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Imagina por un momento que estás en una cafetería. Ves el vapor que asciende de tu taza, sientes el calor en las manos, escuchas el murmullo de las conversaciones de fondo. Todo esto, esa experiencia unificada y rica que llamamos «realidad», es el producto de aproximadamente ochenta y seis mil millones de neuronas disparando señales eléctricas en tu cerebro. La pregunta que llevamos siglos haciéndonos es: ¿cómo es posible? ¿Cómo la materia biológica se convierte en la magia de la conciencia?
Durante el siglo XX, la psicología primero abrazó la introspección, luego la conducta observable, y más tarde la complejidad de los procesos cognitivos. Pero en las últimas décadas, ha surgido un invitado inesperado en esta conversación: la física cuántica. Y no, no hablamos de esas teorías de auto ayuda que afirman que «pensar positivo dobla la realidad», sino de un frente de investigación serio, aunque profundamente especulativo, que sugiere que para entender la mente, quizás tengamos que dejar de pensar en el cerebro como una máquina clásica y empezar a verlo como un sistema cuántico.
Para entender el revuelo, tenemos que asomarnos a ese mundo extraño que es la mecánica cuántica. En nuestra vida cotidiana, un objeto está aquí o está allá. Una neurona, en términos clásicos, se activa (dispara un impulso) o no se activa. Es un sistema binario, limpio y predecible. En el mundo cuántico, sin embargo, las reglas cambian. Una partícula no tiene una posición fija hasta que es observada; existe en un estado de «superposición», una nube de probabilidades simultáneas.
El neurocientífico y físico teórico Henry Stapp, uno de los padres de esta idea, sugirió que esto podría no ser una simple analogía, sino la realidad física del cerebro. ¿El punto crítico? Las sinapsis. Para que una neurona se comunique con otra, debe liberar neurotransmisores mediante la apertura de canales iónicos. Estos canales son tan increíblemente pequeños que el movimiento de un solo ion de calcio puede ser el factor determinante para que el mensaje se transmita o no. Según el principio de incertidumbre de Heisenberg, a esa escala, no podemos saber con exactitud hacia dónde irá ese ion. Es una decisión cuántica . Es como si el cerebro, en su nivel más íntimo, no operará con certezas, sino con tendencias.
El experimento del agua y el «negociador» invisible.
Sin embargo, lo que ha sacado este debate de los despachos teóricos para ponerlo en primera plana son experimentos recientes, como los realizados por el equipo de Christian Kerskens y David López Pérez en el Trinity College de Dublín.
El experimento es tan bello como desconcertante. Utilizaron un escáner de resonancia magnética convencional para observar el cerebro, pero buscaban algo muy particular: señales de entrelazamiento cuántico entre los protones de hidrógeno del agua cerebral. Para entenderlo, usaron una herramienta prestada de la física teórica, diseñada para buscar «gravedad cuántica», donde un intermediario desconocido conecta dos sistemas conocidos.
Y encontraron algo que no debería estar ahí si el cerebro fuera un sistema puramente clásico. Detectaron un entrelazamiento entre protones. Para que esto ocurra, debe haber un «mediador» que los conecte. Su hipótesis es que ese mediador son los procesos cerebrales asociados a la conciencia.
La anécdota es maravillosa: la clave del descubrimiento llegó por accidente, cuando un voluntario se quedó dormido dentro del escáner. La señal de entrelazamiento, que era clara mientras estaba despierto, se desvaneció por completo al dormirse y regresó al despertar. Es como si la conciencia, ese «yo» que nos habita, fuera capaz de orquestar una danza cuántica que cesa cuando nos apagamos.
Un diálogo con los fantasmas del pasado
Claro está, no todos en la comunidad científica aplauden estas ideas. Durante años, el principal argumento en contra ha sido la «no coherencia». El cerebro es un lugar caliente, húmedo y ruidoso. Los sistemas cuánticos son extremadamente frágiles; mantener una superposición o un entrelazamiento en ese entorno sería como intentar escuchar el susurro de una hoja cayendo en medio de un concierto de rock. Los físicos clásicos argumentan que cualquier efecto cuántico colapsaría en mil billonésimas de segundo, siendo irrelevante para la cognición.
Y sin embargo, la historia de la ciencia nos enseña que lo «imposible» a veces solo es cuestión de perspectiva. El debate actual nos recuerda a las famosas discusiones entre Einstein y Bohr, o la inesperada colaboración entre el físico Wolfgang Pauli y el psicoanalista Carl Jung. Jung y Pauli exploraron la idea del «monismo neutral»: la materia y la mente no serían dos sustancias separadas, sino dos aspectos de una misma realidad subyacente, que se manifiestan a través de patrones (los arquetipos en la mente, las leyes en la materia). Pauli llegó a decir que la «observación» en la física cuántica ofrecía una analogía perfecta para entender cómo lo mental emerge de un trasfondo indeterminado.
¿Hacia una nueva psicología? Para los psicólogos, estas preguntas no son una frivolidad. Si el cerebro tiene propiedades cuánticas, el «observador» deja de ser un sujeto pasivo que procesa información para convertirse en un participante activo en la construcción de la realidad. Esto tiene implicaciones profundas.
Pensemos en la plasticidad cerebral. Sabemos que la terapia, la atención sostenida o la meditación pueden cambiar físicamente la estructura de nuestro cerebro. Stapp sugiere que esto podría explicarse mediante el «efecto Quantum Zeno»: el acto de prestar atención de forma reiterada («observar» un pensamiento) podría «congelar» un estado cerebral, manteniendo activos ciertos circuitos neuronales que refuerzan esa conducta o emoción, permitiendo que el cambio se consolide. La voluntad, algo tan escurridizo para la psicología científica, encontraría así un hueco en las leyes de la naturaleza.
Por supuesto, estamos ante una hipótesis audaz. Hay más preguntas que respuestas. Pero hay algo profundamente humano en esta búsqueda. Como señalaba el doctor López Pérez en una entrevista, «la conciencia es algo que no se entiende» con la física clásica . Si queremos entender por qué duele una pérdida, por qué sentimos la música en el pecho, o qué es esa luz que se apaga en la mirada de un paciente con Alzheimer, quizás necesitemos aceptar que el órgano que genera esas experiencias opera con una lógica tan extraña y maravillosa como la propia experiencia.
Mientras tomamos el café, viendo ese vapor ascender, nuestro cerebro está, quizás, jugando a ser dos cosas a la vez. Y en esa danza de lo infinitesimal, reside el mayor de los misterios: nosotros mismos.
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