El Periódico de la Psicología www.elperiodicodelapsicologia.info info@elperiodicodelapsicologia.info 21/01/2026 BCN
Por Alejandro Méndez
Redacción de Psicología y Sociedad
La primera vez que entras en el gimnasio donde entrena Marco, de 28 años, lo notas de inmediato.
No por su estatura, que es mediana, sino por la intensidad concentrada, casi violenta, con la que levanta hierro.
Sus músculos, voluminosos y cortados, son el resultado de años de dedicación meticulosa. Pero cuando hablas con él, tras un entrenamiento de dos horas y media, la conversación no gira en torno a sus logros deportivos, su trabajo o sus relaciones. Gira, inexorablemente, hacia las proteínas, el porcentaje de grasa corporal, la insatisfacción con el tamaño de sus hombros y la “flacidez” que él percibe donde otros solo ven definición.
Marco podría ser el caso clásico de lo que, en los círculos clínicos, se conoce como Vigorexia o Trastorno Dismórfico Muscular (TDM). Sin embargo, él no se ve a sí mismo en un trastorno. Se ve en una búsqueda, perpetua e inalcanzable, de la versión perfecta de su propio cuerpo. Una búsqueda que, lejos de fortalecerle, le está aislando y minando por dentro.
Más que Vanidad: Una Herida en la Autoimagen
“La sociedad suele trivializar este problema como ‘complejo de Adonis’ o simple narcisismo”, explica la Dra. Silvia Rojas, psicóloga clínica especializada en trastornos de la conducta alimentaria y de la imagen corporal.
“Pero es justo lo contrario. No se trata de un amor excesivo por uno mismo, sino de un odio profundo y una distorsión cognitiva severa. La persona con vigorexia se mira al espejo y, literalmente, ve un cuerpo enclenque, débil y desproporcionado, por muy musculado que esté.
El espejo les miente, y ellos basan su autoestima en esa mentira”.
El mecanismo psicológico es un círculo vicioso de ansiedad y alivio efímero. La ansiedad surge de la percepción de defecto. El alivio temporal llega con el ritual: el entrenamiento exhaustivo (que suele superar las dos horas diarias, aun con lesiones), la dieta hiperproteica obsesiva (con frecuente uso de suplementos y, en los casos más graves, esteroides), y la comprobación constante (fotos, medidas, comparaciones). Pero el alivio dura poco. Mañana, el espejo volverá a mostrar un “defecto” nuevo.
Este trastorno no surge en el vacío. Se incuba en un caldo de cultivo cultural preciso. “Las redes sociales, con sus filtros y sus algoritmos que premian la imagen, actúan como un espejo deformante colectivo”, analiza el sociólogo David Torres. “Los influencers fitness, a menudo con ayudas farmacológicas no declaradas, venden una meta inalcanzable de forma natural. Se ha medicalizado y mercantilizado la masculinidad: pastillas para estar más grande, cremas para estar más seco, ropa para parecer más ancho. El mensaje subliminal es que tu valor como hombre está directamente proporcional a los centímetros de tu espalda”.
Para Marco, su refugio son foros online con nombres como “Hierro y Voluntad”, donde comparte rutinas y dietas con otros hombres que hablan el mismo lenguaje de autoexigencia. Es un espacio de camaradería, sí, pero también de validación de conductas de riesgo y de normalización del sufrimiento. “Si no acabas vomitando, no has entrenado duro”, lee en un post. Y lo asume como verdad.
Las secuelas van más allá del posible daño hepático por suplementos o las lesiones articulares. La vida de Marco se ha ido estrechando. Ha dejado de quedar con amigos porque “les molestan” sus comidas cada tres horas exactas y su negativa a tomar una cerveza. Ha perdido interés en salir con alguien; teme que le toquen los músculos y le digan que está “demasiado duro”. Su mundo es el gimnasio, la cocina donde pesa su arroz con precisión de químico, y los foros.
La depresión y la ansiedad social son compañeras frecuentes de la vigorexia.
El tratamiento, como nos cuenta la Dra. Rojas, es complejo y requiere un enfoque multidisciplinar. “Primero, hay que romper la resistencia. Ellos no vienen a consulta por su musculatura, vienen por la ansiedad o porque su pareja les ha dado un ultimátum. La terapia cognitivo-conductual es fundamental para desafiar esa distorsión de la imagen corporal y los pensamientos automáticos (“soy débil”). También se trabaja la exposición: que dejen de evitar situaciones sociales por su físico, que reduzcan de forma paulatina las conductas de comprobación”.
El objetivo final no es que deje el gimnasio, sino que recupere el control y la perspectiva. Que el ejercicio sea nuevamente un acto de salud y bienestar, no un ritual de autocastigo. Que pueda mirarse al espejo y verse, no un conjunto de músculos a mejorar, sino a Marco, en su totalidad.
Al despedirme de él, Marco me muestra una foto en su teléfono de hace cinco años. “Parezco un niño”, dice con desprecio. Yo veo a un joven sonriente, relajado, en la playa con amigos. Una versión de sí mismo a la que hoy, desde la prisión de sus músculos, considera inferior. Su batalla no es contra la grasa o la flacidez. Su batalla, la más dura, es reconquistar la mirada compasiva sobre ese joven de la foto.
¿Señales de Alerta?
Preocupación obsesiva por estar “poco musculado”.
Abandono de actividades sociales, laborales o recreativas por el entrenamiento o la dieta.
Uso de sustancias peligrosas (esteroides, hormonas de crecimiento).
Mirarse constantemente al espejo o evitarlo por completo.
Sentimientos de vergüenza o ansiedad si se pierde un entrenamiento.
Dieta extremadamente rígida, con pánico a ciertos alimentos.
Comparación constante con otros físicos, especialmente en redes sociales.
La ayuda es posible. Si te reconoces o reconoces a alguien cercano, el primer paso es hablar con un profesional de la salud mental.
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