La revelación del Yügen: cuando el universo nos devuelve nuestra pequeñez

La revelación del Yügen: cuando el universo nos devuelve nuestra pequeñez (y eso nos salva)
Por: Redacción de El Periódico de la Psicología

Hay momentos en la vida que te dejan sin aliento, pero no por miedo o sorpresa, sino por una especie de vértigo silencioso. Tal vez ocurre al mirar el horizonte desde una montaña, al sentir la lluvia fina en un bosque al anochecer, o al escuchar una nota de piano que parece durar siglos. En Japón, a esa experiencia íntima y abrumadora la llaman yügen, y durante siglos ha sido territorio de poetas y monjes zen. Pero la psicología empieza a descubrir que esa «conciencia profunda de algo que nos supera» no es solo un capricho estético: es una herramienta de salud mental que llevamos olvidada.

Los manuales occidentales nos han enseñado a identificar el yo como el centro de todo: autoestima, autorrealización, autogestión emocional. Todo con «auto». Pero el yügen nos empuja al extremo opuesto: sentir que somos una nota más en una sinfonía que no dirigimos. Y eso, paradójicamente, puede ser un bálsamo para la ansiedad contemporánea.

La experiencia de lo inabarcable

El psicólogo clínico Shunichi Mori, de la Universidad de Kioto, ha documentado cómo pacientes con rumiación obsesiva y sensación de control insuficiente mejoran al practicar lo que él llama «inmersión en la vastedad». No es meditación de atención plena al uso, sino exponerse deliberadamente a situaciones que generan yügen: observar el mar de noche, caminar sin rumbo bajo un cielo estrellado o asistir a un concierto de música antigua con acústica catedralicia.

«Lo que ocurre es una disolución temporal del ego narrativo», explica Mori. «La mente deja de contar su propia historia de preocupaciones, facturas y logros, y se funde con algo que no tiene palabras. El cerebro reduce la actividad en la red de modo por defecto —esa que no para de hablar de nosotros— y activa circuitos vinculados al asombro y la conexión social». En sus estudios, una sola sesión de 20 minutos contemplando un paisaje de bruma al amanecer redujo los niveles de cortisol un 26% en voluntarios con estrés crónico.

No es evasión, es perspectiva

Alguien podría pensar que buscar sentirse pequeño es una forma de rendición o de escapismo. Todo lo contrario. El escritor Jun’ichirō Tanizaki, en su ensayo «Elogio de la sombra», describía el yügen como la capacidad de percibir belleza en lo incompleto, lo oscuro y lo sugerente. Psicólogos existenciales como Irvin Yalom ya señalaron que confrontar nuestra insignificancia cósmica puede ser liberador si no lo hacemos desde el miedo, sino desde el asombro.

La diferencia es clave. El miedo a la insignificancia nos lleva al nihilismo o a la hiperproductividad frenética (crear marcas, logs, legados). En cambio, el yügen nos sitúa en una humilde pertenencia: no eres el centro, pero eres parte. Y esa pertenencia duele menos que la soledad del héroe.

Cómo cultivar el yügen sin viajar a Kioto

Claro, ni todos vivimos junto a un templo zen ni podemos escapar cada atardecer a un pico montañoso. Pero algunos terapeutas occidentales ya incorporan ejercicios de «belleza profunda» en sus consultas. La psicóloga Clara M. Vidal, de Barcelona, propone lo que llama «la ventana del atardecer»: durante cinco minutos al día, mirar fijamente un fenómeno natural simple —nubes, hojas movidas por el viento, el reflejo del sol en una pared— sin describirlo, sin juzgarlo, solo sintiéndolo.

«La mente racional se resiste, quiere poner etiquetas», advierte Vidal. «Pero si persistes, aparece una emoción extraña: una mezcla de paz, tristeza suave y asombro. Ese es el yügen doméstico. Muchos pacientes me dicen: ‘Nunca pensé que la tristeza pudiera sentirse tan reconfortante’».

Y es que ahí radica otra paradoja sanadora: el yügen no es felicidad alegre, no es euforia. Es una melancolía sutil, una aceptación de que la vida es breve y el universo inmenso. Lejos de deprimir, esa conciencia nos vuelve más compasivos, menos reactivos, más capaces de soltar rencores que en el fondo del cosmos parecen ridículos.

El último bosque

Quizá la mejor definición de yügen la dejó el crítico de arte Zeami Motokiyo, creador del teatro Nō: «Observar la puesta de sol detrás de una colina cubierta de flores silvestres, caminar por un gran bosque sin esperar encontrar nada, ver un barco que se pierde en la línea del horizonte… todo eso es yügen«. Y añadía: «No se trata de entender, sino de dejarse tocar por lo que no se puede entender».

Los psicólogos del siglo XXI deberían recetar más atardeceres y menos aplicaciones de autoayuda. No porque las aplicaciones no sirvan, sino porque hay cosas que el algoritmo no puede medir: esa conciencia profunda de que el mundo sigue su curso, de que la lluvia moja la hierba aunque nadie lo mire, de que nuestro corazón inquieto forma parte de un ritmo más antiguo y más lento.

Sentir eso, y no huir de su extrañeza, es quizá la forma más humana de estar cuerdos.

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