Por Sandra Corominas. Pinzelladesdelmon. Cuento 5
Estaba a punto de cumplir 13 años. Era mayo y hacía mucho calor. Yo adelgazaba bastante, hacía mucho deporte y sudaba un montón. Estaba entrando en la preadolescencia. La psicóloga le había dicho a mi yaya que yo era hiperactiva y que seguramente por ese motivo no podía concentrarme en clase, y le habían sugerido darme pastillas para calmarme. ¡Mi yaya estaba muy enfadada! Ella no iba a permitir que nadie me diera medicación. Sabía muy bien que había muchas alternativas diferentes para mí. Entró a mi habitación para hablar conmigo. Yo no dormía por las noches porque amaba leer y había conseguido una pequeña linterna para leer sin que me descubrieran. En ese momento no entendía que la mente necesitaba descansar para resetearse.
Mi yaya era muy hermosa. Cuando hablaba, conocía perfectamente mi sensibilidad; sus discursos eran pausados y reflexivos. Mi yaya necesitaba explicarme que era necesario dormir. Me comentaba que «una nave espacial no podía estar encendida toda la noche porque sus motores se podían quemar, y lo mismo podía suceder con mi cabeza y con mi mente». Me traía algunos masajes que me sugería hacer para conseguir relajarme. También había descubierto mi linterna y me pedía que se la entregara.
Esa noche tuve miedo de no tener la linterna. También me gustaba porque oía u olía las cucarachas (que había muchas) y me servía para detectarlas. También veía sombras y me espantaba mucho. Intentaba explicarle que veía espíritus, pero no me creía. Debía conseguir otra linterna o convencer a algún vendedor para que me la regalara. Los espíritus solo los veía en la noche y me hablaban mucho. Al principio me daba miedo, pero después los enfrenté. Entendí que me buscaban porque solo yo tenía ese poder y solo yo los veía y entendía su lenguaje. Era un superpoder que nadie entendía, pero que, a medida que crecía, lo utilizaba para hacer actos positivos.
También mi yaya había traído condones. Era ilegal el aborto y casi usar condón; ya estábamos en la época del sida. Me quería proteger y ella hablaba conmigo con mucha claridad y realismo. Yo estaba sorprendida, pero feliz. Mi yaya también me decía en esa conversación tan profunda que Javi iba a vivir a Bogotá y la nostalgia me invadía. Lo iba a extrañar tanto. Estaba muy triste; eran muchos cambios radicales en poco tiempo.
Además, me había dicho que tenía que hacer la primera comunión y también un curso de recuperación en el cole para no repetir el año. Mis notas no habían sido las mejores, excepto deportes y ciencias naturales, que me iban muy bien. Lo demás me distraía con bastante facilidad y pocas cosas me motivaban. Me encantaba leer y estudiar, pero la dinámica escolar me agobiaba mucho. Ya sabía que me gustaba el periodismo, y leía y escribía mucho en las noches. Dormía mal; me gustaba leer cuando mi clan dormía, pero debía respetar los horarios en mi hogar y mi descanso. Estaba aprendiendo hábitos que serían muy importantes para mi bienestar y mi futuro.
En las tardes, después del cole, tenía una amiga nueva: Valentina, vecina y compañera del cole. También se la presenté a Irene. Nos reuníamos las tres a conversar cerca de mi árbol favorito del parque; allí era nuestro punto de encuentro. Todavía nos sentíamos niñas, pero el cuerpo comenzaba a cambiar y necesitábamos hablar. Me estaban creciendo mucho las tetas; yo pensaba que demasiado y no me gustaban. Me dolía la espalda de aguantar tanto peso. Era muy alta, más que mis amigas, y delgada. Era terapia hablar con ellas para curar nuestras inseguridades y miedos juntas. Nos sanábamos y también veíamos El Chavo del 8. También venía Javi a veces. Las conversaciones que teníamos fueron claves e indispensables para nuestro crecimiento emocional y personal; nos ayudaban a nutrir nuestra alma.
