Más que toallas y tampones: el Mes de la Dignidad Menstrual

Más que toallas y tampones: el Mes de la Dignidad Menstrual nos obliga a mirar la salud mental

Bajada: Durante abril (o el mes que cada país impulse) se visibiliza la pobreza menstrual, pero la psicología recuerda que la vergüenza, el secretismo y la falta de educación corporal dejan cicatrices emocionales que no se ven en las estadísticas de productos sanitarios.

Por Laura Gimeno, colaboradora del Periódico de la Psicología

La última vez que Andrea (27 años, profesora de primaria) fue a comprar una copa menstrual, el cajero le preguntó en voz alta: “¿Esto es para la piscina o qué?”. Ella sintió que el suelo se abría. Pagó rápido, guardó la caja en la bolsa más oscura y no volvió a esa farmacia durante meses. “No quería que me viera como alguien sucio o raro”, me cuenta mientras remueve un té. “Pero lo más raro era sentir que mi cuerpo, por algo tan normal, merecía ocultarse”.

Historias como la de Andrea son el pan nuestro de cada día en consulta. Por eso este Mes de la Dignidad Menstrual no debería centrarse sólo en repartir compresas o eliminar impuestos. Ojo, eso es clave. Pero la psicología nos pide dar un paso más: ¿qué pasa con la cabeza cuando desde niñas aprendemos que la regla es un secreto a voces?

El estigma que sangra en silencio

Varios estudios recientes (como uno publicado en 2022 en BMC Women’s Health) señalan que el 68% de las adolescentes españolas sienten vergüenza al comprar productos menstruales si hay un hombre delante. Pero la cifra real es más alta si preguntamos en consulta: muchas adultas siguen escondiendo los tampones en la manga al ir al baño de la oficina.

Esa vergüenza, que parece pequeña, con el tiempo se convierte en hipersensibilidad corporal, rechazo a explorarse una misma y, en casos límite, evitación de situaciones cotidianas (clase de natación, una noche fuera, incluso ir al médico por dolores inusualmente fuertes). La doctora en psicología clínica Marta Rojano lo explica con una frase que nunca olvido: “Cuando le decimos a una niña que disimule, en realidad le estamos diciendo que una parte de su fisiología es incómoda para los demás. Ahí empieza la auto-odio silencioso”.

La pobreza menstrual no es solo un problema económico

Asociamos pobreza menstrual a no poder comprar productos. Y lo es. Pero también es pobreza de información, de referentes sin tabú, de espacios donde hablar sin sentir asco. Varias chicas de instituto me han confesado que prefieren faltar a clase esos días antes que pedirle una compresa a la tutora o, peor aún, manchar la silla.

Una compañera que trabaja en un centro de salud mental infanto-juvenil me contó hace poco el caso de Alba, 14 años, con ataques de pánico cada 28 días. Nadie relacionaba sus crisis con la menstruación hasta que, tras cuatro sesiones, soltó llorando: “Me da miedo que se note. Mis amigas se ríen de las que tienen manchas. Yo ya no quiero tener regla, odio ser chica”.

Eso no se arregla solo con una ley de productos gratuitos – aunque bienvenida sea –. Se arregla escuchando, normalizando, y dejando de tratar el ciclo como un “tema de mujeres” del que hablamos en voz baja.

Lo que podemos hacer (sin ser psicólogos)

Desde la consulta y la calle, este mes propongo tres pequeñas rebeliones cotidianas para desarmar la dignidad menstrual desde dentro:

Nombrar las cosas por su nombre. Decir “voy a cambiarme el tampón” sin bajarla de volumen. O preguntar a una compañera si le duele la regla sin poner cara de circunstancias.

Dejar de limpiar la sangre como si fuera un crimen. Si una niña mancha una silla, ayudamos a limpiar y ya. No hay que susurrarle “tranquila, nadie se ha dado cuenta”. Porque igual debería dar igual que se den cuenta.

Exigir formación emocional en los colegios. No un taller de “aparato reproductor” que da el profesor de ciencias un viernes por la tarde, sino espacios pequeños donde hablemos de miedos, de dolores que se minimizan, de cómo nos sentimos cuando sangramos.

    Cierre con mancha (nunca mejor dicho)

    La dignidad menstrual será real cuando una mujer pueda comprar una copa, una compresa o unos tampones delante de su hijo adolescente sin que ninguno de los dos se ruborice. Cuando un padre sepa qué hacer si su hija tiene un accidente en el coche sin echar mano a la frase “¡ay, eso no me lo esperaba!”. Y cuando nosotras mismas dejemos de pedir permiso para sangrar.

    Como psicóloga, he visto cómo pequeñas heridas de vergüenza menstrual se convierten en grandes bloqueos sexuales, de autoestima e incluso de carrera profesional. Así que este mes, más que un titular bonito, pidamos una cosa simple: que la normalidad no sea un privilegio.

    Y si mientras lees esto te has acordado de aquella vez que escondiste un envoltorio azul bajo tres capas de papel de cocina… esto va por ti. Ya está bien.

    L. G. es psicóloga sanitaria y educadora menstrual. Colabora con diferentes colectivos de salud comunitaria.

    www.elperiodicodelapsicologia.info medio de comunicación especializado y Humanista ISSN 2696-0850 +34 675763503

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