El maravilloso poder de nuestro corazón

Cuento 11
Por Sandra Corominas. Periodista y aventurera
Pinzelladesdelmon
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Durante años se estudió la mente; la ciencia se volvió loca investigando cómo funcionaba el cerebro… y aún las investigaciones continúan. Pero alguien se preguntaba si el origen de los conflictos provenía del corazón, de la falta de amor…

En primer lugar, porque vivíamos en una sociedad desalmada, víctima y artífice de barbaries provocadas por el ego. Y si todo empezaba en uno mismo y en la educación, el amor resultaba, pues, un tema pedagógico ineludible.

La mente inventaba banderas, partidos, religiones, ideales de cualquier índole, fragmentando así nuestro planeta. Una humanidad que jugaba a ser dios, retando incluso a la naturaleza, a la que infravaloraba como maestra.

Silvi y yo comenzábamos a viajar y nos dábamos cuenta de que el mayor problema de nuestro mundo era la falta de amor. ¡Y estábamos muy preocupadas por ello! Teníamos charlas muy largas y conmovedoras, y no entendíamos cómo en un mundo donde todos nos podíamos amar, nadie se amaba.

El sistema político parecía empeñado en olvidar que detrás de cada cifra había una persona, detrás de cada frontera había una historia y detrás de cada decisión pública había vidas que podían cambiar para siempre con cualquier pieza que se moviera en el juego del caótico mundo. Se había olvidado la ética; nadie optaba por la honradez y por la lealtad.

El racismo y la aporofobia no deberían encontrar acomodo en una sociedad democrática y solidaria. Tampoco deberían convertirse en lenguaje habitual de la conversación pública. No eran tiempos en los que especialmente estuviera de moda reivindicar una visión humanista de la política.

La religión nos manipulaba al mismo nivel que la publicidad.

Nosotras cantábamos al amor y pensábamos que el amor era el combustible de la sociedad y que tenía un efecto transformador. Lo único que nos podía sanar y reparar. ¡Qué sociedad tan afectada y enferma! Y la educación era la herramienta para el cambio, pero estaba olvidada; no todos podían tener acceso a la educación, casi como en el oscurantismo.

La educación ofrecía estabilidad en la vida, y es algo que nadie te podía quitar nunca. Al tener una buena educación aumentaban tus posibilidades de tener mejores oportunidades profesionales y se te abrían nuevas puertas. Además de estabilidad, la educación también ofrecía seguridad financiera, sobre todo en la sociedad pobre. Una buena educación llevaba a un trabajo mejor remunerado, así como proporcionaba las habilidades necesarias para lograrlo.

Para que el mundo entero fuera realmente igualitario, había que empezar por la educación. Si todo el mundo tuviera las mismas oportunidades, entonces habría menos brechas entre las clases sociales. Todo el mundo podría tener las mismas oportunidades de acceder a empleos mejor remunerados, no solo los que ya son privilegiados.

La importancia de la educación era evidente también cuando se trataba de ser autodependiente. Si nos educábamos, entonces era algo que nos pertenecía, permitiéndonos no depender de nadie más que de nosotros mismos. Podía permitirte no solo ser independiente económicamente, sino también tomar tus propias decisiones.

«Si puedes soñarlo, puedes lograrlo» era la ideología de Silvia y mía. Pero la educación era el arma más poderosa que podías tener, y con ella podías hacer realidad todos tus sueños. Por supuesto, dependiendo de tus objetivos, pero en general, la educación te llevaría tan lejos como tú quisieras llegar.

La educación era algo que no solo es necesario en el plano personal, sino también en el plano mundial, ya que es algo que mantenía nuestro mundo seguro y lo convertía en un lugar más pacífico. La educación tendía a enseñar a las personas la diferencia entre el bien y el mal, y podía ayudarlas a mantenerse fuera de situaciones riesgosas.

Tener confianza en sí mismo era una parte importante para tener éxito en la vida. ¿Y qué mejor manera de adquirir esa confianza que con la educación? Tu nivel de educación solía considerarse una forma de demostrar tus conocimientos, y podía darte confianza para expresar tus opiniones y decir lo que pensabas. También te daba un nivel en la sociedad. En la sociedad de los años 90, tener una educación era considerada una parte esencial para que te aceptaran quienes te rodeaban. Se creía que tener una educación te convertía en una parte útil de la sociedad, y también podía hacerte sentir como un miembro que aportaba algo.

Silvia y yo pensábamos que nuestra mente y nuestro cuerpo estaban muy conectados y que, con una mente poderosa y bien formada, nuestros cuerpos también se fortalecían. Charlamos horas y horas por teléfono, en vivo (todavía no existía internet), y concluimos entonces: ¡ir a educar al mundo entero! Esa era la siguiente misión. Nosotras habíamos decidido ir a Ecuador. ¡Desde Cali a Ecuador, a dedo, por supuesto!

«Pero claro, marica —me decía Silvia—, qué pereza ir en bus con olor a humanos. ¿No prefieres el olor a cielo? ¿A mar? ¿A viento o a camión?». Íbamos a ir con cuadernos, a enseñar en obras de teatro, a pensar y a educar… Próxima estación… ¿? Pensábamos, mirábamos el mapa y decidíamos conocer la parte andina de Ecuador.

