Entre barcos de carga camiones y magia

Por Sandra Corominas. Periodista y aventurera. Cuento 7.

Había cumplido los 18 años. La ciudad estaba muy peligrosa; los narcos tenían que ser extraditados.

El cartel de Medellín fue uno de los más temidos de Colombia. Fue responsable de múltiples bombas y de atentados como el del avión de Avianca, el 27 de noviembre de 1989, que dejó más de 100 muertos, y el atentado a la sede del DAS, días después, que dejó 63 fallecidos. Este grupo asesinó en 1984 al ministro de Justicia, Rodrigo Lara Bonilla; a Guillermo Cano, director del diario El Espectador, en 1986; al procurador Carlos Mario Hoyos, en 1988, entre muchos otros nombres de quienes los criticaron o persiguieron judicialmente.

El jefe de este sangriento cartel, que se ensañó en generar terror en la sociedad, fue Pablo Emilio Escobar. Se calcula que, por su orden, solo entre 1989 y 1990 explotaron 185 bombas en el país, de manera calculada. Más de 700 policías y más de 400 civiles fueron asesinados por el cartel al mando de Escobar. En su momento, la revista Forbes calculaba su fortuna en 7.000 millones de dólares, siendo uno de los 10 hombres más ricos del mundo. Esa fortuna la amasó gracias a una producción anual de cocaína calculada, para 1980, en más de 120 toneladas.

Antes de que fuera público el origen de su dinero, Escobar llegó a ser parlamentario suplente en la Cámara de Representantes y en Antioquia se presentaba como un «altruista hombre de negocios» que regalaba dinero en barrios deprimidos, impulsaba reinados y se decía amante del fútbol. Su era criminal terminó el 2 de diciembre de 1993, cuando, en medio de un operativo policial, murió en el tejado de una casa de la que estaba huyendo.

En Cali teníamos al ajedrecista. El cartel de Cali fue una organización criminal que alcanzó a exportar grandes cantidades de cocaína, especialmente a Estados Unidos. Su máximo jefe fue Gilberto Rodríguez Orejuela, quien murió este 31 de mayo en EE. UU. Fue conocido como el ‘Ajedrecista’ y fue capturado el 9 de junio de 1995, en lo que se consideró en su momento como uno de los golpes más significativos del Estado colombiano en su larga y dolorosa lucha contra el narcotráfico.

Su historia no fue siempre la de un criminal: en un momento de su vida era un mensajero de droguerías, pero luego escaló hasta lo más alto del crimen organizado. Comenzó en el mundo del narcotráfico con un pequeño monomotor, pero llegó a tener una flotilla de aeronaves que llevaban coca a las calles de Estados Unidos y Europa, en asocio con la mafia peruana, boliviana y mexicana. En su momento, y por esas alianzas, según la DEA, el FBI y las autoridades de Colombia, Rodríguez Orejuela llegó a introducir el 80 por ciento de la cocaína consumida en Estados Unidos tras la muerte de Pablo Escobar. Tras su captura, en junio de 1995, fue extraditado a los Estados Unidos.

El hombre tras el cartel del Norte del Valle: el cartel del Norte del Valle tuvo gran auge en el negocio del narcotráfico después de que los carteles de Medellín y Cali comenzaron a fracturarse tras la muerte de Escobar y la captura de los hermanos Rodríguez Orejuela.

Las calles eran peligrosas; olía a lujo y también a desesperación. Era un lujo extremo, tipo película, todos endemoniados con la idea de tener más y más dinero y poder, y protagonismo, pero sin esfuerzo. Se llamaban «mágicos»: encontraban la fortuna sin sacrificio, pero sacrificando al otro. Mi corazón se sentía atemorizado: de una bomba al mes habíamos pasado a dos o tres bombas por semana, y nunca se sabía cuándo explotarían. Solo oías «¡pummmm!» (y ya sabías que habían puesto otra bomba). No importaba si tuvieras sentencia o no; todo dependía de la suerte y el azar. Si te tocaba, te tocaba. En esa época no había móviles para comunicarte: tenías que encontrar una cabina oxidada y tener suerte de que estuviera completa, porque a veces faltaba un cable o estaba arrancado el teléfono, y definitivamente era imposible hablar. Debías caminar varias cuadras hasta lograr comunicarte.

