La música que nos habita: más allá de las notas, un encuentro con nosotros mismos

El Periódico de la Psicología 01/04/2026 Bcn www.elperiodicodelapsicologia.info info@elperiodicodelapsicologia.info

Hay una escena que tiendo a recordar cada vez que alguien menciona la palabra “neuromúsica”. No es una imagen de una resonancia magnética ni un gráfico de curvas de activación cerebral. Es la imagen de mi abuela María, sentada al piano de pared en aquel salón de invierno, con los ojos cerrados, moviendo ligeramente los hombros mientras sus dedos, ya nudosos por los años, encontraban el camino de un Chopin que nunca estudió en conservatorio, sino que heredó de oído de su propia madre. Ella no sabía nada de corteza prefrontal, ni de plasticidad sináptica, ni de amígdalas cerebrales. Y sin embargo, ella sabía, con una sabiduría que ningún artículo científico podrá jamás superar, que la música era capaz de devolverle la paz en los días más oscuros.

Hoy, las neurociencias nos hablan con un lenguaje fascinante. Sabemos que cuando escuchamos una pieza que nos conmueve, se activan redes neuronales que involucran el sistema límbico, el núcleo accumbens y la corteza auditiva en un diálogo tan rápido como íntimo. Sabemos que la música libera dopamina, esa molécula de la recompensa y el deseo, y que incluso puede modular nuestra frecuencia cardíaca o la liberación de cortisol. Sabemos, en definitiva, que la música nos atraviesa como un estímulo sonoro capaz de dejar una huella medible en nuestra biología.

Pero permítanme que lo diga con toda la intención: si reducimos la experiencia musical a eso, si nos conformamos con decir que “la música activa el circuito de recompensa”, estaremos cometiendo un error de perspectiva tan grande como el de quien pretendiera explicar un poema de Benedetti únicamente a través de las reglas de la sintaxis. Porque la música, queridos lectores, no solo se escucha: se habita. Y habitarla es un acto profundamente humano, quizás de los más humanos que existen.

No es casualidad que los psicólogos nos encontremos cada vez más con ella en las consultas. Detrás de un adolescente que conecta sus auriculares para construir un muro contra un mundo que le duele, hay una estrategia de regulación emocional que ningún manual de habilidades sociales enseña tan bien. Detrás de una madre que canta una nana mientras acuna a su bebé, hay un fenómeno de sincronización fisiológica y emocional que precede a cualquier palabra. Detrás de un grupo de ancianos que, en un taller de musicoterapia, recuperan fragmentos de canciones de su juventud, hay una resistencia contra el olvido, una afirmación de identidad que ningún fármaco puede replicar.

He visto, en mi trabajo como terapeuta, a personas con afasia después de un ictus encontrar en la melodía una vía de expresión cuando las palabras se habían quedado atrapadas. He visto a niños con dificultades en la vinculación afectiva permitir, por primera vez, una mirada compartida mientras un adulto marcaba el ritmo con su cuerpo al son de una canción sencilla. He visto a pacientes con Alzheimer reconocer a sus seres queridos no en el nombre, sino en la emoción que despertaba aquella canción que bailaron en su boda. Y en todos esos casos, lo que estaba ocurriendo era algo que, aunque hoy podemos describir con términos como “neuroplasticidad” o “conexiones subcorticales preservadas”, en el fondo sigue siendo un misterio tan profundo como la propia vida.

Por eso, cuando se habla de neuromúsica, me preocupa que a veces se imponga un relato excesivamente tecnológico. Como si el valor de la música dependiera de su capacidad para optimizar nuestro rendimiento, para mejorar nuestra concentración mientras trabajamos, para inducir determinados estados de ánimo como quien toma una cápsula de probióticos. No nos engañemos: la música también puede hacer todo eso, pero si nos quedamos en ese nivel de utilidad, la estamos empobreciendo. Es como si quisiéramos reducir el amor a una descripción neuroquímica: cierto, hay oxitocina, hay activación de la ínsula, hay una disminución de la actividad en la amígdala… pero ¿acaso eso explica la experiencia de mirar a los ojos de la persona amada y sentir que el tiempo se detiene?

La psicología, en su mejor versión, es la disciplina que nos recuerda que somos cuerpo, pero también biografía; que somos neuronas, pero también historia; que somos impulsos, pero también sentido. Y la música, quizás más que ninguna otra forma de expresión humana, habita exactamente ese umbral. Es un fenómeno físico, ondas sonoras que se propagan por el aire, que mueven el tímpano y desencadenan potenciales de acción en nuestro sistema nervioso. Pero es también un fenómeno de memoria, de cultura, de afecto, de deseo, de duelo, de encuentro con los otros. Cuando escuchamos aquella canción que sonaba en los momentos decisivos de nuestra vida, no solo escuchamos notas: nos escuchamos a nosotros mismos en un tiempo que creíamos perdido.

Y quizás de eso se trata, al final, cuando hablamos de la relación entre música y psiquismo. No de domesticar la música al lenguaje frío de los gráficos, sino de entender que esa capacidad de conmovernos, de evocarnos, de abrirnos un espacio de intimidad en medio del ruido del mundo, es uno de los recursos más valiosos que tenemos para sostenernos en la existencia. Porque hay verdades que solo se pueden decir con un acorde. Hay duelos que solo se pueden transitar con una melodía que nos acompañe. Hay encuentros con uno mismo que solo ocurren cuando dejamos que la música nos habite sin pedirle explicaciones.

Así que, cuando piensen en neuromúsica, no se queden solo con la idea del cerebro. Piensen también en esa abuela al piano, en ese adolescente con sus auriculares, en esa nana que se transmite de generación en generación. Piensen en que la música nos recuerda algo esencial: que antes de ser pensantes, somos sensibles. Que antes de ser eficientes, somos vulnerables. Y que en esa vulnerabilidad compartida, cuando una canción nos atraviesa y nos damos cuenta de que otro también la siente, encontramos quizás el mejor antídoto contra la soledad que nuestra época parece imponernos.

Porque la música, al fin y al cabo, no es un fenómeno que ocurra en nuestro cerebro. Es un fenómeno que ocurre entre nosotros. Y de eso, aunque a veces lo olvidemos, trata la psicología: de entender cómo nos constituimos en el vínculo, cómo nos sostenemos en la comunidad, cómo nos encontramos —aunque sea por unos instantes— en esa vibración compartida que llamamos música.

Ahí, en ese encuentro, hay más ciencia de la que cualquier laboratorio pueda capturar. Y también, claro está, hay más humanidad. Que no se nos olvide.

José Luis Martínez
Psicólogo y psicoterapeuta. Colaborador del Instituto de Música y Emoción.

EPP Barcelona medio de comunicación especializado y Humanista ISSN 2696-0850 Tel. +34 675763503

Deja un comentario