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En una época marcada por la búsqueda constante del bienestar, la alimentación ha adquirido un protagonismo central en la construcción de la identidad personal. Comer sano se ha convertido, para muchas personas, en sinónimo de responsabilidad, autocuidado y hasta virtud moral. Sin embargo, cuando esta preocupación se vuelve rígida y obsesiva, puede transformarse en una fuente de sufrimiento psicológico. Este fenómeno recibe el nombre de ortorexia nerviosa.
El término fue propuesto en 1997 por el médico estadounidense Steven Bratman, quien observó cómo algunos pacientes desarrollaban una relación patológica con la comida a partir de la obsesión por consumir alimentos considerados saludables, naturales o “puros”. Aunque la ortorexia no está reconocida oficialmente como un trastorno independiente en los principales manuales diagnósticos (DSM-5-TR, CIE-11), su presencia clínica es cada vez más frecuente en consultas psicológicas y nutricionales.
Una obsesión centrada en la “calidad”
A diferencia de la anorexia o la bulimia, donde el foco suele estar en el peso, la imagen corporal o la cantidad de alimento, la ortorexia se caracteriza por una preocupación excesiva por la calidad de lo que se come.
Las personas afectadas dedican gran parte de su tiempo a planificar comidas, leer etiquetas, eliminar grupos enteros de alimentos y seguir normas dietéticas estrictas.
Desde un punto de vista psicológico, esta conducta suele ir acompañada de pensamiento dicotómico (alimentos “buenos” frente a “malos”), altos niveles de autoexigencia, ansiedad y una necesidad intensa de control. Cuando las reglas autoimpuestas no se cumplen, aparecen sentimientos de culpa, vergüenza y autocrítica, fenómenos ampliamente descritos en la literatura sobre trastornos obsesivo-compulsivos y de la conducta alimentaria.
Impacto emocional, social y físico
Diversos estudios (Dunn & Bratman, 2016; Barthels et al., 2015) señalan que la ortorexia puede tener consecuencias significativas en varias áreas de la vida. A nivel físico, las restricciones prolongadas pueden derivar en déficits nutricionales, alteraciones gastrointestinales, pérdida de energía y desequilibrios hormonales.
En el plano psicológico y social, el impacto suele ser aún más profundo. Comer fuera de casa, participar en celebraciones o compartir alimentos con otras personas genera un elevado malestar, lo que favorece el aislamiento social. La alimentación deja de ser una experiencia relacional y placentera para convertirse en una tarea vigilada y solitaria.
Desde enfoques humanistas y sistémicos, se observa cómo la ortorexia empobrece el vínculo con el propio cuerpo, al que ya no se escucha, sino que se controla y corrige constantemente.
Un síntoma de nuestro tiempo
La ortorexia no puede entenderse únicamente como un problema individual. Surge y se mantiene en un contexto sociocultural que promueve la perfección corporal, la optimización constante y la medicalización de la vida cotidiana. Las redes sociales, los discursos nutricionales simplificados y la abundancia de información —no siempre rigurosa— contribuyen a reforzar la idea de que la salud depende exclusivamente de la disciplina personal.
Desde la psicología social, se ha señalado cómo esta cultura del control puede generar identidades frágiles, basadas en el rendimiento y el cumplimiento de normas externas, donde el valor personal se mide a través de elecciones aparentemente “correctas”, como la comida.
Repensar la salud desde una mirada más humana
Abordar la ortorexia implica ampliar la definición de salud. No se trata solo de nutrientes, calorías o listas de alimentos permitidos, sino de la relación emocional, cognitiva y social que establecemos con la comida. Modelos como la alimentación intuitiva (Tribole & Resch) o los enfoques integrativos en psicología de la salud proponen recuperar la escucha corporal, la flexibilidad y el placer moderado como pilares del bienestar.
Desde una perspectiva clínica, el acompañamiento psicológico busca trabajar la rigidez cognitiva, la ansiedad asociada al control y la construcción de una autoestima menos dependiente de la perfección alimentaria.
Hablar de ortorexia es, en el fondo, una invitación a humanizar el autocuidado. Recordar que cuidarse no significa vivir con miedo, y que una vida saludable incluye la posibilidad de disfrutar, compartir y equivocarse sin que ello suponga una amenaza para la propia valía.
Porque la verdadera salud no se mide solo por lo que comemos, sino por la calidad del vínculo que mantenemos con nuestro cuerpo, con los demás y con la vida.
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