Dinamarca no enseña empatía como un taller ocasional ni como una asignatura optativa. Desde 1993, todos los estudiantes de entre 6 y 16 años tienen una hora semanal obligatoria llamada Klassens tid —el “tiempo de la clase”— en la que no hay exámenes ni notas: se trata de aprender a escuchar, a reconocer emociones y a resolver conflictos juntos. Lo que en muchos sistemas educativos queda relegado a la buena voluntad de un docente o a una charla cuando estalla un problema, allí forma parte del currículo nacional con la misma seriedad que las matemáticas .
Por Redacción Barcelona El Periódico de la Psicología
Laescena que describe la profesora Lise Skyttegaard Enggaard Meisner en una escuela de Næstved ayuda a entender de qué estamos hablando. Sus alumnos de octavo grado, adolescentes de trece y catorce años, se sientan en círculo. Cada uno recibe una tarjeta con una cualidad positiva —“entusiasmo”, “inteligencia social”, “humor”— y debe entregársela a un compañero que, según su criterio, encarne esa virtud. Después, la conversación gira hacia lo que cada uno quiere entrenar en sí mismo. Algunos se ríen, otros se sonrojan, alguno esconde la cara entre las manos cuando el elogio se vuelve demasiado directo. La profesora dirige el ritmo, pregunta, sostiene el silencio incómodo sin forzarlo. No hay una nota al final .
Ese gesto pequeño —dar una tarjeta, mirar a los ojos, decir en voz alta “creo que tú eres honesto”— condensa una idea pedagógica que Dinamarca lleva más de tres décadas sosteniendo: la empatía no es solo un rasgo de carácter con el que se nace o no se nace; es una habilidad que se entrena, y como toda habilidad, necesita tiempo, práctica y un espacio protegido en la semana escolar . Durante esa hora, los estudiantes pueden plantear problemas personales o grupales, y el resto de la clase, con el docente como facilitador, discute posibles salidas. Si no hay ningún conflicto sobre la mesa, el tiempo sirve igual: para conversar, para fortalecer el vínculo del grupo, para estar juntos sin la presión de rendir .
Los datos que suelen citarse para justificar el interés internacional por este modelo son llamativos. Alrededor del 6,3% de los estudiantes daneses reportan ser víctimas de acoso escolar de forma regular, una de las cifras más bajas de Europa . Y cerca del 60% del trabajo escolar se realiza en grupo, de modo que la colaboración no es una excepción pedagógica sino la atmósfera cotidiana en la que los niños aprenden a tratar con otros . Detrás de esos números hay una decisión cultural más profunda: en lugar de entrenar a los niños para ser los mejores de la clase, se les entrena para que la clase, como comunidad, funcione mejor .
Desde una mirada psicológica y humanista, lo interesante no es tanto la estadística sino el cambio de premisa. Buena parte de los sistemas educativos operan bajo la lógica de la competencia: el otro es un rival, la nota es un recurso escaso, la atención del profesor es un bien que hay que disputar. Klassens tid introduce una grieta en esa lógica. Allí el otro no es un contrincante sino alguien con quien se comparte un problema o una cualidad. El docente no administra saber, sino que sostiene un espacio de escucha. Y el silencio, la vergüenza, la risa nerviosa de un adolescente que recibe un elogio inesperado no son obstáculos que hay que superar rápido para volver a “lo importante”: son precisamente el material con el que se trabaja .
No se trata de idealizar. Dinamarca no es una sociedad perfecta, y una hora semanal no resuelve por sí sola la soledad, la exclusión o la violencia que también existen en sus aulas. Pero el gesto institucional importa: un país decide, un día, que la vida emocional de los niños es lo bastante relevante como para ocupar un lugar fijo en el horario, no como un añadido sino como un eje. Y esa decisión, sostenida durante treinta años, ha ido moldeando una manera de estar en la escuela que muchos docentes de otros lugares miran con una mezcla de curiosidad y envidia sana.
Quizá la pregunta que este modelo deja abierta para quien trabaja en psicología, en educación o en salud mental no sea “¿cómo copiamos la hora de empatía danesa?”, sino otra más incómoda: ¿qué estamos dejando fuera de la escuela cuando decimos que no hay tiempo para esto?
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