Mi clan familiar estaba preocupado. No querían cortarme las alas, pero no me permitían salir. Tuve acuerdos con ellas de llamarlas varias veces mientras me ausentaba en las noches (me encantaba bailar y viajar). Era muy puntual con mis llamadas y muy atenta; ellas me informaban de los atentados y de su localización para que intentara no aproximarme a las zonas más complicadas o de mayor conflicto. Por ejemplo, en las montañas y carreteras había muchos secuestros, o militares disfrazados que eran paramilitares o guerrilleros, y era muy arriesgado encontrarlos; mi vida podía correr mucho peligro. Mi tía Mari me recogía con Marito, su Renault 4 blanco tipo cucarrón. En casa se respiraba paz, complicidad y cuidado grupal. Yo tenía una red que me cuidaba en lo que podía.

Yo necesitaba viajar. Parufet había muerto y yo estaba destrozada. Había muerto hacía tres años, pero yo no lograba recuperarme; solo me consolaban mi tribu de amigos y bailar. Había nacido arrítmica: los sonidos los sentía más fuertes y cercanos que muchas personas. Era altamente sensible y mi oído estaba muy desarrollado por mi gran habilidad y comunicación con la naturaleza, pero me habían echado del grupo de música por desafinar y por emocionarme mucho, y me habían cambiado al grupo de pintura. Yo extrañaba cantar, amaba cantar, mi voz… pero era demasiado fuerte y ronca, y se debía trabajar; nadie estaba receptivo conmigo.

Tenía vacaciones y quería escapar, pero las cosas no eran fáciles. Finalmente había decidido ir al Festival de Teatro de Bogotá, que era más cerca, y venía Bea conmigo (volada de su casa porque sus padres no la dejaban salir conmigo). Muchos compañeros del barrio se sumaron a venir conmigo, entre ellos Sacha, el hermano de Irene. Irene no podía venir: estaba enamorada de Ernesto y se iban a viajar juntos a otro destino.

Llegamos a Bogotá por la mañana. Hacía un frío espantoso. Yo, caleña acostumbrada al calor, comenzaba a sufrir las condiciones climáticas de la nevera de Bogotá. Bogotá era el doble de grande que Cali. Era la capital de Colombia, una ciudad caótica, pero gravemente caótica y dura de gestionar. Estaba situada a unos 2.600 metros de altura sobre el nivel del mar, en la cordillera Oriental de los Andes, rodeada por imponentes montañas como el Cerro de Monserrate. Al tener tanta altura me costaba mucho respirar, y justo al llegar a casa de mis amigos sentí el soroche o mal de altura: al haber menos presión, el oxígeno está más disperso y cuesta más trabajo que pase de los pulmones a la sangre. Era la falta de adaptación del organismo a la disminución de oxígeno cuando se viaja a zonas elevadas. Pensaba que me moría; me dolía muchísimo la cabeza y estaba muy mareada. Mis amigos estaban preocupados y me daban agua de panela, que tiene bastante azúcar, y así me podía regular. A las dos horas estaba bien, pero vi el infierno.

El evento se consolidaba como el festival de teatro más grande del mundo, con más de 800 funciones de 100 compañías internacionales y 170 compañías colombianas, reuniendo a las compañías de teatro más importantes del mundo, provenientes de los cinco continentes. Había teatro en las calles, performances, cuenteros, oradores y muchas personas bonitas de muchos colores, brillos y acentos.

Por la mañana y por la tarde nos dedicábamos a ver ensayos y obras. En un día habíamos visto 25 obras de diferentes temas y grupos, y en la noche nos reuníamos a cantar y a comprender todo lo que habíamos visto, a ponerlo en común. Nos encantaba hacer música en colectivo y compartir poesía, escritos y arte, y esperar a que llegara el amanecer. Estábamos en un parque al lado de la Universidad Nacional; éramos unos 30 estudiantes con ideas soñadoras y pasión desenfrenada. Y entre canción y canción, una copa de vino y un suspiro, pasó la noche.

Nos estábamos levantando para recoger nuestras chaquetas cuando escuchamos varios chasquidos de pistola y un suave e imperceptible sonido de un cuchillo en una de las paredes de la universidad, y un leve grito de una mujer a lo lejos. Mi oído era muy fino; yo conocía cada sonido peligroso a la perfección. Podía detectar tanto sonido de insectos y animales como cualquier crack de una pistola. Era una persona altamente paranoica que tenía un radar incorporado para saber todo lo que sucedía a mi alrededor. Estaba oscuro; también había sonidos de pisadas fuertes de botas de cuero, perros ladrando a lo lejos y tiros al aire. Perfectamente estábamos rodeados y nos iban a matar. Me levanté rápidamente para ver la situación con más calma y saber exactamente cómo actuar. Había tomado un curso de defensa personal y podía defenderme, pero estábamos rodeados y seguramente ellos eran más y más grandes que nosotros.

