El micelio ese cerebro subterráneo que nos enseña a pensar en red

Las setas son solo la punta del iceberg. Debajo, una inteligencia silenciosa que lleva millones de años resolviendo acertijos y colaborando sin ego


Publicado en EL PERIODICO DE LA PSICOLOGIA – 11 de mayo de 2026

Hay algo debajo de tus pies que llevamos décadas mirando sin ver. Cuando pisas un bosque, no solo caminas sobre tierra, hojarasca y raíces. Estás pisando una red que se extiende kilómetros y kilómetros, una especie de internet orgánica que conecta árboles, plantas, bacterias y hasta emociones – si es que las plantas tuvieran emociones, pero ya me entiendes. Eso es el micelio. Y lo curioso es que muchos neurobiólogos y psicólogos han empezado a llamarlo, sin complejos, «el cerebro de la Tierra».

No te asustes. No es que haya una mente colectiva planeando su venganza contra la humanidad (aunque visto lo visto, igual no estaría mal). Es que el micelio procesa información, toma decisiones, aprende de errores y optimiza rutas con una eficiencia que haría sonrojar a cualquier directivo de Silicon Valley. Y lo hace sin tener ni un solo nervio. Sin sinapsis. Sin un cerebro al uso. Ahí reside el misterio y, también, la lección psicológica más profunda.

Vamos por partes.

El micelio es esa maraña de finos hilos blancos (llamados hifas) que forman el verdadero cuerpo de los hongos. Las setas que ves en el campo son solo sus órganos reproductores, como si juzgáramos a una persona solo por sus fotos de Tinder. La acción, el saber hacer, está bajo tierra. Y lo que hacen esas redes es pura ingeniería cognitiva: conectan recursos, transportan nutrientes, arbitran conflictos entre árboles e incluso recuerdan.

En los años 90, el biólogo Toshiyuki Nakagaki hizo un experimento de los que te cambian la mirada. Puso un moho mucilaginoso (un primo sencillo del micelio) en un laberinto, y con unos copos de avena en las salidas. El hongo, que no tiene sistema nervioso, fue explorando los pasillos, retirándose de los callejones sin salida y encontrando la ruta más corta en menos de un día. Después, cuando Nakagaki repitió el laberinto, el micelio recordaba el camino óptimo desde el primer momento. Como si hubiera dejado una huella invisible, una memoria en la estructura misma de sus hifas.

Los psicólogos cognitivos se frotaron los ojos. ¿Aprendizaje sin neuronas? ¿Memoria sin hipocampo?

Ahí es donde empieza el juego fascinante para nosotros, los que estudiamos la mente. El micelio nos obliga a replantearnos qué demonios es eso de inteligencia. Si la inteligencia es resolver problemas, adaptarse y recordar, entonces el hongo de la moqueta de tu casa es más inteligente que muchos ministros. Pero si la inteligencia requiere un yo, una conciencia, un «pienso luego existo», entonces el micelio no pasa la prueba.

¿Y si el problema es nuestro egocentrismo psicológico? Llevamos siglos definiendo la inteligencia a imagen y semejanza de nuestro cerebro: un órgano centralizado, con un jefe (la corteza prefrontal), unas regiones especializadas y un montón de cables. Pero la inteligencia del micelio es distribuida, difusa, anárquica. No hay un centro de mando. Cada hifa actúa por su cuenta, pero el resultado global es una coordinación perfecta. Algo así como una manifestación donde no hay líderes, pero todo el mundo sabe hacia dónde caminar.

Uno recuerda entonces los experimentos de redes neuronales artificiales, o las teorías de la mente extendida de Andy Clark y David Chalmers. Si un ser humano puede usar un cuaderno como extensión de su memoria, ¿por qué no iba a ser el micelio una extensión de la inteligencia del bosque?

Voy a contarte una anécdota personal, y te prometo que no es inventada. Hace dos años, en un taller de psicología ambiental en el Parque Natural de la Sierra de Hornachuelos, una compañera bióloga nos pidió que cerraramos los ojos y pusiéramos las palmas sobre un tronco cubierto de hongos. «No intentes sentir nada, solo espera», dijo. A los cinco minutos, varias personas (yo incluido) notamos algo que solo puedo describir como una calma espesa, parecida a esa que da mirar el mar después de una tormenta. La bióloga sonrió y soltó: «El micelio se comunica por impulsos eléctricos que se parecen sospechosamente a nuestras ondas cerebrales alfa. Nadie sabe si hay consciencia ahí abajo, pero relajar se relaja».

No sé si era sugestión. Pero desde ese día, cada vez que camino sobre tierra húmeda, me digo: ahí debajo hay un cerebro que nunca duerme, que no se angustia por la hipoteca y que lleva resueltos problemas de logística desde el Devónico.

Quizá la mayor lección del micelio para la psicología sea esta: la inteligencia no es un músculo que tengas o no tengas, sino una danza entre el individuo y su entorno. Nuestra obsesión occidental por el sujeto aislado, el genio solitario, el líder carismático… es cultural, no natural. En la naturaleza, la cognición suele ser un asunto de todos contra todos… y todos con todos. El micelio no compite, conecta. No acapara, redistribuye. No reclama autoría, florece en la colaboración.

Por eso no me extraña que algunos terapeutas hayan empezado a usar metáforas del micelio en sus consultas. Para personas con síndrome de burnout, con individualismo extremo o con esa tristeza moderna de sentirse una isla, pensar en red les alivia. «Tú eres una hifa. No tienes que saberlo todo, solo conectar con otras hifas. El conocimiento y el apoyo están en los nodos, no en un jefe central.»

Los japoneses tienen una palabra, yūgen, que significa algo así como «una conciencia profunda del universo que te supera». El micelio produce yūgen cada vez que lo estudias un poco. Porque si el hongo más pequeño es capaz de aprender y recordar sin cerebro, ¿qué nos impide a nosotros, que tenemos uno de los cerebros más complejos del planeta, caer en la trampa de creer que lo sabemos todo?

Tal vez la inteligencia no sea una torre solitaria, sino una red. Tal vez el cerebro de la Tierra no sea un micelio. Tal vez somos nosotros una extensión del micelio, y no al revés.

Dato curioso para cerrar: el micelio más grande conocido está en Oregón, bajo el bosque de Malheur. Ocupa más de 900 hectáreas y tiene unos 2.500 años. Se le llama Armillaria ostoyae, pero sus amigos le dicen «el cerebro parpadeante». Nunca ha tenido un pensamiento en el sentido humano, pero alimenta, comunica y coordina la vida de miles de árboles. Si eso no es una forma de ser consciente, que baje Wittgenstein a explicarlo.

Porque si algo nos enseña el micelio, es que cada definición de inteligencia que no incluya la humildad, la conexión y el silencio, está coja. Y que quizá, también, tengamos que aprender a pensar como setas.

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