La epidemia silenciosa: Vivir en un Mundo que nos hace sentir frágiles

El Periódico de la Psicología Barcelona a 10/03/2026 medio de comunicación especializado y Humanista +34 675763503

Hay días en los que el mundo parece estar hecho de cristal. Y nosotros, intentando caminar sobre él con zapatos de plomo. No es una metáfora vacía; es la realidad palpable que me transmiten en la consulta, que leo entre líneas en las redes, que susurran las conversaciones en la calle.
Una sensación sorda, persistente, de vulnerabilidad permanente. No es el miedo agudo a un peligro concreto, sino la zozobra difusa de saberse permanentemente al borde de algo.

¿De qué está hecha esta fragilidad moderna?
No nace de la nada. Teje sus hilos con la constante información de las malas noticias que llegan a nosotros sin filtro.

Con la exigencia social de ser perfectos, felices y productivos las 24 horas. Con la incertidumbre económica que anida en nosotros. Con la hiperconexión que, paradójicamente, nos deja más solos que nunca, mirando vidas editadas que nos hacen sentir insuficientes.

Nuestro sistema nervioso, diseñado para alertas puntuales (un ruido en la noche, la huida de un depredador), está ahora en un estado de alerta crónico. La amenaza ya no tiene forma de lobo, sino de titular, de correo sin contestar, de comparación inevitable, de futuro incierto. El cuerpo lo siente: tensión en los hombros, sueño interrumpido, un cansancio que el café no alcanza a disolver.

Desde la psicología humanista, entendemos esto no como una patología individual, sino como una respuesta lógica a un contexto deshumanizador. Nos han vendido la idea de que debemos ser resilientes, como si fuera una cualidad infinita e individual. Pero la resiliencia no es una roca inamovible; es más bien un junco que se dobla. Y hasta el junco más flexible puede quebrarse si el viento sopla con demasiada fuerza, demasiado tiempo.

¿Qué hacer entonces? ¿Cómo encontrar un suelo firme cuando todo parece movedizo?
La respuesta no está en un decálogo mágico, sino en un cambio de perspectiva. Un regreso a lo humano, a lo tangible:
Reconocer la emoción sin fusionarse con ella. Decir «me siento vulnerable» en lugar de «soy vulnerable». Es una diferencia crucial. La emoción es un estado, no una identidad.
Escribirlo, nombrarlo en voz alta ante un ser querido, le quita parte de su poder fantasmal.

Anclar en el cuerpo. La vulnerabilidad se vive en la mente, pero se combate desde la fisicidad.
Respirar conscientemente, sentir los pies en el suelo, el agua caliente en la ducha. El yoga, un paseo sin prisa, abrazar a alguien. Son actos de rebelión que nos devuelven al «aquí y ahora», lejos de las catástrofes imaginadas del «mañana».

Cultivar el refugio relacional. Buscar—y crear—espacios seguros. Esas conversaciones donde no hay que fingir, donde se puede decir «estoy cansado» o «tengo miedo» sin recibir un discurso motivacional como respuesta.
La vulnerabilidad compartida deja de ser un peso para convertirse en un vínculo.

Limitar la intoxicación informativa. No se trata de ignorar el mundo, sino de dosificar su dolor. Elegir un momento del día para informarse, de fuentes serias, y luego cerrar la ventana. El mundo seguirá girando, y nosotros podremos respirar para poder enfrentarlo con mayor claridad.

Redefinir la fortaleza. La verdadera fortaleza no es la armadura impenetrable. Es la valentía de sentirse frágil y seguir adelante. Es la decisión de cuidarse, de poner límites, de pedir ayuda. Es, en última instancia, la aceptación profunda de que ser humano implica, inevitablemente, ser vulnerable.

Esta sensación de fragilidad no es un signo de debilidad colectiva. Quizás sea, al contrario, un sistema de alarma profundamente humano que nos está diciendo que algo en nuestra forma de vida nos está lastimando. Escuchémoslo. No para hundirnos en él, sino para construir, desde esa verdad incómoda, una existencia más amable, más lenta, más conectada con lo que realmente nos sostiene.

Porque al final, lo único que puede calmar la vulnerabilidad de un mundo de cristal no es endurecerse, sino aprender a caminar con una cuidadosa y compartida dulzura.

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