De repente, el grito de la mujer se volvió más agudo: era un sonido muy punzante, penetrante y puntiagudo. Empezaba a tornarse hondo y violento, a pesar de lo perspicaz que era; en cada segundo se hacía más vehemente y poderoso, parecía un gemido gélido en una noche pasional. De repente, entre segundos milimétricos, escuché: «No me mates, por favor». Avisé a mis compañeros y les dije: «¿Alguien más sabe defensa personal?». Mi voz interior me decía: «Ayúdala, ¡la conoces!». Me parecía raro, pero tenía un palpito y debía escucharlo. Inmediatamente avisé a dos amigos muy fuertes y dije: «¡Vamos, la van a matar!».

Como estábamos rodeados, nos adentramos en el parque bordeándolo. Estaba oscuro; en medio del parque, justo al lado de la loma, había chicos tirados en el suelo con manchas de sangre. No pude saber si estaban muertos o no, pero había mucha violencia: iban con machete. Y yo no era tan ágil. Eran los niños de la calle que venían a atacarnos para robarnos algunas monedas o todo lo que pudieran. De repente, entre cadáveres, vi unos ojos amarillos como de leona que intentaban zafarse de un niño muy joven. La tenían agarrada del cuello; le querían robar su chaqueta de cuero y ella estaba perdiendo el aire. ¡Y gemía! Era la mujer que yo había escuchado hacía cinco minutos.

Rápidamente rompí una botella de cerveza que llevaba en la mano contra el piso, justo en la parte de adelante que tenía más filo, y cuando pretendía clavársela al niño que la estaba ahogando, vi sus ojos: eran ojos desorbitados y nos miramos de frente. Su mirada era furiosa y estaba tan asustado como yo. Justo él vio mi mirada penetrante y desesperada y la soltó. Ella me vio entre la multitud y me dijo: «¡Huevona, me saltaste! ¡Estoy viva! ¡Estoy viva! ¿Quién eres?». Mientras tanto lloraba y seguía gimiendo. Vino rápidamente a abrazarme y nos fundimos en el abrazo. Después del abrazo llegaron las risas, y después el amanecer.

Y desde que nos vimos no pudimos separarnos más. Se llamaba Silvia; sus ojos eran de leona, muy felinos, delineados, grandes, expresivos y muy brillantes. Ella también vivía en Cali. La amaba; solo al abrazarla su olor era exquisito. No nos estábamos conociendo: nos estábamos reconociendo. Éramos almas amigas infinitas que siempre habíamos viajado juntas a través de la eternidad, y en ese mismo instante habíamos coincidido juntas por la vida; necesitaba que nuestra fuerza permaneciera unida para seguir manifestando milagros. Esa noche dormimos juntas; la invité a mi hotel. Bea en la mañana no llegaba y la angustia se apoderaba de mí. Finalmente llegó. También había estado implicada en nuestro ataque y tenía más información: eran niños sicarios que solían jugar al tiro al blanco para practicar los disparos; eran de la comuna 4. Habíamos tenido suerte: estábamos vivas.

Vimos teatro tres días sin parar. También aprovechamos para comprar una armónica para mí. Silvi tocaba flauta; yo solo soplaba la armónica, pero lo hacía con tanta intensidad que nadie pensaba que yo no la sabía tocar. Nos dábamos cuenta de que teníamos poderes de atracción y persuasión; éramos pequeñas brujas que, unidas, podíamos mover objetos y también el mundo entero: llamar coches mentalmente y que vinieran a recogernos. Practicamos juegos donde anunciábamos sucesos que sucedían tal y como los habíamos imaginado. La ley de la atracción, la ley de todo lo posible, el secreto, la ley que en física se llama energía cuántica.

