La técnica de la silla vacía en la terapia Gestalt

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La técnica de la silla vacía en la terapia Gestalt: dialogar con lo que no fue dicho
En la práctica clínica hay momentos en los que las palabras no alcanzan. El paciente sabe lo que siente, pero no logra decirlo; sabe a quién va dirigido ese dolor, pero esa persona no está —o nunca estará— delante. Es en ese espacio, entre lo dicho y lo silenciado, donde la técnica de la silla vacía, propia de la terapia Gestalt, cobra un valor terapéutico profundo.

La silla vacía no es un simple ejercicio teatral ni una dramatización simbólica sin rumbo. Es una herramienta cuidadosamente utilizada para favorecer la toma de conciencia, la integración emocional y la responsabilidad personal, pilares fundamentales de la Gestalt.

Origen y fundamentos humanistas
Desarrollada por Fritz Perls, la terapia Gestalt se enmarca dentro de la psicología humanista y existencial.
Parte de una premisa clara: el sufrimiento psicológico no suele estar en lo que nos ocurrió, sino en lo que quedó inconcluso, no expresado o no integrado.

La técnica de la silla vacía trabaja directamente con lo que la Gestalt denomina asuntos inconclusos: emociones, conflictos, duelos o necesidades que quedaron abiertas y continúan influyendo en el presente. No se trata de revivir el pasado, sino de traerlo al aquí y ahora, donde puede ser observado, sentido y transformado.

¿En qué consiste la técnica?
En su forma más clásica, el terapeuta coloca una silla frente al paciente y le invita a imaginar que en ella se encuentra una persona significativa: un padre, una expareja, un hijo, alguien fallecido o incluso una parte de sí mismo.
El paciente inicia un diálogo directo, expresando aquello que no pudo, no supo o no se atrevió a decir. En algunas variantes, se le propone cambiar de silla y responder desde el rol del “otro”, favoreciendo una comprensión más amplia del conflicto.
Aunque pueda parecer simple, lo esencial no está en la imaginación, sino en la experiencia emocional real que emerge. El cuerpo reacciona, la voz cambia, aparecen lágrimas, rabia, alivio o silencio. Y todo ello es material terapéutico valioso.

¿Para qué se utiliza?
La silla vacía es especialmente útil en:
Procesos de duelo no resueltos
Conflictos relacionales persistentes
Dificultades para expresar emociones reprimidas
Trabajo con la autoexigencia, la culpa o el crítico interno
Integración de polaridades internas (la parte que quiere y la que teme, la fuerte y la vulnerable)
No busca reconciliaciones forzadas ni finales idealizados. Su objetivo es dar voz a la experiencia interna, permitir que lo bloqueado se mueva y que la persona recupere contacto consigo misma.

El papel del terapeuta
Lejos de dirigir el contenido, el terapeuta Gestalt acompaña el proceso con presencia, atención y sensibilidad.
Observa no solo lo que se dice, sino cómo se dice: la postura corporal, la respiración, las pausas, las emociones emergentes.
La intervención no consiste en interpretar, sino en facilitar la conciencia.
A veces basta una pregunta sencilla:
¿Qué estás sintiendo ahora mismo al decir eso?
O una invitación:
Permanece un momento con esa emoción.
Este respeto profundo por el ritmo del paciente es coherente con la ética humanista de la Gestalt: confiar en la capacidad del ser humano para autorregularse cuando se le ofrece un espacio seguro y auténtico.

Más allá de la técnica
Es importante subrayar que la silla vacía no es una receta ni un ejercicio para aplicar de forma mecánica. Su potencia reside en el contexto terapéutico, en la relación y en el momento adecuado.
Usada con sensibilidad, puede ser una experiencia transformadora. Usada sin preparación o contención, puede resultar abrumadora. Por ello, debe ser guiada por profesionales formados y con una sólida comprensión del proceso emocional.

Una mirada hacia el futuro
En un mundo que tiende a anestesiar el malestar o a resolverlo rápidamente, la técnica de la silla vacía nos recuerda algo esencial: sanar no siempre es eliminar el dolor, sino escucharlo.

La Gestalt propone un camino profundamente humano: hacernos responsables de nuestra experiencia, recuperar el diálogo interno y aceptar que muchas veces la paz llega cuando nos atrevemos a decir, por fin, aquello que llevaba años esperando ser escuchado.

Quizá, al final, la silla nunca estuvo vacía. Quizá siempre estuvo ocupada por nuestra propia voz, esperando permiso para hablar.

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