Llegaba el día de mi primera comunión. En mi cabeza había miles de preguntas sin respuestas y tenía bastante caos mental. Me parecía muy raro el tema de la Santísima Trinidad: ¿tres personas en una? La catequesis me estresaba, porque me callaban cuando proponía filosofar y cuando me parecía ilógico lo que me contaban, como que el agua se convertiría en vino, y cuestiones tan complejas como el paraíso o el infierno, donde acabaría quemada y rodeada de llamas. No entendía cómo la vida era tan bella y podríamos acabar entonces quemados. ¿Y cómo podía caber tanta gente en el paraíso o purgatorio? ¿Eran salas enormes con muertos vivientes? ¿O era otro planeta? ¿Cómo podíamos acabar todos allí amontonados? Decían que los animales y las mujeres no tenían alma. ¿Cómo no iban a tener alma mis mejores amigos? ¿Y mi clan familiar? ¿Y las mascotas? ¿Y si íbamos a otro planeta me llevaría un ser vestido de negro? ¿Y me encontraría con mis familiares? ¿Y si se equivocaba y me llevaba al infierno? ¿Qué era el infinito?
Empecé a leer todos los libros informativos que había en mi casa: grandes enciclopedias empolvadas que me ayudaban a tener menos o más confusión. Mi clan familiar era muy religioso; nunca intentaban imponer su religión o sus ideologías y no me obligaban a ir a misa, pero si no iba había largas caras de enfado (tacitas expresiones de inconformismo). Pero en la misa estaba Javi y también podría coquetear con algún amigo del barrio y hacer más amigos. Y como amaba cantar, me ubicaba en primera fila y cantaba. Pero el discurso del sacerdote me parecía muy poco creíble y ridículo. Después también decían que las monjas no podían hacer el amor, y entendía aún menos. Notaba que en la religión católica había exceso de prohibición y deseaba hacer la revolución. Deseaba que me respondieran a mis preguntas, pero había mucho silencio.
No me preguntaban si yo quería hacer la primera comunión. Me parecía super extraño, porque en mi casa siempre me preguntaban lo que yo quería o necesitaba, y esto iba en contra de mi educación libre y reflexiva. No entendía por qué este tema cubría tanto misterio. Me llamaba la atención que en las oraciones o rezos se decía «por mi culpa, por mi culpa». Porque en mi clan familiar los errores se compartían y nadie se echaba la culpa; solamente para mí, mis errores representaban aprendizaje y evolución. En mi casa no convivíamos con la culpa. Las instituciones religiosas a menudo han empleado conceptos como el castigo divino, el infierno o el pecado para condicionar la conducta de las personas y asegurar la obediencia.
Empezaba a pensar que la religión había funcionado en ocasiones como un sedante que prometía recompensas en otra vida para que las personas aceptaran la miseria y la explotación en la vida terrenal, y no creía en ese lugar prometido. Para muchos individuos, la religión no nacía de un diseño para controlar, sino de una necesidad psicológica y filosófica genuina de dar sentido al sufrimiento, al caos y al misterio de la existencia.
Pensaba horas y horas acerca de mi existencia. Y no quería ir a catequesis, pero me mostraba amable y receptiva porque sabía que mi clan familiar estaría feliz y porque la fiesta me hacía bastante ilusión. La celebración fue muy bonita. Tuve que usar sotana porque los franceses decían que los niños en Francia no hacían la primera comunión con una sotana, sino con un alba. Aunque visualmente puedan confundirse por ser prendas largas hasta los talones, existían diferencias teológicas e históricas muy claras que explicaban el uso de esta túnica blanca.
