Por redacción El Periódico de la Psicología
Hay una escena que se repite cada vez más en los autobuses, en las salas de espera, en las mesas de los bares. Alguien mira el móvil y suelta una pequeña risa. A veces es un meme. A veces es un comentario ingenioso, de esos que se comparten miles de veces. A veces es un vídeo de alguien ridiculizando a otro. La risa es breve, casi automática. Y en ese gesto mínimo, casi imperceptible, ocurre algo que debería preocuparnos: el odio acaba de colarse en la conversación sin que nadie haya tenido que levantar la voz.
La normalización del odio en redes sociales no se parece a una manifestación con antorchas. Se parece más a eso: a un chiste que se repite hasta que deja de doler. A una caricatura que se comparte porque “solo es humor”. A una frase hecha que se cuela en la sobremesa y ya nadie cuestiona. Y lo que es más inquietante: sus efectos psicológicos no siempre se ven a simple vista, pero dejan marca.
El mecanismo silencioso de la repetición. Los investigadores que estudian este fenómeno han identificado tres engranajes que hacen que el odio se vuelva paisaje cotidiano en nuestras pantallas. El primero es algorítmico: las plataformas premian la interacción, y nada genera más interacción que la provocación o la indignación . No hace falta que una red social promueva deliberadamente el discurso de odio. Basta con que el contenido genere respuestas. Cuanto más polémico, más visible. Y cuanto más visible, más normal.
El segundo engranaje es social. La adolescencia y la juventud son etapas en las que la pertenencia al grupo pesa enormemente. Compartir un meme, reír una broma o repetir una expresión viral no siempre implica adhesión consciente a lo que se está diciendo. Muchas veces responde a la necesidad de encajar, de formar parte del código común . Pero ese gesto, multiplicado por miles, legitima el mensaje.
El tercero es el más peligroso porque es el más silencioso: la repetición. Cuando una misma idea aparece una y otra vez en distintos formatos, pierde capacidad para generar rechazo. Lo que al principio alertaba, ofendía o incomodaba, termina formando parte del paisaje digital. Se vuelve normal . Y lo normal, por definición, no se cuestiona.
Lo que la risa tapa. Un estudio reciente sobre espectadores jóvenes de discurso de odio en redes sociales encontró algo revelador: la mayoría de los participantes, al presenciar estos contenidos, no experimentaba emociones intensas de rechazo. Sentían que el discurso era “innecesario” o “infantil”, y su reacción más común era la de distanciarse o ignorar . Esa indiferencia aprendida tiene un nombre técnico: desensibilización. La exposición repetida a un estímulo termina embotando la respuesta emocional ante él.
El problema es que esa coraza no protege solo del contenido dañino. También nos vuelve menos sensibles al dolor ajeno. Y ahí es donde lo psicológico se vuelve profundamente humano.
Pensemos en quien recibe ese odio. Los datos son tozudos: las personas LGTBIQ+, los migrantes, las mujeres, las minorías religiosas aparecen con frecuencia como objeto de burla o estereotipo en contenidos que circulan masivamente . Para quien pertenece a uno de esos grupos, la exposición constante no es un ejercicio intelectual sobre la libertad de expresión. Es una erosión lenta de la autoestima, un aumento de la ansiedad, una sensación de que el mundo digital —que es también el mundo real— no es un lugar seguro.
Un psicólogo que coordina grupos de acompañamiento para jóvenes LGTBIQ lo explicaba con una claridad que duele: cuando los jóvenes están expuestos a tanto odio, esas ideas empiezan a meterse dentro de ellos y los convencen de que tienen algo que está mal . No es una metáfora. Es el mecanismo por el que un comentario “gracioso” se convierte, en la cabeza de quien lo recibe mil veces, en una confirmación de que el problema es uno mismo.
La comunidad que también cura. Sería injusto, sin embargo, reducir la historia a una sola cara. Las mismas redes que amplifican el odio han sido, para muchas personas, el primer lugar donde encontraron un espejo. Marta Alonso, una chica trans de 24 años, lo contaba así: las redes sociales fueron una ventana al mundo que quería conocer, el mundo trans . Antes de poder hablar de sí misma en su ciudad, encontró en Instagram, YouTube y TikTok las historias de otras personas como ella. Ese refugio también existe. Es real. Y es parte de la misma herramienta que, con otra configuración, puede volverse hostil.
La diferencia entre una red que cura y una que hiere no es tecnológica. Es de diseño, de moderación, de intención. Y también de educación.
Lo que podemos hacer con la mirada. Hay una campaña reciente que propone algo sencillo y difícil a la vez: cambiar el discurso para cambiar la mirada . Propone detenerse unos segundos antes de compartir, comentar o repetir determinados mensajes. Preguntarse qué hay detrás de esa frase que empieza con “no tengo nada en contra, pero…”. Ese pequeño gesto de pausa es, quizá, la única defensa real contra la normalización.
Porque el odio normalizado no se combate solo con leyes ni con moderación algorítmica, aunque ambas sean necesarias. Se combate, sobre todo, recuperando la capacidad de incomodarse. De mirar un meme que ridiculiza a alguien y no reír. De escuchar una broma que señala a un colectivo y decir, sin grandilocuencia, que no tiene gracia.
Las pantallas nos devuelven cada día un reflejo de lo que somos. La pregunta es si estamos dispuestos a mirarlo con atención, sin la anestesia de la costumbre. La salud mental de quienes reciben ese odio —y, en cierto modo, la nuestra— depende de que sigamos siendo capaces de sentir que algo, en efecto, está mal.
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