El Periódico de la Psicología Barcelona 10/01/2026 info@elperiodicodelapsicologia.info +34 675763503 Teléfono
“Por fuera parezco segura, pero por dentro un pequeño coro canta: ‘Eres terrible en esto’, ‘Vas a meter la pata’, ‘Lo tuyo es suerte, no habilidad’” — Sandy Clancy, estudiante universitaria que describe su experiencia con el síndrome del impostor.
Imagina este escenario: has sido seleccionada para un prestigioso puesto, recibes elogios por un proyecto complejo o alcanzas una meta que parecía imposible. En lugar de celebrarlo, una voz interna susurra: «Fue un golpe de suerte», «Ya descubrirán que no estoy a la altura», «¿Y si soy un fraude?». Esta experiencia, lejos de ser una rareza, es sorprendentemente común y tiene nombre: el síndrome del impostor.
Lejos de ser un diagnóstico clínico oficial, este «síndrome» o fenómeno describe una experiencia psicológica compartida por millones: la incapacidad persistente de atribuirse los logros propios, acompañada del miedo constante a ser «desenmascarado» como un incompetente.
¿Quién se siente impostor? Una epidemia silenciosa
Las cifras revelan la magnitud del fenómeno. Estudios en el ámbito médico, donde la presión es intensa, muestran que entre el 30.6% y el 75.9% de los estudiantes y entre el 23.5% y el 50% de los profesionales en ejercicio experimentan estos sentimientos con frecuencia. Una investigación más amplia sugiere que hasta el 70% de las personas lo experimentan al menos una vez en la vida.
Aunque afecta a todos los géneros, impacta desproporcionadamente a las mujeres. Un estudio de KPMG encontró que tres de cada cuatro ejecutivas lo han vivido en algún momento de su carrera. Ana Sánchez de Miguel, directiva de Recursos Humanos, observa esta diferencia: es más anecdótico ver a un hombre dudar de su capacidad para un reto, mientras que es frecuente que una mujer reaccione con un «no sé si podré».
Este patrón tiene raíces sociales. La psicóloga Lucía Crivelli explica que «la cultura del éxito de la mujer no está tan integrada en la sociedad como la del hombre», con menos referentes en familias, grupos de amigos y todos los sectores. Los estereotipos de género interiorizados desde la niñez juegan un papel clave: tradicionalmente, a las niñas se las educa en un perfil bajo, cuidadoso y de apoyo, mientras que a los niños se los alienta a ser fuertes y competitivos.
La máscara de la competencia: síntomas y tipos
¿Cómo se manifiesta? No es simple inseguridad pasajera. El fenómeno del impostor se caracteriza por un patrón cíclico y autosostenido de pensamiento.
Minimización de logros: Atribuir el éxito a la suerte, al momento oportuno o a que «los demás no se dieron cuenta».
Miedo paralizante al error: Ver cualquier equivocación, por pequeña que sea, como la prueba definitiva de la propia incompetencia.
Perfeccionismo tóxico: Establecer estándares tan altos que son inalcanzables, lo que garantiza una sensación constante de fracaso.
Incapacidad para aceptar elogios: Responder a un cumplido con frases como «no es para tanto» o «cualquiera lo habría hecho».
La experta Valerie Young ha categorizado estas manifestaciones en cinco tipos de «impostores»:
Tipo de Impostor
Característica Principal
Miedo Subyacente
El Perfeccionista
Establece metas irrealmente altas. Nunca está satisfecho.
A no ser «el/la mejor».
El Experto
Cree que nunca sabe lo suficiente. Busca constantemente más certificaciones.
A ser expuesto por falta de conocimiento.
El Genio Natural
Mide su valía por la facilidad y rapidez para lograr cosas.
A que un esfuerzo significativo revele su falta de talento.
El/La Superhéroe/eína
Cree que debe poder con todo, asumiendo exceso de trabajo.
A no poder cumplir con todas las expectativas (propias y ajenas).
El/La Individualista
Evita pedir ayuda a toda costa.
A que pedir apoyo sea visto como un signo de debilidad o incompetencia.
El alto costo emocional y profesional
Más allá del malestar interno, este fenómeno tiene consecuencias tangibles. Investigaciones recientes lo vinculan directamente con problemas de salud mental. Un estudio de 2025 encontró una correlación moderada y significativa entre altas puntuaciones en el síndrome del impostor y síntomas de depresión y ansiedad. Los participantes con este síndrome tenían 3.5 veces más probabilidades de presentar síntomas depresivos y 2.9 veces más de sufrir ansiedad.
En el plano laboral, las consecuencias son igualmente serias:
Parálisis profesional: Evitar nuevos retos, promociones o puestos de liderazgo por miedo al fracaso.
Agotamiento (burnout): El esfuerzo sobrehumano para compensar la supuesta «incompetencia» lleva al agotamiento emocional extremo.
Brechas salariales: Las mujeres que lo padecen tienden a aceptar salarios más bajos, no solicitan aumentos y se conforman con menos ascensos que colegas masculinos de similar valía.
De la duda a la acción: estrategias para gestionarlo
Superar este patrón de pensamiento no se trata de «fingir seguridad», sino de construir una autopercepción más justa y basada en la evidencia. Expertos y quienes lo han vivido proponen caminos concretos:
Romper el silencio citation: Hablar de ello es el antídoto más poderoso. Compartir estos sentimientos con colegas de confianza revela, casi siempre, que no estás solo/a. «Cuando sabes que otros también navegan esa duda, la carga se aligera», comenta una periodista.
Separar el sentimiento del hecho: «Una cosa es cómo me siento y otra la realidad», señala el psicólogo Javier Álvarez. Él recomienda hacer una lista objetiva de logros, habilidades y elogios recibidos para confrontar la narrativa interna catastrófica con datos reales.
Reenmarcar el diálogo interno: Tratarse con la misma amabilidad que se trataría a un amigo. Sandy Clancy sugiere preguntarse: «¿Le diría a mi mejor amiga que es una fraude que no merece nada de lo que ha logrado? Entonces, ¿por qué me lo digo a mí?».
Aceptar la curva de aprendizaje: La Dra. Crivelli insiste en «resignificar el error como parte del proceso». Nadie nace sabiéndolo todo. Asumir nuevos retos implica una fase de aprendizaje, no una prueba de valía innata.
Buscar mentores y modelos diversos: Tener referentes que hayan experimentado dudas similares, especialmente para mujeres y minorías en entornos tradicionalmente masculinos o homogéneos, ayuda a normalizar la experiencia y a visualizar el éxito propio.
El fenómeno del impostor es, en el fondo, una distorsión de la humildad. No es un defecto del individuo, sino a menudo un síntoma de entornos que glorifican la perfección inalcanzable y penalizan la vulnerabilidad. Reconocerlo, nombrarlo y compartirlo es el primer paso para desactivar su poder. Como concluye la periodista Laura Helmuth: «Nunca desaparece del todo, pero aprendes que cada vez que empiezas algo nuevo y te enfrentas a él, en realidad estás creciendo».
Al final, quizás la mayor ironía es que quienes más temen ser impostores, son precisamente aquellos con la competencia, la autocrítica y la motivación que los hacen auténticos y valiosos profesionales. El desafío no es eliminar la duda, sino dejar que conviva sin que gobierne nuestras decisiones.
www.elperiodicodelapsicologia.info medio de comunicación especializado y Humanista ISSN 2696-0850 Periódico