Con el lema: «La educación puede ser lo más liberador y fortalecedor del mundo. Te permite vivir la vida al máximo al adquirir una gran cantidad de conocimientos sobre el mundo. La educación garantiza un aprendizaje continuo a partir de diversas fuentes, ya sea a través de personas, periódicos, experiencias, investigaciones o clases tradicionales. Rompe barreras, capacitando a personas de todo el mundo y ofreciendo igualdad de oportunidades a todos los estratos socioeconómicos».

«La educación te permitía convertirte en la mejor versión de ti mismo, descubriendo tus intereses, fortalezas y tu lugar en el mundo, haciéndote sentir completo y consciente de ti mismo».

Habíamos hablado con muchos niños y gente en el viaje al Chocó; todos querían superarse, ser futbolistas, abogados… Si solo podíamos enseñar algo… No puedo olvidar lo rápido que Sofía, una niña del Chocó, había aprendido a leer. El interés y las ganas motivaban a estudiar. Ella seguiría estudiando sola… y ya habíamos sembrado una semilla. Queríamos sembrar semillas de vida, esperanza y amor. Pero ¿quién puede estudiar solo? Los ricos. ¿Los pobres no nacieron pa semilla? ¡Nooo! Nosotras íbamos a cambiar eso, así solo fuera en colectivos pequeños. Compramos bolis, cuadernos, de todo… La maleta pesaba.

Esa misma tarde preparábamos las maletas y nos íbamos a Ecuador, sin un peso y con cuero que habíamos comprado para elaborar pulseras y collares para vender, y por supuesto ropa para intercambiar por comida, por abrazos y por amor. Queríamos desarrollar el pensamiento crítico y fomentar el crecimiento personal y social. Nuestro objetivo era preparar a las personas para el mercado laboral, promover la responsabilidad cívica y fomentar el aprendizaje a lo largo de la vida de todas las personas que se cruzaban en nuestro camino.

Había acabado el bachillerato y tenía unos días libres antes de decidir qué haría con mi vida… si ser periodista (lo más seguro), estudiar teatro o sociología o nada… A los 19 años no sabes nada; yo solo sabía brillar y conectar con animales y con algunas personas.

Habíamos decidido partir el 2 de septiembre de 1992. La situación en Colombia seguía horrible; cada día había más bombas y más atentados. Cuando fui a casa a hablar con mi clan familiar, mi mamá se agarraba la cabeza, mi yaya se fumaba cuatro cigarros seguidos y decía: «A ver, vamos a bajar el volumen. Y cada una que hable por turnos». Mari iba de un lado a otro y decía: «¿A dedo? Las dos solas no me parece». Ya soy mayor de edad, y se ofreció a pagarnos el bus a Quito, pero nosotras queríamos salir desde Pasto. Entonces mi tía Mari nos llevaba a la estación de bus. Esa misma tarde me despedía llorando, abrazada a mi mamá y a todas… Las amaba y siempre las extrañaba. «¡Hágale!», gritando antes de salir de casa. Y decíamos:

«La educación mejora las oportunidades futuras al aumentar la empleabilidad, incrementar el potencial de ingresos y proporcionar una base para el crecimiento personal y profesional. Abre las puertas a empleos mejor remunerados y a nuevas actividades educativas».

Mi mamá nos había insistido en que no fuéramos solas, que invitáramos a un hombre que nos ayudara en situaciones de emergencia. ¡Nada! Viajábamos solas. ¡Decidido! Mi niña interior no estaba de acuerdo tampoco y me daba vueltas la cabeza… pero los hombres nos hacían perder el tiempo. Yo no me enamoraba de nadie, solo de la luna y del bostezo del viento; amaba la libertad.

Hacía un calor espantoso en la estación de bus, había muchas moscas. Yo odiaba esperar el bus; era más lento que el camión o que un autostop que visualizamos. Después de tres horas nada que salíamos; nadie nos daba plata cuando cantábamos. Nuestra experiencia consistía en viajar sin dinero e intercambiar. Al final me cansaba y fuimos a cambiar el billete por dinero y nos largábamos en carro: 1, 2, 3 y… ¡Conjuro! 1, 2, 3 y… camioneta azul, obviamente visualizada, tipo jeep. ¡Con terraza para nosotras! Nosotras le llamábamos a ir en la parte de atrás «ir en trono». Y ahí íbamos directo a Pasto en carro, dos chicas arquitectas morenas, las dos serias y menos mal no muy preguntonas. Siempre todos nos decían al agarrar un carro, camión o bus que: «¡Ay, tan pequeñas! ¿11 años? ¿12? ¡Ay, pobrecita, tan expresivas!» (teníamos 19…). «¡Ay, qué alegría llevar, parecen duendes! ¡Ay, qué belleza!». Pero lo de «expresivas» todos… Nunca entendimos por qué. Tal era la manera de agrupar la libertad y la felicidad que emanábamos. No sé, algo muy raro.

Iniciábamos el viaje a Ecuador con el viento en la cara y cacahuetes en los bolsillos (sin un peso…) y ¡hágale! Queríamos integrar amor y educación en toda la sociedad.


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