El Periódico de la Psicología Barcelona a 7/02/2026 info@elperiodicodelapsicologia.info T +34 675763503 Humanistas
A veces, el problema no está en el mapa, sino en cómo te enseñaron a mirarlo. No en la brújula, sino en la voz interior que te susurra que, sin importar hacia dónde gires, el norte no está hecho para ti. Muchos estudiantes cargan con la certeza silenciosa de que no van a sobresalir, y esa creencia no nace de la pereza o la falta de sueños.
Nace de lugares profundos y reales.
Primero, está el eco de los demás. A veces, una palabra mal dicha por un profesor, un «esto no es lo tuyo» disfrazado de consejo, o la simple comparación constante con el «alumno estrella», se clava como un guante.
El estudiante no solo lucha con la ecuación de segundo grado; lucha con la etiqueta que alguien más le pegó en la frente. Se convierte en el «lento», el «distraído», y al final, hasta él mismo firma ese contrato invisible: «Si todos lo creen, será verdad».
Luego, está el laberinto sin salida propio. Imagina entender las instrucciones de un juego, pero no poder mover las piezas como los demás. Para algunos, las letras bailan en la página. Para otros, la ansiedad antes de un examen no es un nervio sano; es una pared de niebla que borra todo lo estudiado. Son batallas internas que se libran en silencio, mientras afuera suena la campana del recreo y todos parecen seguir el ritmo.
¿Cómo vas a creer que puedes ganar una carrera cuando sientes que estás atado de pies y manos?
Está también el peso del mundo afuera. La cabeza debe estar en los libros, pero el corazón está en casa, donde hay preocupación, ruido o soledad. La energía para soñar con el futuro se gasta en sobrevivir al presente. ¿De qué sirve esforzarse por un título lejano cuando la urgencia es ayudar a poner comida en la mesa o cuidar a un hermano? En esos casos, «sobresalir» no es una ambición, es un lujo que parece no corresponderles.
Y no olvidemos el sistema, ese gran molde. Hay mentes brillantes que no piensan en líneas rectas, que no florecen bajo luces fluorescentes escuchando monólogos de una hora. Son artistas, inventores, solucionadores prácticos, soñadores. Pero si la única medida del éxito es un examen estandarizado, ellos no miden nada. Se convencen de que su inteligencia, diferente, es inteligencia equivocada. El sistema les dice «ajústense», y ellos leen «no son suficientes».
Finalmente, está el miedo más humano de todos: el miedo a decepcionar. A quererlo tanto, a esforzarse tanto, y aun así fracasar. Entonces, ¿para qué intentarlo? Es menos doloroso no despegar nunca que caerse desde la mitad del vuelo.
La desmotivación, muchas veces, es solo un corazón protegiéndose de otra herida.
Pero aquí está el secreto que a menudo se les escapa: esa sensación de no poder sobresalir casi nunca es un diagnóstico, sino un síntoma. Un síntoma de no haber encontrado aún su propia voz, su propio método, su propio ritmo. O de no haber tenido a alguien que les tendiera la mano no para jalarlos, sino para ver realmente la montaña que ellos ven y decirles: «Vamos, hay más de un camino. Yo camino contigo».
La próxima vez que veas a un estudiante resignado, pregúntate qué historia carga en la mochila. Porque detrás de un «no puedo» casi siempre hay un «no sé cómo», un «tengo miedo» o un «nadie cree que yo sí pueda». Y cambiar esa creencia no es cuestión de repetirle «tú puedes» como un mantra vacío. Es cuestión de cambiar el terreno, de ofrecer herramientas distintas, de escuchar su silencio.
Al fin y al cabo, toda semilla necesita su suelo adecuado para romper el asfalto y llegar al sol. El problema no es la semilla. Nunca lo fue.
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