cuanto nos conocimos, supimos que íbamos a ser grandes amigos.
En el colegio había una maloka donde nos reuníamos para reírnos de la vida. Todos teníamos realidades muy diferentes y nuestros propios dramas personales. Aquellos ratitos juntos eran un bálsamo para nuestros días.
Fede había estudiado conmigo en mi primer colegio, el Francés. ¡Casi nos morimos de la emoción al encontrarnos de nuevo en aquel colegio!
Habíamos sido muy amigos desde pequeños y siempre manteníamos conversaciones profundas y filosóficas que nos ayudaban a vibrar y a entender mejor el mundo.
Fede sentía un gran aprecio por mí y por mi yaya. Le encantaba mantener conversaciones profundas con ella. A veces venía a verme y se quedaba horas charlando con mi yaya.
Ella también le tenía mucho cariño. Fede siempre había tenido muchas dudas acerca del mundo y del papel que le correspondía en él. Mi yaya le ayudaba a abrir muchos rincones de su corazón y a descifrar sus incertidumbres.
Bea era española. Habíamos compartido muchas tardes juntas y la había conocido en mi segundo colegio.
Nuestras madres no apoyaban nuestra amistad porque, juntas, éramos una mezcla muy explosiva. Cuando entramos casualmente en el mismo colegio, ¡nuestras madres se llevaban las manos a la cabeza!
Bea y yo teníamos el mismo sentido del humor y, cuando estábamos juntas, no podíamos parar de reír. Algunas personas se sentían incómodas, pero lo nuestro era imparable.
¡Bastaba con verla para empezar a reír sin freno!
Éramos una pareja muy divertida. Hablábamos utilizando diminutivos, como «mijitica». Ella decía que yo tenía un huerto y nuestros saludos eran siempre parecidos:
—Mija, ¿cómo le fue con la verdura? ¿Le germinó? ¿Y las lentejas? ¿Y el azafrán?
A partir de ahí, la carcajada se apoderaba de nosotras.
Fuimos grandes cómplices de aventuras. El Parque del Perro, ubicado en San Fernando, fue testigo fiel de nuestras hazañas. La Cinemateca, La Tertulia y el Parque del Peñón también formaron parte de nuestras historias.
Allí comíamos patatas fritas con limón y bebíamos cerveza, pero, por lo general, las patatas acababan todas en el suelo. ¡Las risas nos impedían comerlas y, a veces, hasta nos provocaban ahogos!
A Bea la amaba con locura. Era muy raro que yo estuviera en algún lugar y ella no estuviera conmigo.
En algunos sitios no nos dejaban entrar. ¡Nos prohibían la entrada por escandalosas!
Estuvimos juntas hasta que se fue a Miami.
Erika se convertiría en mi colaboradora para dirigir el grupo de teatro.
Al mirarla, sentía que había mucha magia entre nosotras. Conectábamos sin necesidad de hablar. ¡Era como un flechazo cósmico!
Recuerdo a Erika como un hada que cuidaba de mi alma. Era menos loca que todos nosotros y mucho más protectora.
Cuando el arte necesita libertad
En la biblioteca nos decían que no podíamos hablar más. Yo estaba muy enfadada porque sentía que no podían taparme la boca cuando hablábamos de creación, cultura y arte.
Llegué a calificar a la bibliotecaria de «poco defensora del arte».
Todavía tenía que aprender a ser más empática. Las emociones me desbordaban.
Con Erika hacíamos teatro en los parques y contábamos cuentos en los autobuses. Éramos oradoras de la palabra. La palabra cantaba a través de nosotras.
Queríamos compartir el arte porque sentíamos que formaba parte de la alegría que debíamos contagiar al mundo.
¡El arte era vida, libertad y esperanza!
Para nosotras, hacer teatro era una herramienta terapéutica porque nos permitía hacer visible lo invisible.
En el escenario podíamos expresar aquello que, a veces, las palabras no alcanzaban a transmitir: miedos, culpas, deseos o esperanzas.
Representar un personaje nos permitía reconocernos capaces de actuar y transformarnos. Aquella experiencia fortalecía nuestra identidad y nuestra autoestima.
El trabajo teatral también facilitaba la cohesión grupal, el respeto, la empatía y la comunicación emocional. Cada integrante del elenco y de la organización ocupaba un lugar indispensable. El resultado sólo podía alcanzarse mediante la cooperación, el compromiso y la confianza.
Los ensayos y las representaciones se convertían en un laboratorio de vida: probábamos actitudes nuevas, ejercitábamos la constancia y recuperábamos la sensación de pertenencia.
Más allá del resultado artístico de todos nuestros proyectos, el verdadero valor estaba en el proceso.
Cada gesto y cada palabra compartida en escena representaban un paso en la reconstrucción del yo y de los vínculos con los demás.
A nuestro alrededor teníamos una sociedad caótica, en la que se respiraba miseria y se vivía bajo la amenaza de la guerra entre carteles. Había niños en la calle que robaban para sobrevivir.
Y nosotras, en medio de aquel caos, nos maravillábamos con el teatro.
¡El teatro era nuestra puerta a la esperanza!
El profeta y una nueva manera de mirar la vida
En septiembre de 1992 presentamos la obra de teatro El profeta, de Khalil Gibran, y tuvimos muchísimo éxito.
¡Comenzaba una época muy enriquecedora para mí!
Llegaban retos muy hermosos. Empezaba a comprender que muchas situaciones de la vida podían convertirse en puentes hacia lugares más mágicos, donde todo continuaba y donde cada vez eran posibles más cosas.
La vida me enseñaba constantemente que teníamos un poder interior que debíamos desarrollar cada día para iluminar todos los caminos.
Estaba leyendo Viaje al centro de la Tierra, de Julio Verne. En aquella época me acompañaba una frase que, para mí, expresaba una manera de entender la esperanza:
«Mientras el corazón late, mientras el cuerpo y el alma siguen juntos, no puedo admitir que cualquier criatura dotada de voluntad tenga necesidad de perder la esperanza en la vida».
Aquella frase guiaría mis siguientes pasos.
Tenía salud y fortaleza, y sentía que aún podía hacer muchas cosas.
¡Tenía la fuerza necesaria para pintar un mundo mejor! ♡
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