La física cuántica y la espiritualidad comparten una visión del universo como un sistema dinámico, interconectado y profundamente influenciado por la conciencia. La cuántica describe una realidad basada en probabilidades, donde las partículas no tienen una posición definida hasta que son observadas. La espiritualidad sostiene que nuestra energía interna interactúa con lo que nos rodea, transformando el entorno según el estado de conciencia de cada persona. Uno de los puntos clave en esta convergencia es el llamado efecto del observador. En el ámbito cuántico, observar un fenómeno altera su comportamiento, lo que sugiere que la realidad se define en parte por quien la observa. Esta idea resuena con enseñanzas espirituales que afirman que nuestros pensamientos, emociones e intenciones moldean la experiencia que vivimos. En ambos casos, la conciencia actúa como un puente entre lo posible y lo manifestado. Primero analizábamos el entorno como magas, visualizábamos, y todo pasaba, todo, pero todo.

Habíamos decidido irnos juntas a Cali con Bea. No teníamos dinero, y para nosotras viajar a dedo era muy fácil: nos rogaban para llevarnos. Tres rubias despampanantes; era solo buscar y encontrar. En la noche visualizamos un coche negro con música de The Doors. En la mañana empezamos a hacer dedo (para viajar de día, que era menos peligroso). De repente Silvi me dice: «Huevona, ¿oyes la música? ¡Suenan The Doors!». Efectivamente, un carro negro nos estaba esperando para llevarnos. Y lo mejor: no teníamos que hacer paradas ni trasbordos. Eran dos chicas mayores, muy hippies, Alicia y Sofía; iban directamente a Cali y estaban escuchando The Doors. En el trayecto oímos The Doors ocho horas; solo teníamos un casete que se repetía. Contamos a las chicas que las habíamos visualizado; obviamente no nos creyeron. Nos decían: «Si la casualidad existe…». «Ay, qué lindas, qué expresivas», nos decían. Nosotras les seguíamos la corriente y les decíamos: «Sí…».

Esa noche decidimos no contar a nadie más nuestro poder para que no se manchara. Las risas sin magia nos podían frenar los conjuros, y debíamos creer ante todo para que las cosas sucedieran. Creer era crear.

Al llegar a Cali ya teníamos un viaje entre manos: nos íbamos al Pacífico a ver las ballenas y los delfines, que se veían verde esmeralda cuando el plancton los cubría; ¡se veían fosforescentes! Y queríamos verlos bajo la luna para deleitarnos de sus colores con más intensidad en el Pacífico colombiano.

Nuquí (Chocó) era un santuario de biodiversidad dentro del Chocó biogeográfico, donde se estimaban hasta 496 especies de aves. Al llegar a Nuquí se puede ver el contraste entre la inmensa selva detrás de la playa, que sobresale a veces en pequeños islotes repletos de árboles gigantes, y el amplio océano donde vuelan grupos de pelícanos y cormoranes. Estos bosques también son el hábitat de monos aulladores que cantaban en manada en la noche.

Habíamos decidido viajar siempre a dedo. Pero ¿cómo lo haríamos en barco? La gente viajaba en barco privado hasta allí, o había un barco de carga que salía los domingos en la noche, se demoraba nueve días e iba cargado de pólvora. ¿Viajar dos niñas rubias en un barco de carga? Para nosotras todo era posible. Pero en nuestro viaje debíamos ir acompañadas de un hombre fuerte; nosotras no sobreviviríamos ante un ataque de diez hombres, no teníamos fuerza y tampoco preparación. ¿Nos llevarían gratis?

Iván se había ofrecido a venir con nosotras. Estuvimos entrenando 15 días por si nos atacaban. El Puerto de San Buenaventura era de los más peligrosos del mundo.

Cuando ya estábamos preparadas físicamente, decidimos zarpar el 17 de agosto del 94. Lo más fácil fue despedirme de mi clan; no creían en absoluto, pero por ninguna duda de que lo haríamos. Solo la Yaya me miraba y me dijo: «Si te pasa algo, llama a tu tío Jordi; él irá a buscarte donde estés» (ella sabía que llegaríamos).

Cogimos varios camiones para llegar al puerto. Nadie nos llevaba directamente. Iván también pensaba que no lo lograríamos; Silvia y yo no teníamos miedo, sabíamos que todo sucedería. Llegamos al puerto en un camión de bananas. Olíamos muy mal; teníamos bananas por todo el pelo, parecíamos loquitas. Al llegar pregunté dónde estaba la oficina del capitán; nadie me lo decía, hasta que un man me dijo: «Allá, mona, atrás de la venta de pescado». Todo olía a vencido, a miseria. Al fondo estaba Anastasio, nuestro hombre. Primero hicimos contacto visual con él, pero él no sabía mirar directamente a los ojos y bajaba la mirada. Tocábamos armónica y flauta; el puerto entero bailaba con nosotras. Algunos decían: «Esas gringas conocen el ritmo». «Hágale, mona» (rubia en colombiano), otra canción.

