Por Redacción El Periódico de la Psicología
Italia ha vuelto a poner el foco sobre el teléfono móvil en las aulas. La medida, que prohíbe su uso en clase desde infantil hasta secundaria de primer grado incluso con fines didácticos, ha reavivado un debate que corre el riesgo de simplificarse hasta la caricatura. Porque hay una frase que se repite estos días y que conviene mirar con calma: que el móvil produce un daño “como la cocaína”.
La comparación no es nueva. El ministro de Educación, Giuseppe Valditara, ya la utilizó en 2022, y se apoya en un informe del senador Andrea Cangini que habla de “idénticas implicaciones químicas, neurológicas, biológicas y psicológicas” entre la dependencia al smartphone y la cocaína . La imagen es potente, casi cinematográfica. Pero la neurociencia, cuando se la mira de cerca, cuenta una historia bastante menos dramática y, quizá por eso, más incómoda.
La dopamina no es un veneno. El argumento de fondo es que el móvil activa el circuito de recompensa del cerebro del mismo modo que una droga dura. Y hay una parte de verdad: cualquier experiencia placentera —nadar, leer, conversar, comer— libera dopamina. La tecnología lo hace también, situando esos niveles entre un 50% y un 100% por encima de lo normal. La cocaína, en cambio, los eleva alrededor de un 350%. La metanfetamina, hasta un 1.200% .
Esa diferencia no es un matiz menor. Es la diferencia entre un vaso de agua y una inundación. Quienes equiparan ambas cosas, señalan los investigadores, están comparando “el goteo de un grifo con una cascada” . El móvil puede enganchar, distraer, alterar el sueño y erosionar la atención. Pero convertirlo en un narcótico es un salto retórico que la evidencia no sostiene con esa contundencia.
Lo que la prohibición sí resuelve (y lo que no). La medida italiana tiene un fundamento razonable: en horario escolar, el teléfono distrae. El informe PISA y los datos de la UNESCO ya habían advertido que la mera proximidad de un dispositivo móvil deteriora el rendimiento, especialmente en matemáticas . Prohibirlo en clase es una decisión defendible desde el punto de vista pedagógico.
El problema aparece cuando se le pide a la prohibición algo que no puede dar. Un estudio de la Universidad de Birmingham, publicado en The Lancet Regional Health Europe, siguió a más de 1.200 adolescentes de entre 12 y 15 años en 30 escuelas inglesas. Comparó centros con políticas restrictivas y permisivas. El resultado fue incómodo para ambos bandos: las prohibiciones reducían el uso del móvil durante el horario escolar, pero no disminuían el tiempo total de pantalla, ni mejoraban el bienestar mental, el sueño, la actividad física o el rendimiento académico .
Dicho de otro modo: sacar el móvil del aula no lo saca de la vida del adolescente. Y si el problema es la relación que el chico construye con la pantalla —en el autobús, en su cuarto, en la cena familiar—, la escuela sola no puede resolverlo.
Una medida humana, no una cruzada química. Hay algo profundamente humano en el gesto de proteger a los niños de lo que los adultos intuimos como dañino. Los padres que temen que sus hijos se “descerebren” no son alarmistas irracionales: están respondiendo a un cambio tecnológico que ha llegado antes de que supiéramos medir sus efectos. La escuela italiana, al prohibir el móvil, también está diciendo algo simbólico: aquí, en este espacio, vamos a mirarnos a la cara.
Pero el humanismo no consiste en satanizar un objeto. Consiste en preguntarse qué está pasando con quienes lo usan sin medida. La investigadora Victoria Goodyear, autora principal del estudio de Birmingham, lo expresó con claridad: existe una relación entre más tiempo de pantalla y peores resultados en bienestar y salud mental, pero la solución no es simplemente bloquear los teléfonos .
Si el móvil es la cocaína, el adolescente es un adicto y la escuela un centro de desintoxicación. Esa metáfora puede movilizar voluntades, pero también puede cegarnos. Porque el chico que se encierra en su cuarto con el teléfono no suele estar “enganchado” a la dopamina: muchas veces está ansioso, triste, aburrido o solo. La tecnología, en muchos casos, no es la enfermedad: es el síntoma .
Italia ha decidido prohibir. Es su derecho, y probablemente sea útil en el aula. Pero el debate que de verdad importa no es si el móvil se parece o no a la cocaína. Es si estamos dispuestos a acompañar a los niños en el aprendizaje de estar desconectados sin sentir que se pierden algo. Eso no se hace con una circular. Se hace con tiempo, con presencia y con una conversación que ningún decreto puede sustituir.
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