El uso del alba en las comuniones francesas respondía a un símbolo de igualdad socioeconómica: al igual que ocurre en otros países, la adopción de una túnica blanca uniforme para todos los niños (en la Primera Comunión). De esta manera, ningún niño destacaba sobre otro por el coste o la marca de su ropa civil, enfocando la atención puramente en el sentido espiritual del sacramento. Mi tía Mari me lo explicaba mientras me ayudaba a vestirme. Yo quería ponerme mis Converse y mis pantalones anchos tipo grunge. El estilo grunge nació a finales de los años 80 y principios de los 90 en Seattle, Estados Unidos, impulsado por la escena de la música alternativa y el rock de bandas como Nirvana, Pearl Jam y Soundgarden. Se caracterizaba por una estética desenfadada, rebelde y de aparente descuido, que priorizaba la comodidad y rompía con las normas de elegancia tradicionales. A mí no me convencerían de operarme las tetas ni de ser convencional. La ropa no me importaba; veía los corazones de las personas y los estuches no me representaban. Mi clan familiar me había convencido de mi poder como mujer.
Mi yaya cada día al levantarse repetía: «¡Soy hermosa para mí y para los demás!». Mi autoestima no sufría de inquietud.
Y además, si hablaban de igualdad, me convencían fácilmente. Ya tenía una noción crítica de lo social y cultural, y sabía de respeto y tolerancia.
Vinieron Valentina, Irene y Javi. Tomamos piña colada y Valentina estaba un poquito afectada. Reímos toda la fiesta. Me prepararon unos de mis menús favoritos: pollo con cerezas, y la yaya hizo el postre de crema catalana con nueces; era el postre favorito de Irene. Aún recuerdo ese olor a nueces y a crema caliente, olor a lechecita recién hecha. Me dieron muchos regalos. Fue una celebración divina llena de alegría y complicidad. Y cuando me iba a dormir quise revisar más libros en mi casa. Y en un rincón de la biblioteca encontré el libro El porvenir de una ilusión, de Sigmund Freud. Él decía que la religión:
«Lejos de atacar por simple oposición, Freud analizaba la religión como un fenómeno psicológico complejo: una respuesta creada por el ser humano para enfrentar el miedo, el sufrimiento, la incertidumbre y la necesidad de protección. Con un estilo claro y profundamente reflexivo, este ensayo me mostraba cómo las creencias podían ofrecer consuelo, orden y estabilidad, pero también podían limitar el pensamiento crítico y frenar el desarrollo individual y social.
A través del lente del psicoanálisis, el autor revelaba cómo los mitos, las promesas de salvación y las normas morales no surgen de revelaciones externas, sino de deseos inconscientes, emociones reprimidas y anhelos profundamente humanos. Freud me invitaba a mirar más allá de la fe ciega y a comprender la psicología que se esconde detrás del poder de la religión, sus funciones sociales y su impacto en la cultura moderna.»
Fue un libro que me sirvió mucho para entender que vivíamos azotados por ideologías para vender y para encasillarnos. La sociedad ofrecía colores que persuadían las mentes y cada acto era con un determinado fondo y objetivo. Entendía que vivíamos en una sociedad enferma y quería cambiar mi entorno. Ese día le dije a Dios que no iba a creer en él, pero me daba miedo que me jalaran las patas. Pero no creía en nada. Perdí mi religión…
A la mañana siguiente fui a caminar con mi mamá. Le conté que le había dicho a Dios que no creía más en él, y me dijo: «Lo único que te hará feliz es ser buena, porque te sentirás bien contigo y con los demás». Al regresar a casa habían libélulas cerca de mi parque favorito; habían formado una manada para recoger sus alimentos. Y pensaba: ¿las libélulas tendrán religión? ¿Pensarán tanto como yo? Seguramente no, o sí, pero trabajan en equipo y eran felices. Se les veía por su forma de mover las alas y mojarse las patas danzando con el agua. Sonreí y seguí caminando. La luna se ponía en nuestras cabezas y debíamos ir a descansar.
Cuando entré a mi habitación, cerca del libro, al lado de mi cama, había una pequeña linterna. No se veía por la oscuridad y porque era negra; la vi al apagar la luz. No era mía, pero estaba allí. Ahora, 30 años después, pienso que mi yaya me la había dejado porque, a pesar de necesitar dormir, nunca quería que dejara de leer. No le importaba seguramente que perdiera mi religión, pero sí mi afición por la lectura. ♡
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