De repente perdíamos a Anastasio; ya no estaba en su oficina y anunciaban que el barco salía en 19 minutos (lo cual, en horarios colombianos, debería ser una hora o más). Igualmente no teníamos tiempo. Anastasio era muy feo, gordo y grasiento; su despacho tenía redes por todo lado, pescado tirado en el suelo y recibos desordenados. Su estuche era muy desagradable. A lo lejos lo vimos y Silvia me dijo: «Vamos ya a por él». Entramos a su despacho; Iván se quedaba afuera vigilando que nadie entrara. Era un buen escolta.

Anastasio no levantó la mirada y dijo: «¿Qué quieren?», con un tono de desprecio y asco. Silvia le dijo: «¿Podemos hablar con vos desde el alma?». Él comenzó a reír a carcajadas. Levantando la mirada, abrió la ventana y nos dijo: «Yo no tengo alma; la perdí en el mar». Y reía, y se enfadaba. De repente se levantó y dijo: «¿No serán ustedes policías gringas de la DEA? ¡Alfonso, ven, cógeme el arma y entra!». Yo parecía de siete años, pues tenía 19 y siempre parecía más joven. Entró Alfonso con un revólver gigante, lo puso en la mesa y dijo: «¿Cuánto dinero quieren? ¿De cuánto dinero hablamos?». Mientras tanto, los dos sudaban y el sudor caía en los pescados del suelo.

Yo le dije: «Anastasio, solo queríamos hablar desde el alma, pero tú dices que no tienes alma. ¿Tal vez corazón sí? ¿Por eso te late, no?». Esto provocó una carcajada más, y allí decidieron echarnos. Nosotras habíamos cargado nuestras mochilas con ropa para intercambiar por comida y le dijimos: «Te tenemos un regalo, espera». Él se desesperaba y gritaba: «¡Váyanse, me están haciendo perder el tiempo!», cogía la pistola y le daba con la mesa. Alfonso decía: «No son de la policía, tienen menos de 15 años. ¿Qué te fumaste, verde?». Mientras nosotras repetíamos: «¿Podemos hablar desde el corazón?». De repente salió y llamó a Iván; Iván se asustó mucho y dijo: «Llévatelas ya». Yo, gritando, dije: «¡Tu regalo!». Era una camisa de mi Yayo Carlos, y casualmente le gustó. «Deme la camisa y váyanse», dijo. «No», le dije yo, «es un intercambio, me oyes, pero desde el corazón». «¡Tiene tres segundos!». Empezaban a pensar que era una broma. Silvia le dijo: «Queremos ir en tu barco a ver los delfines gratis. ¿Nos llevas? ¡Tenemos más ropa!». «A ver, ¿qué tienes?», repetía mientras sudaba y reía. «Pero desde el corazón», le decía yo, «como si fuera Navidad, cuando papá te daba regalos. Fuiste niño, ¿verdad?».

De repente Anastasio buscaba entre la mochila con felicidad infantil; tenía otra mirada, otros ojos. Silvia le decía: «No te la pongas luego; te bañas y te pones pizpo». De repente parecía un camerino: sacaba un pantalón, otro, y casi lloraba de emoción. En un momento se sentía tonto y frenaba; Silvia le decía: «Ay, papasito, y la corbata, ¿no la vio?». Al final se sentó y dijo: «¿Qué mierda quieren?». Yo le decía: «Espera, te canto una salsa». Estaba seducido por la ternura; había vuelto a ser niño. Entonces: «¿Quieren viajar? Se van a morir allá; hay culebras, es la selva pura». Y adoptó un rol de papá: «¿Van solos? No, no…». «Tenemos más ropa para los habitantes de las islas», le decía yo. El barco comenzaba a sonar; se iba. Se levantó, salió corriendo y dijo: «Esperen, estas magas viajan», mientras cogía la corbata y decía: «Gracias, chicos, hace tiempo no era tan feliz. Y ojo, que si les pasa algo, los mato a todos».

¡Lo habíamos logrado! La manipulación existía y la búsqueda de la ternura también. ¡La magia había funcionado! Éramos unas seductoras. Empezaba un viaje…


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